Wednesday, October 31, 2012

PASADO, PRESENTE Y FUTURO DEL SOCIALISMO

Aldo Casas

Herramienta 


A 20 años de la caída del muro de Berlín.

El final y los principios
Hace 20 años, cuando se demolía el Muro de Berlín y la implosión del mal llamado “socialismo real” aceleraba la restauración del más salvaje capitalismo, incluso en la China conducida por un partido llamado comunista, circulaba en los países del Este esta broma: “¿Sabe que es el socialismo? Es el camino más difícil y tortuoso para pasar del capitalismo al capitalismo”. Mas allá de su irónico cinismo, el chiste ilustraba el abismo que separaba las realizaciones prácticas del “socialismo” (estalinizado o socialdemócrata) de los iniciales ímpetus emancipatorios del movimiento obrero y revolucionario.

Para considerar con perspectiva histórica semejante desastre, vale recordar las amargas reflexiones con las que Carlos Marx denunció el oportunismo que tempranamente impregnó al Partido Socialista Obrero de Alemania (luego Partido Social Demócrata Alemán). En la carta con que presentó su crítica, afirmaba que ese programa (conocido como Programa de Gotha) era “absolutamente inadmisible y desmoralizador” porque los dirigentes que lo redactaran habían admitido “el chalaneo con los principios”.

Lamentablemente, la advertencia fue ignorada, y no solo por los dirigentes del socialismo alemán (que ocultaron la carta). En los hechos, el “chalaneo” o negociación a costa de los principios terminó imponiéndose, de una u otra manera y en diversos momentos, prácticamente en todas las grandes organizaciones obreras del siglo XX. Más allá de diferencias y rivalidades, los jefes de aquellos grandes aparatos en que devinieron el socialismo y el comunismo, coincidieron en dejar de lado cualquier perspectiva estratégica mientras trataban de “avanzar por la línea de menor resistencia”, según la aguda observación de István Mészáros. A la luz de lo ocurrido, sobre los escombros del Muro de Berlín, del estalinismo y de la socialdemocracia, correspondería clavar un cartel con este marxiano recordatorio: los principios no se negocian.

Aquel socialismo que no fue debería dejarnos al menos esta enseñanza.

La crítica al capital

Las burocracias estalinistas y posestalinistas pretendían ser “el socialismo realmente existente” y la súbita desaparición del mismo fue presentada como prueba irrefutable de que ante el capitalismo “no hay alternativa”. Esta fue la idea o consigna reaccionaria mas repetida durante las últimas décadas, incluso por la legión de antiguos izquierdistas que así justificaban su transformismo. Veinte años después de la caída del Muro, guerras y crisis mediante, ese machacón discurso ha perdido eficacia y les resulta mucho mas complicado hacer la apología del capital. Buen momento entonces para retomar aquellos principios dejados de lado, comenzando por recoger aquel temprano llamado a la crítica radical.

La obra de Marx suele ser llamada también “teoría crítica”. Y más allá de lo acertado o no de la denominación, lo cierto es que develó las razones por las cuales el capital (relación social a través de la cual el objeto producido deviene sujeto y comando sobre el productor) implica la incontrolabilidad de la vida social. Esta escisión antagónica produce y reproduce continuamente el fetichismo y la alienación: desde la mercancía y el dinero, hasta el Estado.

Escudriñando más allá de las apariencias, pudo advertir que la igualdad política de los ciudadanos encubría las desigualdades sustanciales que existen en la sociedad capitalista “pues el poder político es precisamente la expresión oficial de la contradicción de clase dentro de la sociedad civil.” De allí, finalmente, la comprensión de que la emancipación humana implicaba quebrar esa dominación del capital, revolucionando tanto la esfera socio-económica como el poder político. Y ese moderno Estado que, disueltos los antiguos lazos de dependencia personal del feudalismo, se construyó (y se recrea permanentemente) reconstituyendo una cierta forma de “comunidad” que contribuya a mantener unidas sociedades internamente desgarradas por el antagonismo social y en carácter intrínsecamente conflictivo y centrífugo propio del modo de producción capitalista.

Partidario de la revolución social, Marx asumió la necesidad de la lucha política sin dejar de lado una crítica sustancial de la misma. A su idealización como supuesto terreno de comunicación y realización humana, opuso la sólida convicción de que la política constituía en realidad una “mala mediación”. No superación, sino mas bien expresión de las limitaciones materialmente ancladas en el antagonismo social que impiden a los hombres manifestarse plenamente como tales.

Precisamente por ello sostuvo que la revolución es emancipación de los oprimidos, o deja de serlo. Es empeñarse en una transformación total: la creación de “una nueva sociedad”. Porque el mundo del capitalismo nos expropia, nos desvaloriza y tiende a convertirnos en nada, debemos cambiar todo, y nadie puede hacerlo por nosotros. Así lo sostuvo desde 1840 y así fue escrito en los Estatutos de la Asociación Internacional de los Trabajadores, en los albores del movimiento: “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma”.

La crítica a los Estados burocráticos....

Y precísamente en relación con esto, es de fundamental importancia comprender que la teoría crítica debe ser también auto-crítica. A propósito de las idas y vueltas de la revolución obrera en Francia, Marx había escrito que “las revoluciones proletarias … se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos”.

Aplicando este principio a la Revolución Rusa, a la URSS y al “campo socialista” que pretendió liderar no sin sobresaltos y rupturas varias (“titoismo”, “chinoismo”, etc.) pueden advertirse problemas mucho más graves que “el culto a la personalidad” o la brutalidad de aquellos Estados burocráticos (sin que esto signifique la más mínima condescendencia hacia los crímenes de Stalin o, mutatis mutandi, Mao Tse Tung). El fracaso de aquellas experiencias no-capitalistas guarda una estrecha relación con el intento de orientar la transición hipertrofiando la esfera política. Se pretendió contrarrestar las heredadas determinaciones conflictivas en el terreno de la producción y distribución, superponiéndoles la estructura de mando hiper-centralizada de un Estado burocrático-autoritario. Sin embargo, limitarse a la remoción de los antiguos patrones capitalistas privadas no podía representar ni siquiera un primer paso en el camino hacia la prometida transformación socialista: casi de inmediato la cohesión impuesta con la autoridad del Estado pasó a sostener relaciones antagónicas y conflictivas a expensas del trabajo. Se generaron viejas y nuevas formas de explotación y alienación del trabajo asalariado y desde la burocracia imprevistas “personificaciones” del capital. Y se dejó de lado el problema realmente decisivo: acometer la transformación radical de la esfera fundamental que es la del metabolismo social y sus condicionamientos socio-económica. Como lo analizara de manera exhaustiva István Mészáros, aquellas experiencias fueron no-capitalistas pero retrocedieron ante las dificultades y el desafío ineludible que es ir mas allá del capital.

La teoría de la transición debe ser desarrollada

Para asumir el desafío y la necesidad de ir más allá del capital es bueno comenzar por reconocer que para lograrlo no alcanza con los principios: las perspectivas generales son imprescindibles para indicar y mantener un rumbo, pero al mismo tiempo deben ser “particularizados” y ajustados a momentos históricos y condicionamientos socio-económicos concretos, cosa que Marx no pudo ni podía hacer.

Al mismo tiempo, parece evidente que la transición resulta ser mucho más complicada de lo que pudieron suponer Marx, Lenin o el mismo Trotsky. Y no solamente porque algunas expectativas no se materializaron, sino porque en un siglo y medio de sobre-vida del capitalismo creó condiciones y funciones objetivas, así como nuevas amenazas, que deben ser abordadas de manera realista y urgente, diseñando alternativas efectivas para este “capitalismo realmente existente” con el que debemos lidiar.

Si, como antes se dijo, el significado de la política socialista es la total devolución del poder de adoptar decisiones a la comunidad de los productores asociados, a partir de esa definición medular deben formularse, pormenorizada y concretamente, las diversas estrategias radicales que se correspondan con las cambiantes condiciones que se desarrollarán a lo largo de todo el período histórico que irá desde la dominación del mundo por el capital y su crisis estructural hasta el establecimiento positivo de una sociedad socialista a escala global. Llegados a este punto, se advierte que la cuestión crucial para una política socialista que quiera ir mas allá del capital, pasa a ser conseguir un firme punto de apoyo en las mediaciones necesarias y escapar a la trampa de las mediaciones falsas que constantemente produce el viejo orden a fin de asimilar a sus opositores.

De modo que, para convertir al proyecto socialista en una realidad irreversible, tendremos que efectuar muchas “transiciones dentro de la transición”, puesto que el socialismo mismo puede definirse como una constante auto-renovación de “revoluciones dentro de la revolución”. Recordemos que la conquista del poder y la reconstrucción de un Estado “de nuevo tipo” (para usar la expresión de Lenin) de ninguna manera implica que con ello se logre el control de la reproducción metabólica social (¡y mucho menos que ese control quede en manos de “los de abajo”!). Es posible demoler un Estado burgués, pero no es posible “demoler” la dependencia estructural del capital que es heredada por lo trabajadores, porque esa dependencia está materialmente sostenida por la división estructural jerárquica del trabajo. Y semejante dependencia solamente puede ser modificada en un sentido progresivo mediante la reestructuración radical de la totalidad de los procesos reproductivos sociales, es decir mediante la progresiva reconstrucción de la totalidad de la forma social heredada.

Así pues, él “debilitamiento gradual” del Estado en la transición, implica no sólo el “debilitamiento gradual” del capital como controlador objetivado y cosificado del orden reproductivo social, sino también la auto-superación del trabajo como actividad subordinada a los imperativos materiales del capital impuestos a través de la subsistente división estructural/jerárquica del trabajo y el poder del Estado. Y esto sólo es posible si todas las funciones de control del metabolismo social son progresivamente apropiadas y efectivamente ejercida por los productores asociados. Precisamente por esta razón el desplazamiento estructural de las “personificaciones del capital” mediante un genuino sistema de autogestión muy importante para una reedificación exitosa de las estructuras heredadas.

La transición y el ad-venir del socialismo

En el contexto de la actual crisis económica y la subyacente crisis estructural del capital, que es también una crisis ambiental y civilizatoria, resulta imperioso superar el enfoque defensivo, gradualista y posibilista que predominó en el movimiento obrero del siglo XX y llevó a concentrar los mayores esfuerzos en acciones limitadas a la defensa de intereses sectoriales. Acciones que en definitiva abonaron el divisionismo y la fragmentación de las clases subalternas, debilitando tremendamente el poder emancipatorio de los trabajadores como un todo. Sin recuperar en los hechos la solidaridad de clase y una estrategia globalmente alternativa, nadie podrá asumir la responsabilidad de superar esta crisis que amenaza la existencia misma de la humanidad.

No se trata de la reafirmación dogmático-doctrinaria de que “la clase obrera es el sujeto de la revolución”. Se trata de poner toda la inteligencia y toda la pasión de la que se disponga para contribuir a recuperar una solidaridad de clase anclada en el antagonismo social, con la extensión y diversidad que hoy lo caracterizan. Esta solidaridad práctica, material e ideal, es imprescindible para la conformación de un sujeto colectivo socio-político plural y clasista a la vez, capaz de poner en pié formar cualitativamente diferente de relaciones e intercambios sociales. Poderes reales de decisión, compartidos equitativamente por todos los miembros de la sociedad, con el espíritu de la solidaridad de clase y responsabilidades libremente asumidas son características imprescindibles para conformar una alternativa hegemónica de la-clase-que-vive-de-su-trabajo, en abierto enfrentamiento con la lógica destructiva del capitalismo actual.

Para esto, los sindicatos y partidos, así como las nuevas organizaciones socio-políticas que han comenzado a surgir en nuestro continente durante los últimos años, deben ser capaces de luchar simultáneamente en los terrenos sindical y político. Sólo se lograrán éxitos en la emancipación de los trabajadores si el combate se orienta hacia un cambio abarcativo en el marco de la reproducción social. Incluso porque los reclamos parciales y las preocupaciones inmediatas sólo pueden ser afrontadas de manera duradera en el marco estratégico de ir construyendo esa alternativa hegemónica de los trabajadores. La destructiva fuerza extraparlamentaria del capital no podrá ser derrotada ajustándonos a las reglas tramposas que impone el sistema, sino por medio de la acción directa y el desarrollo de una “conciencia de masas socialista”. Nunca como hoy ha sido tan necesaria una educación política de masas, que implica una relación de ida y vuelta: es imposible desarrollar un movimiento político revolucionario con raíces de masas sin el trabajo apasionado y vital de educación política, pero esta tarea sólo es posible si superamos las distinciones arbitrarias entre “tareas sindicales” y “tareas políticas”, alentando un proyecto emancipatorio inclusivo que se concreta luchando y aprendiendo a construir, cotidianamente y en todos los ámbitos, poder popular.

En los diversificadas y complejos procesos de lucha de clases que recorren nuestro continente latinoamericano, mas que a elucubraciones sobre el porvenir, debemos prestar particular atención a lo que llamo el ad-venir del socialismo. Se trata de recuperar la capacidad de escudriñar y cambiar la realidad contribuyendo a que “en la lucha contra el actual estado de cosas” se afirmen elementos, bases o puntos de apoyo de una socialidad distinta… Lo decisivo no es lo por-venir en algún indeterminado momento futuro, sino lo que ya está ocurriendo, lo que hoy mismo está incorporándose a la realidad con las luchas y reclamos de nuestra gente. Pensar el ad-venir del socialismo enriquece la perspectiva y la concepción misma de transición adquiere nuevas dimensiones, en relación con la tarea de enfrentar la crisis en sus diversas dimensiones.

Como bien a escrito el filósofo cubano Valdez Gutiérrez: “De los pequeños, continuos y diversos saltos que demos hoy en nuestras luchas cotidianas y visiones de sociedad, emergerá el salto cultural-civilizatorio que nos coloque en esa deseada perspectiva histórica que rescatará y dignificará al socialismo en este siglo”. Y así contribuiremos a hacer realidad lo que nos indicara mucho antes el peruano José Carlos Mariátegui: “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano”.

Sin olvidar, como el mismo Amauta nunca lo olvidó, que no podremos hacerlo solos. La empresa es internacional e internacionalista. 

Wednesday, October 07, 2009

EL HOMBRE NUEVO

Ernesto "Che" Guevara
Texto dirigido a Carlos Quijano, del semanario "Marcha", Montevideo, marzo de 1965. Leopoldo Zea, Editor. "Ideas en torno de Latinoamérica". Vol. I. México: UNAM, 1986.

Estimado compañero: Acabo estas notas en viaje por el Africa, animado del deseo de cumplir, aunque tardíamente, mi promesa. Quisiera hacerlo tratando el tema del título. Creo que pudiera ser interesante para los lectores uruguayos.

Es común escuchar de boca de los voceros capitalistas, como un argumento en la lucha ideológica contra el socialismo, la afirmación de que este sistema social o el periodo de construcción del socialismo al que estamos nosotros abocados, se caracteriza por la abolición del individuo en aras del Estado. No pretenderé refutar esta afirmación sobre una base meramente teórica, sino establecer los hechos tal cual se viven en Cuba y agregar comentarios de índole general. Primero esbozaré a grandes rasgos la historia de nuestra lucha revolucionaria antes y después de la toma del poder.

Como es sabido, la fecha precisa en que se iniciaron las acciones revolucionarias que culminarían el primero de enero de 1959, fue el 26 de julio de 1953. Un grupo de hombres dirigidos por Fidel Castro atacó la madrugada de ese día el Cuartel Moncada, en la provincia de Oriente. El ataque fue un fracaso, el fracaso se transformó en desastre y los sobrevivientes fueron a parar a la cárcel, para reiniciar, luego de ser amnistiados, la lucha revolucionaria.

Durante este proceso, en el cual solamente existían gérmenes de socialismo, el hombre era un factor fundamental. En él se confiaba, individualizado, específico, con nombre y apellido, y de su capacidad de acción dependía el triunfo o el fracaso del hecho encomendado.

Llegó la etapa de la lucha guerrillera. Esta se desarrolló en dos ambientes distintos: el pueblo, masa todavía dormida a quien había que movilizar, y su vanguardia, la guerrilla, motor impulsor de la movilización, generador de conciencia revolucionaria y de entusiasmo combativo. Fue esta vanguardia el agente catalizador, el que creó las condiciones subjetivas necesarias para la victoria. También en ella, en el marco del proceso de proletarización de nuestro pensamiento, de la revolución que se operaba en nuestros hábitos, en nuestras mentes, el individuo fue el factor fundamental. Cada uno de los combatientes de la Sierra Maestra que alcanzara algún grado superior en las fuerzas revolucionarias, tiene una historia de hechos notables en su haber.

En base a éstos lograba sus grados.

Fue la primera época heroica, en la cual se disputaban por lograr un cargo de mayor responsabilidad, de mayor peligro, sin otra satisfacción que el cumplimiento del deber. En nuestro trabajo de educación revolucionaria, volvemos a menudo sobre este tema aleccionador. En la actitud de nuestros combatientes se vislumbra al hombre del futuro.

En otras oportunidades de nuestra historia se repitió el hecho de la entrega total a la causa revolucionaria. Durante la crisis de octubre o en los días del ciclón «Flora», vimos actos de valor y sacrificio excepcionales realizados por todo un pueblo. Encontrar la fórmula para perpetuar en la vida cotidiana esa actitud heroica, es una de nuestras tareas fundamentales desde el punto de vista ideológico.

En enero de 1959 se estableció el gobierno revolucionario con la participación en él de varios miembros de la burguesía entreguista. La presencia del Ejército Rebelde constituía la garantía de poder, como factor fundamental de fuerza.

Se produjeron en seguida contradicciones serias, resueltas, en primera instancia, en febrero del 59, cuando Fidel Castro asumió la jefatura de gobierno con el cargo de primer ministro. Culminaba el proceso en julio del mismo año, al renunciar el presidente Urrutia ante la presión de las masas.

Aparecía en la historia de la Revolución Cubana, ahora con caracteres nítidos, un personaje que se repetirá sistemáticamente: la masa.
Este ente multifacético no es, como se pretende, la suma de elementos de la misma categoría (reducidos a la misma categoría, además por el sistema impuesto), que actúa como un manso rebaño. Es verdad que sigue sin vacilar a sus dirigentes, fundamentalmente a Fidel Castro, pero el grado en que él ha ganado esa confianza responde precisamente a la interpretación cabal de los deseos del pueblo, de sus aspiraciones, y a la lucha sincera por el cumplimiento de las promesas hechas.

La masa participó en la Reforma Agraria y en el difícil empeño de la administración de las empresas estatales; pasó por la experiencia heroica de Playa Girón; se forjó en las luchas contra las distintas bandas de bandidos armadas por la CIA; vivió una de las definiciones más importantes de los tiempos modernos en la crisis de octubre y sigue hoy trabajando en la construcción del socialismo.

Vistas las cosas desde un punto de vista superficial, pudiera parecer que tienen razón aquellos que hablan de la supeditación del individuo al Estado; la masa realiza con entusiasmo y disciplina sin iguales las tareas que el gobierno fija, ya sean de índole económica, cultural, de defensa, deportiva, etcétera. La iniciativa parte en general de Fidel o del alto mando de la Revolución y es explicada al pueblo que la toma como suya. Otras veces, experiencias locales se toman por el partido y el gobierno para hacerlas generales, siguiendo el mismo procedimiento.

Sin embargo, el Estado se equivoca a veces. Cuando una de esas equivocaciones se produce, se nota una disminución del entusiasmo colectivo por efectos de una disminución cuantitativa de cada uno de los elementos que la forman, y el trabajo se paraliza hasta quedar reducido a magnitudes insignificantes; es el instante de rectificar.

Así sucedió en marzo de 1962 ante la política sectaria impuesta al partido por Aníbal Escalante.
Es evidente que el mecanismo no basta para asegurar una sucesión de medidas sensatas y que falta una conexión más estructurada con la masa. Debemos mejorarlo durante el curso de los próximos años, pero, en el caso de las iniciativas surgidas en los estratos superiores del gobierno, utilizamos por ahora el método casi intuitivo de auscultar las reacciones generales frente a los problemas planteados.

Maestro en ello es Fidel, cuyo particular modo de integración con el pueblo sólo puede apreciarse viéndolo actuar. En las grandes concentraciones públicas se observa algo así como el diálogo de dos diapasones cuyas vibraciones provocan otras nuevas en el interlocutor. Fidel y la masa comienzan a vibrar en un diálogo de intensidad creciente hasta alcanzar el clímax en un final abrupto, coronado por nuestro grito de lucha y de victoria.

Lo difícil de entender para quien no viva la experiencia de la Revolución es esa estrecha unidad dialéctica existente entre el individuo y la masa, donde ambos se interrelacionan y, a su vez, la masa, como conjunto de individuos, se interrelaciona con los dirigentes.

En el capitalismo se pueden ver algunos fenómenos de este tipo cuando aparecen políticos capaces de lograr la movilización popular, pero si no se trata de un auténtico movimiento social, en cuyo caso no es plenamente lícito hablar de capitalismo, el movimiento vivirá lo que la vida de quien lo impulse o hasta el fin de las ilusiones populares, impuesto por el rigor de la sociedad capitalista. En ésta, el hombre está dirigido por un frío ordenamiento que, habitualmente, escapa al dominio de su comprensión. El ejemplar humano, enajenado, tiene un invisible cordón umbilical que le liga a la sociedad en su conjunto: la ley del valor. Ella actúa en todos los aspectos de su vida, va modelando su camino y su destino.

Las leyes del capitalismo, invisibles para el común de las gentes y ciegas, actúan sobre el individuo sin que éste se percate. Sólo ve la amplitud de un horizonte que aparece infinito. Así lo presenta la propaganda capitalista que pretende extraer del caso Rockefeller —verídico o no—, una lección sobre las posibilidades de éxito. La miseria que es necesario acumular para que surja un ejemplo así y la suma de ruindades que conlleva una fortuna de esa magnitud, no aparecen en el cuadro y no siempre es posible a las fuerzas populares aclarar estos conceptos. (Cabría aquí la disquisición sobre cómo en los países imperialistas los obreros van perdiendo su espíritu internacional de clase al influjo de una cierta complicidad en la explotación de los países dependientes y cómo este hecho, al mismo tiempo, lima el espíritu de lucha de las masas en el propio país, pero ése es un tema que sale de la intención de estas notas.)

De todos modos, se muestra el camino con escollos que, aparentemente, un individuo con las cualidades necesarias puede superar para llegar a la meta. E1 premio se avizora en la lejanía; el camino es solitario. Además, es una carrera de lobos: solamente se puede llegar sobre el fracaso de otros.

Intentaré, ahora, definir al individuo, actor de ese extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo, en su doble existencia de ser único y miembro de la comunidad.

Creo que lo más sencillo es reconocer su cualidad de no hecho, de producto no acabado. Las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual y hay que hacer un trabajo continuo para erradicarlas.

El proceso es doble, por un lado actúa la sociedad con su educación directa e indirecta, por otro, el individuo se somete a un proceso consciente de autoeducación.

La nueva sociedad en formación tiene que competir muy duramente con el pasado. Esto se hace sentir no sólo en la conciencia individual, en la que pesan los residuos de una educación sistemáticamente orientada al aislamiento del individuo, sino también por el carácter mismo de este periodo de transición, con persistencia de las relaciones mercantiles. La mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista; mientras exista, sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia.

En el esquema de Marx se concebía el periodo de transición como resultado de la transformación explosiva del sistema capitalista destrozado por sus contradicciones; en la realidad posterior se ha visto cómo se desgajan del árbol imperialista algunos países que constituyen las ramas débiles, fenómeno previsto por Lenin. En éstos, el capitalismo se ha desarrollado lo suficiente como para hacer sentir sus efectos, de un modo u otro, sobre el pueblo, pero no son propias contradicciones las que, agotadas todas las posibilidades, hacen saltar el sistema. La lucha de liberación contra un opresor externo, la miseria provocada por accidentes extraños, como la guerra, cuyas consecuencias hacen recaer las clases privilegiadas sobre los explotados, los movimientos de liberación destinados a derrocar regímenes neocoloniales, son los factores habituales de desencadenamiento. La acción consciente hace el resto.

En estos países no se ha producido todavía una educación completa para el trabajo social y la riqueza dista de estar al alcance de las masas mediante el simple proceso de apropiación. El subdesarrollo por un lado y la habitual fuga de capitales hacia países «civilizados» por otro, hacen imposible un cambio rápido y sin sacrificios. Resta un gran tramo a recorrer en la construcción de la base económica y la tentación de seguir los caminos trillados del interés material, como palanca impulsora de un desarrollo acelerado, es muy grande.

Se corre el peligro de que los árboles impidan ver el bosque. Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida. Y se arriba allí tras de recorrer una larga distancia en la que los caminos se entrecruzan muchas veces y donde es difícil percibir el momento en que se equivocó la ruta. Entre tanto, la base económica adaptada ha hecho su trabajo de zapa sobre el desarrollo de la conciencia. Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo.

De allí que sea tan importante elegir correctamente el instrumento de movilización de las masas. Ese instrumento debe ser de índole moral, fundamentalmente, sin olvidar una correcta utilización del estímulo material, sobre todo de naturaleza social.

Como ya dije, en momentos de peligro extremo es fácil potenciar los estímulos morales; para mantener su vigencia, es necesario el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas. La sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca escuela.

Las grandes líneas del fenómeno son similares al proceso de formación de la conciencia capitalista en su primera época. El capitalismo recurre a la fuerza, pero, además, educa a la gente en el sistema. La propaganda directa se realiza por los encargados por explicar la ineluctabilidad de un régimen de clase, ya sea de origen divino o por imposición de la naturaleza como ente mecánico. Esto aplaca a las masas que se ven oprimidas por un mal contra el cual no es posible la lucha.

A continuación viene la esperanza, y en esto se diferencia de los anteriores regímenes de casta que no daban salida posible.

Para algunos continuará vigente todavía la fórmula de casta: el premio a los obedientes consiste en el arribo, después de la muerte, a otros mundos maravillosos donde los buenos son premiados, con lo que se sigue la vieja tradición. Para otros, la innovación: la separación en clases es fatal, pero los individuos pueden salir de aquélla a que pertenecen mediante el trabajo, la iniciativa, etcétera. Este proceso, y el de autoeducación para el triunfo, deben ser profundamente hipócritas; es la demostracion interesada de que una mentira es verdad.

En nuestro caso, la educación directa adquiere una importancia mucho mayor. La explicación es convincente porque es verdadera; no precisa de subterfugios. Se ejerce a través del aparato educativo del Estado en función de la cultura general, técnica e ideológica, por medio de organismos tales como el Ministerio de Educación y el aparato de divulgación del partido. La educación prende en las masas y la nueva actitud preconizada tiende a convertirse en hábito; la masa la va haciendo suya y presiona a quienes no se han educado todavía. Esta es la forma indirecta de educar a las masas, tan poderosa como aquella otra.

Pero el proceso es consciente; el individuo recibe continuamente el impacto del nuevo poder social y percibe que no está completamente adecuado a él. Bajo el influjo de la presión que supone la educación indirecta, trata de acomodarse a una situación que siente justa y cuya propia falta de desarrollo le ha impedido hacerlo hasta ahora. Se autoeduca.

En este periodo de construcción del socialismo podemos ver el hombre nuevo que va naciendo. Su imagen no está todavía acabada; no podría estarlo nunca ya que el proceso marcha paralelo al desarrollo de formas económicas nuevas. Descontando aquellos cuya falta de educación los hace tender al camino solitario, a la autosatisfacción de sus ambiciones, los hay que aun dentro de este nuevo panorama de marcha conjunta, tienen tendencia a caminar aislados de la masa que acompañan. Lo importante es que los hombres van adquiriendo cada día más conciencia de la necesidad de su incorporación a la sociedad y, al mismo tiempo, de su importancia como motores de la misma.

Ya no marchan completamente solos, por veredas extraviadas, hacia lejanos anhelos. Siguen a su vanguardia, constituida por el partido, por los obreros de avanzada, por los hombres de avanzada que caminan ligados a las masas y en estrecha comunión con ellas. Las vanguardias tienen su vista puesta en el futuro y en su recompensa, pero ésta no se vislumbra como algo individual; el premio es la nueva sociedad donde los hombres tendrán características distintas; la sociedad del hombre comunista.

El camino es largo y lleno de dificultades. A veces, por extraviar la ruta, hay que retroceder; otras, por caminar demasiado aprisa, nos separamos de las masas; en ocasiones por hacerlo lentamente, sentimos el aliento cercano de los que nos pisan los talones. En nuestra ambición de revolucionarios, tratamos de caminar tan aprisa como sea posible, abriendo caminos, pero sabemos que tenemos que nutrirnos de la masa y que ésta sólo podrá avanzar más rápido si la alentamos con nuestro ejemplo.

A pesar de la importancia dada a los estímulos morales, el hecho de que exista la división en dos grupos principales (excluyendo, claro está, a la fracción minoritaria de los que no participan, por una razón u otra en la construcción del socialismo), indica la relativa falta de desarrollo de la conciencia social. El grupo de vanguardia es ideológicamente más avanzado que la masa; ésta conoce los valores nuevos, pero insuficientemente. Mientras en los primeros se produce un cambio cualitativo que les permite ir al sacrificio en su función de avanzada, los segundos sólo ven a medias y deben ser sometidos a estímulos y presiones de cierta intensidad; es la dictadura del proletariado ejerciéndose no sólo sobre la clase derrotada, sino también individualmente, sobre la clase vencedora.

Todo esto entraña para su éxito total, la necesidad de una serie de mecanismos, las instituciones revolucionarias. En la imagen de las multitudes marchando hacia el futuro, encaja el concepto de institucionalización como el de un conjunto armónico de canales, escalones, represas, aparatos bien aceitados que permiten esa marcha, que permitan la selección natural de los destinados a caminar en la vanguardia y que adjudiquen el premio y el castigo a los que cumplen o atenten contra la sociedad en construcción.

Esta institucionalidad de la revolución todavía no se ha logrado. Buscamos algo nuevo que permita la perfecta identificación entre el gobierno y la comunidad en su conjunto, ajustada a las condiciones peculiares de la construcción del socialismo y huyendo al máximo de los lugares comunes de la democracia burguesa, trasplantados a la sociedad en formación (como las cámaras legislativas, por ejemplo). Se han hecho algunas experiencias dedicadas a crear paulatinamente la institucionalización de la Revolución, pero sin demasiada prisa. El freno mayor que hemos tenido ha sido el miedo a que cualquier aspecto formal nos separe de las masas y del individuo, nos haga perder de vista la última y más importante ambición revolucionaria que es ver al hombre liberado de su enajenación.

No obstante la carencia de instituciones, lo que debe superarse gradualmente, ahora las masas hacen la historia como el conjunto consciente de individuos que luchan por una misma causa. El hombre, en el socialismo a pesar de su aparente estandarización, es más completo; a pesar de la falta del mecanismo perfecto para ello, su posibilidad de expresarse y hacerse sentir en el aparato social es infinitamente mayor.
Todavía es preciso acentuar su participación consciente, individual y colectiva, en todos los mecanismos de dirección y de producción y ligarla a la idea de la necesidad de la educación técnica e ideológica, de manera que sienta cómo estos procesos son estrechamente interdependientes y sus avances son paralelos. Así logrará la total conciencia de su ser social, lo que equivale a su realización plena como criatura humana, rotas las cadenas de la enajenación.
Esto se traducirá concretamente en la reapropiación de su naturaleza a través del trabajo liberado y la expresión de su propia condición humana a través de la cultura y el arte.
Para que se desarrolle en la primera, el trabajo debe adquirir una condición nueva; la mercancía hombre cesa de existir y se instala un sistema que otorga una cuota por el cumplimiento del deber social. Los medios de producción pertenecen a la sociedad y la máquina es sólo la trinchera donde se cumple el deber. El hombre comienza a liberar su pensamiento de hecho enojoso que suponía la necesidad de satisfacer sus necesidades animales mediante el trabajo. Empieza a verse retratado en su obra y a comprender su magnitud humana a través del objeto creado, del trabajo realizado. Esto ya no entraña dejar una parte de su ser en forma de fuerza de trabajo vendida, que no le pertenece más, sino que significa una emanación de sí mismo, un aporte a la vida común en que se refleja; el cumplimiento de su deber social.

Hacemos todo lo posible por darle al trabajo esta nueva categoría de deber social y unirlo al desarrollo de la técnica, por un lado, lo que dará condiciones para una mayor libertad, y al trabajo voluntario por otro, basados en la apreciación marxista de que el hombre realmente alcanza su plena condición humana cuando produce sin la compulsión de la necesidad física de venderse como mercancía.

Claro que todavía hay aspectos coactivos en el trabajo, aun cuando sea voluntario; el hombre no ha transformado toda la coerción que lo rodea en reflejo condicionado de naturaleza social y todavía produce, en muchos casos, bajo la presión del medio (compulsión moral, la llama Fidel). Todavía le falta el lograr la completa recreación espiritual ante su propia obra, sin la presión directa del medio social, pero ligado a él por los nuevos hábitos. Esto será el comunismo.

El cambio no se produce automáticamente en la conciencia, como no se produce tampoco en la economía. Las variaciones son lentas y no son rítmicas; hay periodos de aceleración, otros pausados e incluso, de retroceso.

Debemos considerar, además, como apuntáramos antes, que no estamos frente al período de transición puro, tal como lo viera Marx en la Crítica del programa de Gotha, sino a una nueva fase no prevista por él; primero período de transición del comunismo o de la construcción del socialismo.

Este transcurre en medio de violentas luchas de clase y con elementos de capitalismo en su seno que oscurecen la comprensión cabal de su esencia.
Si a esto se agrega el escolasticismo que ha frenado el desarrollo de la filosofía marxista e impedido el tratamiento sistemático del período, cuya economía política no se ha desarrollado, debemos convenir en que todavía estamos en pañales y es preciso dedicarse a investigar todas las características primordiales del mismo antes de elaborar una teoría económica y política de mayor alcance.

La teoría que resulte dará indefectiblemente preeminencia a los dos pilares de la construcción: la formación del hombre nuevo y el desarrollo de la técnica. En ambos aspectos nos falta mucho por hacer, pero es menos excusable el atraso en cuanto a la concepción de la técnica como base fundamental, ya que aquí no se trata de avanzar a ciegas sino de seguir durante un buen tramo el camino abierto por los países más adelantados del mundo. Por ello Fidel machaca con tanta insistencia sobre la necesidad de la formación tecnológica y científica de todo nuestro pueblo y más aún, de su vanguardia.

En el campo de las ideas que conducen a actividades no productivas, es más fácil ver la división entre necesidad material y espiritual. Desde hace mucho tiempo el hombre trata de liberarse de la enajenación mediante la cultura y el arte. Muere diariamente las ocho y más horas en que actúa como mercancía para resucitar en su creación espiritual. Pero este remedio porta los gérmenes de la misma enfermedad; es un ser solitario el que busca comunión con la naturaleza. Defiende su individualidad oprimida por el medio y reacciona ante las ideas estéticas como un ser único cuya aspiración es permanecer inmaculado.

Se trata sólo de un intento de fuga. La ley del valor no es ya un mero reflejo de las relaciones de producción; los capitalistas monopolistas la rodean de un complicado andamiaje que la convierte en una sierva dócil, aun cuando los métodos que emplean sean puramente empíricos. La superestructura impone un tipo de arte en el cual hay que educar a los artistas. Los rebeldes son dominados por la maquinaria y sólo los talentos excepcionales podrán crear su propia obra. Los restantes devienen asalariados vergonzantes o son triturados.

Se inventa la investigación artística a la que se da como definitoria de la libertad, pero esta «investigación» tiene sus límites, imperceptibles hasta el momento de chocar con ellos, vale decir, de plantearse los reales problemas del hombre y su enajenación. La angustia sin sentido o el pasatiempo vulgar constituyen válvulas cómodas a la inquietud humana; se combate la idea de hacer del arte un arma de denuncia.

Si se respetan las leyes del juego se consiguen todos los honores; los que podría tener un mono al inventar piruetas. La condición es no tratar de escapar de la jaula invisible.

Cuando la Revolución tomó el poder se produjo el éxodo de los domesticados totales; los demás, revolucionarios o no, vieron un camino nuevo. La investigación artística cobró nuevo impulso. Sin embargo, las rutas estaban más o menos trazadas y el sentido del concepto fúgase escondió tras la palabra libertad. En los propios revolucionarios se mantuvo muchas veces esta actitud, reflejo del idealismo burgués en la conciencia.

En países que pasaron por un proceso similar se pretendió combatir estas tendencias con un dogmatismo exagerado. La cultura general se convirtió casi en un tabú y se proclamó el súmmum de la aspiración cultural una representación formalmente exacta de la naturaleza, convirtiéndose ésta, luego, en una representación mecánica de la realidad social que se quería hacer ver; la sociedad ideal, casi sin conflictos ni contradicciones, que se buscaba crear.

El socialismo es joven y tiene errores. Los revolucionarios carecemos, muchas veces, de los conocimientos y la audacia intelectual necesarias para encarar la tarea del desarrollo de un hombre nuevo por métodos distintos a los convencionales y los métodos convencionales sufren de la influencia de la sociedad que los creó. (Otra vez se plantea el tema de la relación entre forma y contenido.) La desorientación es grande y los problemas de la construcción material nos absorben. No hay artistas de gran autoridad que, a su vez, tengan gran autoridad revolucionaria.

Los hombres del partido deben tomar esa tarea entre las manos y buscar el logro del objetivo principal: educar al pueblo.

Se busca entonces la simplificación, lo que entiende todo el mundo, que es lo que entienden los funcionarios. Se anula la auténtica investigación artística y se reduce el problema de la cultura general a una apropiación del presente socialista y del pasado muerto (por tanto no peligroso). Así nace el realismo socialista sobre las bases del arte del siglo pasado.

Pero el arte realista del siglo XIX, también es de clase, más puramente capitalista, quizás, que este arte decadente del siglo XX, donde se transparenta la angustia del hombre enajenado. El capitalismo en cultura ha dado todo de sí y no queda de él sino el anuncio de un cadáver maloliente; en arte, su decadencia de hoy. Pero, ¿por qué pretender buscar en las formas congeladas del realismo socialista la única receta válida? No se puede oponer al realismo socialista «la libertad», porque ésta no existe todavía, no existirá hasta el completo desarrollo de la sociedad nueva; pero no se pretenda condenar a todas las formas de arte posteriores a la primera mitad del siglo XIX desde el trono pontificio del realismo a ultranza, pues se caería en un error proudhoniano de retorno al pasado, poniéndole camisa de fuerza a la expresión artística del hombre que nace y se construye hoy.

Falta el desarrollo de un mecanismo ideológico-cultural que permita la investigación y desbroce la mala hierba, tan fácilmente multiplicable en el terreno abonado de la subvención estatal.
En nuestro país, el error del mecanismo realista no se ha dado, pero sí otro de signo contrario. Y ha sido por no comprender la necesidad de la creación del hombre nuevo, que no sea el que represente las ideas del siglo XIX, pero tampoco las de nuestro siglo decadente y morboso. El hombre del siglo XXI es el que debemos crear, aunque todavía es una aspiración subjetiva y no sistematizada. Precisamente éste es uno de los puntos fundamentales de nuestro estudio y de nuestro trabajo y en la medida en que logremos éxitos concretos sobre una base teórica o, viceversa, extraigamos conclusiones teóricas de carácter amplio sobre la base de nuestra investigación concreta, habremos hecho un aporte valioso al marxismo-leninismo, a la causa de la humanidad.

La reacción contra el hombre del siglo XIX, nos ha traído la reincidencia en el decadentismo del siglo XX; no es un error demasiado grave, pero debemos superarlo, so pena de abrir un ancho cauce al revisionismo.

Las grandes multitudes se van desarrollando, las nuevas ideas van alcanzando adecuado ímpetu en el seno de la sociedad, las posibilidades materiales de desarrollo integral de absolutamente todos sus miembros, hacen mucho más fructífera la labor. El presente es de lucha; el futuro es nuestro.

Resumiendo, la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios. Podemos intentar injertar el olmo para que dé peras; pero simultáneamente hay que sembrar perales. Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original. Las probabilidades de que surjan artistas excepcionales serán tanto mayores cuanto más se haya ensanchado el campo de la cultura y la posibilidad de expresión. Nuestra tarea consiste en impedir que la generación actual dislocada por conflictos, se pervierta y pervierta a las nuevas. No debemos crear asalariados dóciles al pensamiento oficial ni «becarios» que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas. Ya vendrán los revolucionarios que entonen el canto del hombre nuevo con la auténtica voz del pueblo. Es un proceso que requiere tiempo.

En nuestra sociedad, juegan un gran papel la juventud y el partido.
Particularmente importante es la primera; por ser la arcilla maleable con que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores.

Ella recibe un trato acorde con nuestras ambiciones. Su educación es cada vez más completa y no olvidamos su integración al trabajo desde los primeros instantes. Nuestros becarios hacen trabajo físico en sus vacaciones o simultáneamente con el estudio. El trabajo es un premio en ciertos casos, un instrumento de educación, en otros, jamás un castigo. Una nueva generación nace.
E1 partido en una organización de vanguardia. Los mejores trabajadores son propuestos por sus compañeros para integrarlo. Este es minoritario pero de gran autoridad por la calidad de sus cuadros. Nuestra aspiración es que el partido sea de masas, pero cuando las masas hayan alcanzado el nivel de desarrollo de la vanguardia, es decir, cuando estén educadas para el comunismo. Y a esa educación va encaminado el trabajo. El partido es el ejemplo vivo; sus cuadros deben dictar cátedras de laboriosidad y sacrificio, deben llevar, con su acción, a las masas, al fin de la tarea revolucionaria, lo que entraña años de duro bregar contra las dificultades de la construcción, los enemigos de clase, las lacras del pasado, el imperialismo. . .

Quisiera explicar ahora el papel que juega la personalidad, el hombre como individuo dirigente de las masas que hacen la historia. Es nuestra experiencia, no una receta.

Fidel dio a la Revolución el impulso en los primeros años, la dirección, la tónica siempre, pero hay un buen grupo de revolucionarios que se desarrollan en el mismo sentido que el dirigente máximo y una gran masa que sigue a sus dirigentes porque les tiene fe; y les tiene fe, porque ellos han sabido interpretar sus anhelos.

No se trata de cuántos kilogramos de carne se come o de cuántas veces por año pueda ir alguien a pasearse en la playa, ni de cuántas bellezas que vienen del exterior puedan comprarse con los salarios actuales. Se trata, precisamente, de que el individuo se sienta más pleno, con mucha más riqueza interior y con mucha más responsabilidad. El individuo de nuestro país sabe que la época gloriosa que le toca vivir es de sacrificio; conoce el sacrificio.

Los primeros lo conocieron en la Sierra Maestra y dondequiera que se luchó; después lo hemos conocido en toda Cuba. Cuba es la vanguardia de América y debe hacer sacrificios porque ocupa el lugar de avanzada, porque indica a las masas de América Latina el camino de la libertad plena.

Dentro del país, los dirigentes tienen que cumplir su papel de vanguardia; y, hay que decirlo con toda sinceridad, en una revolución verdadera, a la que se le da todo, de la cual no se espera ninguna retribución material, la tarea del revolucionario de vanguardia es a la vez magnífica y angustiosa.

Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizás sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible. No pueden descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita.

Los dirigentes de la revolución tienen hijos que en sus primeros balbuceos, no aprenden a nombrar al padre; mujeres que deben ser parte del sacrificio general de su vida para llevar la revolución a su destino; el marco de los amigos responde estrictamente al marco de los compañeros de revolución. No hay vida fuera de ella.

En esas condiciones, hay que tener una gran dosis de humanidad, una gran dosis de sentido de la justicia y de la verdad para no caer en extremos dogmáticos, en escolasticismos fríos, en aislamiento de las masas. Todos los días hay que luchar porque ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de movilización.
E1 revolucionario, motor ideológico de la revolución dentro de su partido, se consume en esa actividad ininterrumpida que no tiene más fin que la muerte, a menos que la construcción se logre en escala mundial. Si su afán de revolucionario se embota cuando las tareas más apremiantes se ven realizadas a escala local y se olvida el internacionalismo proletario, la revolución que dirige deja de ser una fuerza impulsora y se asume en una cómoda modorra, aprovechada por nuestros enemigos irreconciliables, el imperialismo, que gana terreno. El internacionalismo proletario es un deber pero también es una necesidad revolucionaria. Así educamos a nuestro pueblo.

Claro que hay peligros presentes en las actuales circunstancias. No sólo el del dogmatismo, no sólo el de congelar las relaciones con las masas en medio de la gran tarea; también existe el peligro de las debilidades en que se puede caer. Si un hombre piensa que, para dedicar su vida entera a la revolución, no puede distraer su mente por la preocupación de que a un hijo le falte determinado producto, que los zapatos de los niños estén rotos, que su familia carezca de determinado bien necesario, bajo este razonamiento deja infiltrarse los gérmenes de la futura corrupción.

En nuestro caso, hemos mantenido que nuestros hijos deben tener y carecer de lo que tienen y de lo que carecen los hijos del hombre común; y nuestra familia debe comprenderlo y luchar por ello. La revolución se hace a través del hombre, pero el hombre tiene que forjar día a día su espíritu revolucionario.

Así vamos marchando. A la cabeza de la inmensa columna —no nos avergüenza ni nos intimida el decirlo— va Fidel, después, los mejores cuadros del partido, e inmediatamente, tan cerca que se siente su enorme fuerza, va el pueblo en su conjunto; sólida armazón de individualidades que caminan hacia su fin común; individuos que han alcanzado la conciencia de lo que es necesario hacer; hombres que luchan por salir del reino de la necesidad y entrar al de la libertad.

Esa inmensa muchedumbre se ordena; su orden responde a la conciencia de la necesidad del mismo; ya no es fuerza dispersa, divisible en miles de fracciones disparadas al espacio como fragmentos de granada, tratando de alcanzar por cualquier medio, en lucha reñida con sus iguales una posición, algo que permita apoyo frente al futuro incierto.

Sabemos que hay sacrificios delante nuestro y que debemos pagar un precio por el hecho heroico de constituir una vanguardia como nación. Nosotros, dirigentes, sabemos que tenemos que pagar un precio por tener derecho a decir que estamos a la cabeza del pueblo que está a la cabeza de América.

Todos y cada uno de nosotros paga puntualmente su cuota de sacrificio, conscientes de recibir el premio en la satisfacción del deber cumplido, conscientes de avanzar con todos hacia el hombre nuevo que se vislumbra en el horizonte.
Permítame intentar unas conclusiones:

Nosotros, socialistas, somos más libres porque somos más plenos; somos más plenos por ser más libres.
El esqueleto de nuestra libertad completa está formado, falta la sustancia proteica y el ropaje; los crearemos.
Nuestra libertad y su sostén cotidiano tienen color de sangre y están henchidos de sacrificio.
Nuestro sacrificio es consciente; cuota para pagar la libertad que construimos.
El camino es largo y desconocido en parte; conocemos nuestras limitaciones. Haremos el hombre del siglo XXI: nosotros mismos.
Nos forjaremos en la acción cotidiana, creando un hombre nuevo con una nueva técnica.
La personalidad juega el papel de movilización y dirección en cuanto que encarna las más altas virtudes y aspiraciones del pueblo y no se separa de la ruta.
Quien abre el camino es el grupo de vanguardia, los mejores entre los buenos, el partido.
La arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud; en ella depositamos nuestra esperanza y la preparamos para tomar de nuestras manos la bandera.

Si esta carta balbuceante aclara algo, ha cumplido el objetivo con que la mando.

Reciba nuestro saludo ritual, como un apretón de manos o un «Ave María Purísima». Patria o muerte.

Saturday, October 25, 2008

MAYO 1968 Y LA CRISIS DEL TRABAJO ABSTRACTO

John Holloway * **

¿1968? ¿Por qué hablar de 1968? Hay tantas cosas urgentes que están pasando. Hablemos mejor de Oaxaca y Chiapas y el peligro de una guerra civil en México. Hablemos de la guerra en el Iraq y la destrucción rápida de las precondiciones naturales de la existencia humana. ¿Es realmente un buen momento para que los viejos se sienten a recordar el pasado?




Pero tal vez tengamos que hablar de 1968 porque, más allá de toda la urgencia real, nos sentimos perdidos y necesitamos encontrar algún sentido de dirección: no para encontrar la carretera (porque la carretera no nos preexiste), sino para crear muchos caminos. Tal vez 1968 tenga algo que ver con el hecho de sentirnos perdidos, y a la vez tenga algo que ver con hacer nuevos caminos. Hablemos de 1968, entonces.





1968 abrió la puerta a un cambio en el mundo, un cambio en las reglas del conflicto anticapitalista, un cambio en el significado de la revolución anticapitalista. Es por eso que digo que 1968 juega un papel en el hecho de sentirnos perdidos y que también es una clave para encontrar alguna orientación.





1968 fue una explosión, y el ruido de la explosión sigue haciendo eco o, mejor, ecos que no se pueden distinguir de las explosiones subsecuentes que han retomado los temas de 1968, de las cuales tal vez la más importante ha sido 1994 y toda la serie de explosiones que son parte del movimiento zapatista. Entonces, cuando hablo de 1968 no es necesariamente con precisión histórica. Lo que me interesa es la explosión y cómo, después de esta explosión, podamos pensar en superar la catástrofe que es el capitalismo.

1968 fue una explosión, la explosión de cierta constelación de fuerzas sociales, de cierto modelo de conflicto social. A veces se habla de esta constelación como del fordismo. El término tiene la gran ventaja de llamar la atención sobre la cuestión central de la forma en la cual nuestra actividad cotidiana está organizada. Se refiere al mundo en el cual la producción masiva estaba integrada con la promoción del consumo masivo a través de una combinación de salarios relativamente altos y el llamado Estado de bienestar. Actores centrales en este proceso eran los sindicatos, cuya participación en las negociaciones salariales anuales era una fuerza motriz, y el Estado que parecía tener la capacidad de regular la economía y de asegurar niveles básicos de bienestar social. En esta sociedad no sorprende que las aspiraciones por un cambo social se centraran en el Estado y en la meta de tomar el poder estatal, sea por la vía electoral o de otra manera. Posiblemente, sería más exacto hablar de este patrón de relaciones sociales no solamente como fordismo, sino como fordismo-keynesianismo-leninismo.





Quiero sugerir que había algo todavía más profundo como cuestión central. El peligro de restringirnos a la idea de la crisis del fordismo (o incluso del fordismo-keynesianismo-leninismo) es que el término nos invita a verlo como uno más en una serie de modos de regulación que luego sería remplazado por otro (posfordismo, o imperio, o lo que sea): el capitalismo se entiende, entonces, como una serie de reestructuraciones, de síntesis, de clausuras, mientras que nuestro problema no es escribir una historia del capitalismo, sino de encontrarle una salida a esta catástrofe. Es necesario ir más allá del concepto del fordismo. El fordismo era una forma extremadamente desarrollada del trabajo alienado o abstracto, y lo que se atacó en aquellos años fue el trabajo alienado, el corazón mismo del capitalismo.





El trabajo abstracto (reitero la palabra que Marx usó en El capital porque me parece un concepto más rico) es el trabajo que produce valor y plusvalía, y por lo tanto capital. Marx lo contrasta con el trabajo útil o concreto, la actividad necesaria para la reproducción de cualquier sociedad. El trabajo abstracto es el trabajo visto en abstracción de sus características particulares, es el trabajo que es equivalente a cualquier otro trabajo, una equivalencia que se establece a través del intercambio. La abstracción no es solamente una abstracción mental: es una abstracción real, el hecho de que los productos se produzcan para el intercambio condiciona el proceso de producción mismo y lo convierte en un proceso en el que lo único que importa es la realización del trabajo socialmente necesario, la producción eficiente de mercancías para que se puedan vender. El trabajo abstracto es el trabajo desprovisto de particularidad, desprovisto de significado. El trabajo abstracto produce la sociedad del capital, una sociedad donde lo único que importa es la acumulación del trabajo abstracto, la búsqueda constante de la ganancia.





El trabajo abstracto teje la sociedad en la cual vivimos. Reúne en un tejido la multiplicidad de actividades humanas a través del acto de intercambio, a través de este proceso que nos dice una y otra vez: "no importa lo te gusta hacer, con cuánto amor y cuidado creas tu producto, no importa que tu motivación haya sido una auténtica necesidad social, lo único que importa es si se va a vender, lo único que importa es la cantidad de dinero que puedas obtener por él". Es así que se tejen nuestras diferentes actividades, es así que se construye la sociedad capitalista.





Pero el proceso de tejer va más allá de eso: esta forma de relacionarnos, a través del intercambio de cosas, crea una cosificación o reificación o fetichización general de las relaciones sociales. De la misma manera en que la cosa que creamos se separa de nosotros y se yergue contra nosotros negando su origen, así todos los aspectos de nuestras relaciones con los otros adquieren el carácter de cosas. El dinero se vuelve una cosa, en lugar de ser, simplemente, una relación entre diferentes creadores. El Estado se vuelve una cosa en vez de ser una forma de organizar nuestros asuntos comunes. El sexo se vuelve una cosa en lugar de ser, simplemente, la multiplicidad de maneras diferentes en las cuales la gente se toca y se relaciona. La naturaleza se vuelve una cosa que usamos para nuestro beneficio en lugar de ser la interrelación compleja de las diferentes formas de vida que comparten este planeta. El tiempo se vuelve una cosa, el tiempo-reloj, un tiempo que nos dice que mañana será igual que hoy, en lugar de ser simplemente los ritmos de nuestro vivir, las intensidades y relajamientos de nuestro hacer, etcétera.





Al realizar el trabajo abstracto, tejemos, tejemos, tejemos este mundo que nos está destruyendo tan rápidamente. Y cada parte del tejido da fuerza y solidez a cada una de las otras partes. En el centro de nuestra actividad está el trabajo abstracto, pero la abstracción vacía y sin sentido de nuestro trabajo está sostenida en su lugar por toda la estructura de abstracción o alienación que nosotros mismos creamos: el Estado, la idea y la práctica de la sexualidad dimorfa, la objetivización de la naturaleza, el vivir el tiempo como tiempo-reloj, la percepción del espacio como un espacio contenido dentro de fronteras, y así sucesivamente. Todas estas dimensiones diferentes del sin sentido abstracto están creadas (y reforzadas) por el sin sentido abstracto de nuestra actividad cotidiana. Este tejido complejo es el que estalla en 1968.





¿Cómo? ¿Cuál es la fuerza detrás de la explosión? No es la clase obrera, al menos no en su sentido tradicional. Los obreros fabriles juegan un papel importante, sobre todo en Francia, pero no juegan un papel central en la explosión de 1968. Tampoco se puede entender en términos de un grupo en particular. Lo que explota es más bien una relación social, la relación social del trabajo abstracto. La fuerza detrás de la explosión se tiene que entender no como un grupo, sino como el lado oculto del trabajo abstracto, la contradicción del trabajo abstracto, aquello que el trabajo abstracto contiene y no contiene, aquello que el trabajo abstracto reprime y no reprime. Esto es lo que explota.





¿Qué entendemos por el lado oculto del trabajo abstracto? Aquí hay un problema de vocabulario, y no es casual, ya que lo reprimido tiende a ser invisible, sin voz, sin nombre. Lo podemos llamar anti-alienación, o anti-abstracción. En los Manuscritos de 1844 Marx habla de anti-alienación como "actividad vital consciente", y en El capital el contraste es entre trabajo abstracto y "trabajo útil o concreto". Pero este término no es totalmente satisfactorio, en parte porque la distinción entre trabajo y otras formas de actividad no es común a todas las formas de sociedad. Por esta razón hablaré del lado oculto del trabajo abstracto como el hacer: hacer en lugar de simplemente anti-alienación porque de lo que se trata es en primer lugar la forma en la cual la actividad humana está organizada.





El capitalismo está basado en el trabajo abstracto, pero siempre hay un lado oculto, otro aspecto de la actividad que parece estar totalmente subordinado al trabajo abstracto, pero que no lo es y no lo puede ser. El trabajo abstracto es la actividad que crea el capital y teje la dominación capitalista, pero siempre existe otro lado, un hacer que retiene o busca retener su particularidad, que empuja hacia algún tipo de significado, algún tipo de auto-determinación. Marx habla justo al principio de El capital de la relación entre trabajo abstracto y trabajo útil como "el eje en torno al cual gira la comprensión de la economía política" (y por lo tanto del capitalismo), una afirmación casi totalmente ignorada por toda la tradición marxista.





El trabajo útil (el hacer) existe en la forma del trabajo abstracto, pero la relación entre forma y contenido no se puede entender simplemente como contención. Inevitablemente es una relación de en-contra-y-más-allá: el hacer existe en-contra-y-más-allá del trabajo abstracto. Éste es un asunto de la experiencia cotidiana, todos buscamos formas de dirigir nuestra actividad hacia lo que consideramos deseable o necesario. Aun dentro del ámbito del trabajo abstracto buscamos formas de no subordinarnos totalmente al dominio del dinero. Como profesores tratamos de hacer algo más que producir los funcionarios del capital, como trabajadores en la línea de montaje movemos nuestros dedos sobre una guitarra imaginaria en los segundos que tenemos libres, como enfermeras tratamos de ayudar a nuestros pacientes más allá de lo que dicta el dinero, como estudiantes soñamos con una vida no totalmente determinada por el dinero. Hay en todos estos casos una relación antagónica entre nuestro hacer y la abstracción o alienación que el capital impone, una relación no solamente de subordinación sino también de resistencia, revuelta y empuje más allá.





Este antagonismo siempre está presente, y es el que explota en 1968, cuando una generación ya no tan dominada por la experiencia del fascismo y guerra se levanta y dice "No, no vamos a dedicar nuestras vidas al dominio del dinero, no vamos a dedicar todos los días de nuestras vidas al trabajo abstracto, vamos a hacer otra cosas. La revuelta contra el capital se expresa abiertamente como lo que es y tiene que ser: una revuelta contra el trabajo. Se vuelve claro que no podemos pensar en la lucha de clases como trabajo contra el capital, porque el trabajo está del mismo lado que el capital, el trabajo produce el capital. La lucha no es la del trabajo contra el capital, sino la del hacer contra el trabajo y, por lo tanto, contra el capital. Las luchas de los trabajadores contra los capitalistas no son luchas del trabajo sino en-contra-y-más-allá del trabajo: todo el tiempo desbordan las instituciones del trabajo abstracto. Esto es lo que se expresa en 1968: en las fábricas, en las universidades, en las calles. Esto es lo que lo hace imposible que el capital continúe aumentando la tasa de explotación con el objetivo de mantener la tasa de ganancia y sostener el fordismo.





Es la fuerza del hacer, es decir, la fuerza de decir: "no, no vamos a vivir así, vamos a hacer las cosas de otra forma", lo que hace estallar la constelación de la lucha basada en la abstracción extrema del trabajo que se expresa en el fordismo. Es una revuelta dirigida contra todos los aspectos de la abstracción del trabajo: no solamente contra la alienación del trabajo en el sentido estrecho sino también contra la fetichización del sexo, de la naturaleza, el tiempo, el espacio y también contra las formas estadocéntricas de organización que son parte de la misma fetichización. Hay una fuga, una emancipación: se vuelve posible pensar y hacer cosas que no eran posibles antes. La fuerza de la explosión, la fuerza de la lucha resquebraja, abre la categoría del trabajo (abierta por Marx, pero cerrada por la tradición marxista) y, con ella, todas las otras categorías del pensamiento.





La explosión nos avienta hacia un mundo nuevo. Nos avienta en un nuevo terreno de batalla, caracterizado por una nueva constelación de luchas que es distintivamente abierta. Esto es crucial: si saltamos teóricamente a un nuevo modo de dominación (imperio o posfordismo), entonces, estamos cerrando las dimensiones de este terreno al mismo tiempo que estamos luchando para mantenerlas abiertas. En otras palabras, existe un peligro real: que al analizar el llamado paradigma nuevo de dominación, le demos una solidez que no merece y que nosotros seguramente no deseamos. El tejido relativamente coherente que existía antes de la explosión está despedazado. Está en los intereses del capital recomponerlo, estableciendo un patrón nuevo. El anticapitalismo se mueve en el sentido contrario, deshaciéndolo, ensanchando y profundizando las grietas a lo máximo.





La vieja constelación se basaba en el antagonismo entre trabajo y capital, con todo lo que esto conlleva en términos de sindicatos, corporativismo, partidos, Estado de bienestar, etcétera. Si tenemos razón al decir que la nueva constelación tiene su eje en el antagonismo entre el hacer y el trabajo abstracto, esto significa que tenemos que repensar de forma radical lo que significa el anticapitalismo, lo que significa la revolución. Todas las prácticas establecidas, todas las ideas vinculadas con el trabajo abstracto se cuestionan: el trabajo, la sexualidad, la naturaleza, el Estado, el tiempo, el espacio, todos se vuelven campos de batalla.





La nueva constelación (o mejor dicho, la constelación que mostró su cara claramente en 1968 y que todavía lucha por nacer) es la constelación del hacer contra el trabajo abstracto. Esto significa que es fundamentalmente negativa. El hacer existe en y contra el trabajo abstracto: en la medida en que logra romper con el trabajo abstracto y existe más allá de él (como cooperativa, como centro social, como Junta de Buen Gobierno), siempre está en riesgo, siempre está moldeado por su antagonismo con el trabajo abstracto y amenazado por él. Si lo positivamos, viéndolo como espacio autónomo, o como una cooperativa que no es parte del movimiento en contra del capitalismo, se convierte rápidamente en su contrario. Las luchas contra el capital son inestables y se mueven permanentemente, aunque a veces su leve intensidad las pudieran volver imperceptibles: existen al borde de la desaparición y no se dejan juzgar desde la positividad de las instituciones.





El movimiento del hacer contra el trabajo es un movimiento anti-identitario, por lo tanto: el movimiento de la no identidad contra la identidad. Esto es importante por razones prácticas, simplemente porque la reestructuración del capital es el intento de contener las nuevas luchas dentro de identidades. Las luchas de las mujeres, de los negros, de los indígenas, no plantean ningún problema para la reproducción de un sistema de trabajo abstracto mientras se queden contenidas dentro de su identidad respectiva. Al contrario, la re-consolidación del trabajo abstracto depende probablemente de un reajuste de estas identidades, como identidades, de la re-canalización de las luchas en luchas identitarias y limitadas. El movimiento zapatista no representaba ningún desafío al capitalismo mientras se limitaba a ser una lucha por los derechos indígenas: es cuando la lucha desborda la identidad, cuando los zapatistas dicen "somos indígenas, pero somos más que eso", cuando dicen que están luchando para crear un mundo nuevo, un mundo basado en el reconocimiento mutuo de la dignidad, entonces, empiezan a constituir una amenaza para el capitalismo. La lucha del hacer es la lucha para desbordar las categorías fetichizadas de la identidad. Luchamos no tanto por los derechos de las mujeres, sino por un mundo en cual la división de la gente en dos sexos (y la genitalización de la sexualidad en la que esta división está basada) esté superada, no tanto por la protección de la naturaleza, sino por un repensamiento radical de la relación entre diferentes formas de vida, no tanto por los derechos de los migrantes, sino por la abolición de las fronteras.





En todo este proceso de transformación, el tiempo juega un papel central. El tiempo homogéneo era tal vez el cemento más importante de la vieja constelación, la constelación del trabajo abstracto, aceptado igualmente sin cuestionamiento tanto por la izquierda como por la derecha. En esta perspectiva, la revolución, cuando se pensaba en ella, sólo podría estar en el futuro. Esta concepción ya es parte del pasado. Lo que antes se veía como una pareja inseparable, "revolución futura", se revela hoy como un sinsentido. Ya es demasiado tarde para pensar en una "revolución futura". Y de todas formas, cada día que se pasa planificando la futura revolución sin cuestionar en el ahora ya el trabajo abstracto, estamos recreando el mismo capitalismo que tanto odiamos, así es que la propia idea de una revolución futura se derrota a sí misma. La revolución es aquí y ahora, o no es. Esto ya está implícito en 1968, con el rechazo del movimiento a esperar hasta que "el Partido" considerara el "momento justo". Y se explicitó en el ¡Ya basta! de los zapatistas el 1º de enero de 1994. ¡Ya basta! ¡Ya mismo! No "esperaremos hasta que el próximo ciclo Kondratieff termine su curso". Y no "esperaremos hasta que el Partido conquiste el poder estatal", sino ya: revolución aquí y ahora.





¿Qué significa esto? Sólo puede significar una multiplicidad de luchas que parten de lo particular, de la creación de espacios o momentos en los cuales tratamos de vivir ahora la sociedad que queremos crear. Esto significa la creación de grietas en el sistema de mando capitalista, de momentos o espacios en los cuales decimos: "No, aquí en este espacio, en este momento no vamos a hacer lo que el capital nos exige, vamos a hacer lo que nosotros consideramos necesario o deseable."





Inevitablemente, esto quiere decir el entender la lucha anticapitalista como una multiplicidad de luchas muy diferentes. No es una multiplicidad de identidades, sino el movimiento rápido de luchas anti-identitarias que se tocan y dispersan, que se infectan y se repelan, un caos creativo de grietas que se multiplican y se extienden y, a veces, se rellenan y reaparecen, y se vuelven a extender otra vez. Esta es la revuelta polifónica del hacer contra el trabajo abstracto. Es necesariamente polifónica. Negar su carácter polifónico sería subordinarla a una nueva forma de abstracción. El mundo que estamos tratando de crear, el mundo del hacer útil o de la actividad vital consciente es, necesariamente, un mundo de muchos mundos. Esto significa, por supuesto, formas de organización que buscan articular y respetar esta polifonía: es decir, formas anti-estatales.





Desde afuera y a veces desde adentro, esta polifonía parece ser simplemente un ruido caótico y disonante, sin dirección ni unidad, sin meta-narrativa. Esto es un error. La meta-narrativa ya no es la misma que antes de 1968, pero sí hay una meta-narrativa, con dos caras. La primera es, simplemente: no, ¡ya basta! Y la segunda es la dignidad, vivimos ahora el mundo que queremos crear, o en otras palabras: nosotras hacemos.





Tal vez podamos concluir diciendo que 1968 fue la crisis de la clase obrera como prosa, su nacimiento como poesía: la crisis de la clase obrera como trabajo abstracto, su nacimiento como hacer. Los años desde entonces han mostrado qué tan difícil es escribir poesía. Qué tan difícil y qué tan necesario.





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* Ponencia presentada en el coloquio "Maio ‘68" sobre el 40º aniversario de ese acontecimiento fue celebrado en Lisboa, en el Instituto franco-portugués el 11 y 12 de abril de 2008 y organizado por el dicho instituto, la Universidad Nova y Le Monde diplomatique (edición portuguesa). La misma ponencia fue presentada unos días antes en el Instituto Poulantzas de Atenas, como parte de una serie de conferencias sobre ese aniversario. Texto enviado por el autor especialmente para su publicación en la revista Herramienta.





** Profesor en el Posgrado de Sociología del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad Autónoma de Puebla (México). Miembro del consejo asesor y colaborador habitual de nuestra revista.

Friday, May 30, 2008

LAS CONCEPCIONES TEORICAS FUNDAMENTALES DE MIGUEL ENRIQUEZ

Martin Humberto Hernández Vázquez




A 27 años de la muerte en combate de Miguel Enríquez, es conveniente ubicar en el contexto histórico su rol, como figura representativa de la dirección histórica del MIR chileno, en la actualización de la política revolucionaria del proletariado.



Se trata de comprender que las concepciones de Enríquez y del MIR se establecen sobre una base teórica e histórica de más de un siglo de luchas del proletariado y de desarrollo del marxismo y que, por ende, son parte de ese desarrollo, se nutren de él y establecen aportes sustantivos. Estos aportes pueden sintetizarse en cinco puntos: (1) una concepción del capitalismo dependiente chileno y latinoamericano, de la cual se desprende (2) la postulación del carácter proletario de la revolución, carácter que exige que se plantee como problema central el problema del poder y, por tanto, (3) una concepción estratégica de lucha por el poder proletario, lucha para la cual se requiere (4) la construcción de un partido revolucionario del proletariado de carácter político-militar, capaz de (5) ponerse a la cabeza de las luchas concretas de las masas en que se va formando la fuerza social revolucionaria. Me interesa aquí referirme a los tres primeros puntos, en tanto dicen relación fundamental con la posición teórica de Enríquez, y dejar para alguna próxima ocasión el desarrollo de los dos últimos puntos, más ligados a la experiencia práctico concreta.





En todo caso, y para evitar malos entendidos, hay que establecer previamente que la construcción de una teoría de la revolución proletaria es siempre concreta: lo que Enríquez y el MIR elaboran, e impulsan prácticamente, es la teoría de la revolución proletaria para las condiciones de la crisis del bloque en el poder hegemonizado por la burguesía industrial dependiente. Si alguien considera necesario, o se siente convocado a, elaborar una teoría de la revolución proletaria para las condiciones históricas de hoy, debe partir de la premisa que lo que más le sirve del ejemplo de Enríquez es precisamente eso, su ejemplo (de rigor teórico y de consecuencia práctica).


1-El capitalismo dependiente


Mientras el reformismo planteaba que Chile era un país atrasado, incluso con "resabios semifeudales", Enríquez incorporó a sus propias concepciones teóricas la conceptualización marxista de la dependencia, entendida ésta como la situación propia de países formalmente independientes pero que ocupan un lugar subordinado en la reproducción del capital a escala mundial, necesario para contrarrestar la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.
Para ello, los países dependientes son especializados en la producción de mercancías que requieren comparativamente (con respecto al nivel dado de desarrollo de las fuerzas productivas) una menor composición orgánica del capital (bienes agropecuarios y mineros en primer término, pero también manufacturas menos intensivas en el uso de capital constante), transfiriendo, por la vía del intercambio desigual, la plusvalía así producida hacia los países centrales.


De este modo, nuestros países no sufren, como pretenden la burguesía y el reformismo, del atraso o de una situación precapitalista sino precisamente de los efectos de un desarrollo capitalista que acumula en los países dependientes la miseria como condición de la acumulación de riqueza en los países centrales. Uno de los teóricos de la dependencia, André Gunder Frank, al hablar del "desarrollo del subdesarrollo" resumió con precisión y buen sentido publicitario esta situación. Consideradas las clases dominantes desde este punto de vista, resalta la unidad de intereses entre la dominación local y el imperialismo y la inexistencia de contradicciones sustantivas que pudieran dar pie a algún tipo de revolución nacional antimonopólica o antiimperialista.


No hay, en este punto de vista, algo así como formaciones nacionales con resabios feudales o revoluciones burguesas antifeudales y antioligárquicas por hacerse. A mediados de los años sesenta ya todos los países del autodenominado "mundo libre", y todas sus regiones incluso las más alejadas, habían sido incorporados al sistema capitalista mundial y formaban parte de la cadena de reproducción del capital. Las luchas nacionales y populares en el seno de las naciones independientes, aunque de gran importancia en la expansión de las libertades democráticas, no tenían ya posibilidad de convertirse en vehículos de una transformación revolucionaria de la sociedad, de enfrentar la miseria, el hambre, la desnutrición infantil, la carencia de viviendas y hospitales, los déficits educacionales, la superexplotación del trabajo.


Por otro lado, la función de la economía dependiente se logra en tanto somete a sus trabajadores a la superexplotación; esto es a la extracción de una mayor masa de plusvalía absoluta gracias a una mayor magnitud extensiva e intensiva de la jornada con respecto a las posibilidades que ofrece el desarrollo de las fuerzas productivas a escala mundial. La superexplotación del trabajo implica miseria para las masas obreras, proletarización de las denominadas capas medias y constitución de diversos sectores semi y sub proletarios (los pobres del campo y la ciudad), es decir la conformación de una inmensa mayoría de la sociedad que produce plusvalía y cuyos intereses de clase son, por tanto, similares a los del proletariado. Esta consideración va a ser vital cuando Enríquez y el MIR se planteen el problema de la reforma agraria.




A mediados de los sesenta, al analizar la reforma agraria de la Democracia Cristiana Enríquez planteaba, en polémica con la posición reformista, que lo que correspondía no era considerar la reforma agraria como una reforma meramente burguesa y limitarse a apoyar el combate contra los terratenientes sino que había que considerar las posibilidades de movilización de masas y de socialización de la tierra que abrían las luchas campesinas, es decir, que había que levantar la consigna de una revolución agraria. Cuando a fines de los setenta, incorporadas ya las nuevas conceptualizaciones de la teoría marxista de la dependencia, irrumpa con fuerzas el MIR en el movimiento campesino, su participación allí estará orientada por esta concepción de los pobres del campo (los semi proletarios y los subproletarios) como producto específico de la acumulación capitalista y, por ende, por la posibilidad de una reforma agraria orientada hacia la socialización de las relaciones de producción en el agro. No hay, pues, otro camino para salir del atraso que terminar con el capitalismo. Esa conclusión de la teoría de la dependencia calza a la perfección con la formación marxista previa de Enríquez, especialmente con la consideración, trostkista, del desarrollo capitalista como un desarrollo desigual y combinado.


2.- La revolución proletaria


Si los países latinoamericanos no sufren por el atraso sino por el desarrollo capitalista, la postulación reformista de una revolución democrática y popular en alianza con sectores burgueses debe ser, entonces, desechada y denunciada. Ya en la concepción original de Marx, formulada en momentos en que la burguesía tenía aún un papel revolucionario, la participación del proletariado en la revolución democrático burguesa tenía como único sentido el hacer esa revolución permanente, esto es producir una radicalización constante del proceso revolucionario. Luego de las experiencias revolucionarias de mediados del siglo XIX la burguesía, en todo el mundo, comprendió que el aliado popular le representaba un peligro mayor que la vieja oligarquía y privilegió las transformaciones políticas en alianza con las fuerzas del antiguo régimen.


Lenin y los bolcheviques partieron postulando una versión modernizada de la vieja concepción de la participación del proletariado en la revolución democrático burguesa, que consistía fundamentalmente en sostener que la revolución democrático burguesa rusa sería llevada adelante por un gobierno de obreros y campesinos (la dictadura democrático revolucionaria del proletariado y los campesinos). Sin embargo, la experiencia de 1917 les mostró dos hechos fundamentales. Primero, que la revolución democrático burguesa estaba terminada con el solo hecho del paso del poder de una clase a otra y que por tanto el proletariado no podía participar en el gobierno revolucionario burgués sino luchar por alcanzar el poder para los obreros y los campesinos. Segundo, que las tareas de democratización propias de la democracia burguesa sólo se podían realizar efectivamente una vez establecido el poder proletario. Estos descubrimientos políticos son más ricos que la fórmula trotskista de la revolución permanente, pero en tanto fueron ocultados por el estalinismo, lo que sobrevivió como herramienta teórica para los revolucionarios fue esencialmente la abstracción de Trostky.





El estalinismo, y sus representantes locales, en la búsqueda desesperada de alianzas para hacer posible el socialismo en un solo país, levantaron la tesis de la revolución por etapas. Planteaban que en nuestros países, en tanto países atrasados y semicoloniales, lo que estaba a la orden del día era una revolución democrática, nacional, popular; una revolución que tenía como características el ser antiimperialista, antioligárquica, antimonopólica, antifeudal. En tanto esta revolución democrática no se enfrentaría a los intereses de las burguesías locales (intereses que según el estalinismo eran contradictorios con los intereses del imperialismo y las oligarquías nativas), sería posible llevarla a cabo a través de una amplia alianza que incorporara a la burguesía nacional, a las capas medias intelectuales y funcionarias, a la pequeña burguesía propietaria, a la clase obrera y al campesinado. Los Frentes Populares (como en Francia, España y Chile) fueron el prototipo y paradigma de esta alianza de clases. En esta concepción etapista, las transformaciones económicas y sociales de la revolución democrática crearían las condiciones para en un futuro, de ubicación indefinida, fuera posible transitar hacia el poder del proletariado. Aquí la variedad de reformismo que es hegemónico en el movimiento comunista internacional a partir de la muerte de Stalin agrega de su propia cosecha la posibilidad, luego elevada al estatus de condición sine qua non, del tránsito pacífico, sin quiebres institucionales, al establecimiento del poder proletario o segunda etapa de la revolución.


La forma programática que esto asume es la de manejar dos programas separados, el programa máximo, el que se muestra en los días de fiesta, y el programa mínimo o programa de reivindicaciones inmediatas que es aquel por el que efectivamente se lucha. En Chile la discusión con las concepciones estalinistas se planteó con fuerza desde los años 50, principalmente como enfrentamiento entre las concepciones del PC, su línea de Liberación Nacional, y las del PS, su concepción de Frente de Trabajadores. Aunque en esencia correctas, las posiciones del PS fueron rápidamente mediatizadas a comienzos de los 60 y este partido se terminó de allí en adelante subordinando a las concepciones del PC.


Esta subordinación del PS a la política del PC, especialmente en vísperas de la elección presidencial de 1964, determinó fuertes discusiones internas en la Juventud Socialista; allí se hicieron presente Enríquez y otros jóvenes que luego fueron expulsados del PS o se marginaron del mismo por propia iniciativa. Cuando se forma el MIR en 1965, la concepción que se levanta, influida en lo esencial por los viejos cuadros obreros e intelectuales de formación trotskista, es la de una revolución permanente; entendida como la postulación de que la única solución posible para las tareas democráticas y de liberación nacional de nuestros países americanos es una revolución que liquide el aparato estatal y represivo burgués y lo reemplace por una democracia directa proletaria basada en las milicias armadas de obreros y campesinos y dirigida por los órganos de poder de obreros y campesinos.


La experiencia del MIR en el momento de agudización de la lucha de clases que se vivió con el gobierno de la Unidad Popular, hizo más rica y concreta esta concepción de la revolución chilena. La concepción programática de Enríquez y del MIR se enriqueció entre 1970 y 1973 en tres aspectos esenciales:


En primer lugar, el carácter radical y el contenido sorpresivamente "proletario" de las luchas reivindicativas de importantes sectores de capas medias y de los pobres del campo y la ciudad, muestra que ya no basta hablar de alianza obrero-campesina para caracterizar la fuerza motriz de la revolución chilena, sino que es necesario hablar de la alianza del proletariado (industrial, agrario, etc.) con los pobres del campo y la ciudad. Esta constatación empírica es la base de la aceptación de la teoría marxista de la dependencia, única herramienta teórica que permitía explicar lo que se constataba en la práctica.


En segundo término, la necesidad de una vinculación renovada de las luchas concretas con los objetivos programáticos. El MIR nace con un programa concebido como "programa de transición", es decir que plantea unificadamente y en un sistema coherente las reivindicaciones democráticas y socialistas. La concepción de "plataforma de lucha" que se implementa en los diversos frentes de masas a partir de 1972 constituye una forma de engarzar las reivindicaciones inmediatas –esas que surgen espontáneamente de las necesidades vividas de la gente- con las reivindicaciones y objetivos políticos más generales que no surgen espontáneamente y que sólo se convierten en objetivo para las masas como proposición del partido revolucionario. De esta forma, las luchas parciales, incluso por las más elementales reivindicaciones, son asumidas e integradas como parte del proceso global de lucha por el poder.


Finalmente, la experiencia de las luchas de clases, el carácter de clase de los sectores que integran la alianza revolucionaria y la relectura de los clásicos del marxismo, ponen de manifiesto que lo que define una revolución no es el contenido económico de sus tareas sino el carácter de clase del poder que las lleva a cabo. La denominación correcta, por tanto, es la de "revolución proletaria". Por ello Enríquez al hablar, a fines de 1973, del programa del MIR dice que es un programa de revolución proletaria que tiene tareas socialistas y democráticas, cuyo objetivo es la destrucción del estado burgués, del imperialismo y del conjunto de la gran burguesía nacional y que sólo puede ser realizado por la clase obrera aliada a las capas pobres de la ciudad y el campo y a las capas bajas de la pequeña burguesía.

3.- La estrategia revolucionaria


Para los revolucionarios de mediados del siglo XIX la forma correcta de luchar por el socialismo era participar en las luchas revolucionarias de la burguesía con el objetivo de hacer permanente el proceso revolucionario. Esa participación alcanzaba su punto más alto en las insurrecciones, principalmente urbanas, mediante las cuales se llevaba a cabo el derrocamiento del viejo poder. La insurrección, una mezcla heterogénea de diversos procedimientos de lucha (huelgas, manifestaciones, combates de calle, etc.) que incorpora a sectores con también diversos niveles de conciencia, organización y capacidad de lucha, en tanto punto más alto del ascenso de las luchas populares tenía efectos políticos disociadores sobre un ejército formado fundamentalmente por la conscripción obligatoria, esto es por obreros y campesinos que sólo transitoria y accidentalmente eran parte de la columna vertebral del estado. De esta manera, si bien era casi nula la capacidad de las fuerzas insurrectas para derrotar en combate abierto al ejército, su presencia paralizaba y dividía a éste, proporcionando una fuerza militar ya formada a la insurrección.


Una vez que las burguesías comenzaron a temer más a su aliado popular que a su enemigo aristocrático se cerró el ciclo de estas revoluciones burguesas por abajo. Este proceso, además, fue paralelo a las transformaciones de la fuerza militar del estado que aumentaron su capacidad para derrotar al pueblo en los combates de calle. El revisionismo de la Segunda Internacional, en lugar de extraer como consecuencia lógica la dificultad de impulsar procesos revolucionarios con aliados burgueses, concluyó, oportunistamente, que la nueva situación ponía a la lucha electoral como la herramienta fundamental de la lucha proletaria.


En las luchas teóricas del movimiento obrero de comienzos del siglo XX, aparecían, entonces, dos tácticas aparentemente antagónicas: la táctica electoral y la insurreccional. Sin embargo, las experiencias de Rusia y Alemania mostraban que aunque las elecciones no son sino un indicador del curso de la lucha de clases, era importante para el partido obrero la utilización de estos espacios de la lucha legal y parlamentaria. Se comenzó, entonces, a utilizar la expresión "estrategia" para referirse al conjunto de tácticas (legales e ilegales, parlamentarias y de masas, pacíficas e insurrecionales) que el proletariado debía utilizar en el camino hacia el poder.


La revolución rusa, primera revolución proletaria en la historia de la humanidad, fue posible precisamente gracias a una insurrección de masas dirigida por los bolcheviques, quienes habían sabido utilizar adecuadamente los espacios legales y parlamentarios. Tanto en febrero como en octubre de 1917, el factor decisivo del triunfo de la insurrección no fue la capacidad de combate abierto de los sectores populares sino el paso a su lado de partes sustantivas de la tropa y la suboficialidad. Ello ocurría en las postrimerías de una guerra mundial que en el plano de las operaciones militares se había caracterizado por el inmovilismo de la guerra de trincheras, inmovilismo que no tenía su origen en razones técnicas sino sobre todo en la desconfianza de los mandos hacia la conducta independiente de sus propias tropas. En el curso de esa guerra avanzó sobremanera la profesionalización de los ejércitos beligerantes. Después de terminada la guerra mundial la burguesía en todos los países capitalistas asume la tarea de la formación de ejércitos profesionales, con soldados dispuestos a ir a combatir a cualquier parte del mundo sin preguntar por qué.


Por lo mismo, aunque en la oleada de la revuelta popular europea que se produjo al término de la guerra hubo la posibilidad, que no plasmó, del establecimiento de otros gobiernos obreros, después del triunfo de la revolución rusa la insurrección no proporcionó nuevos triunfos para el proletariado. En los años 20, en Estonia, en Bulgaria, en Alemania, en Indonesia y en China (incluso en Brasil en los años 30, y hasta en Chile, con los hechos de Copiapó) los partidos comunistas impulsaron insurrecciones que terminaron en el fracaso. Si nos remitimos a los análisis de la época encontramos que las causas del fracaso se achacan a circunstancias técnicas, a correlación de fuerzas, a no haber elegido adecuadamente el momento; sin embargo, todos los relatos contienen el hecho esencial, no considerado como determinante, que no se logró fracturar al ejército.


A partir de los años treinta el estalinismo hará un nuevo giro en su política de alianzas, promoviendo la alianza con sectores burgueses presuntamente progresistas, los Frentes Populares. La táctica aquí vuelve a ser la denostada táctica de la socialdemocracia: la lucha electoral y parlamentaria. En Chile, el estalinismo participó en los gobiernos frentepopulistas durante alrededor de diez años, hasta que sus aliados radicales lo pusieron fuera de la ley. Aunque para el sentido común pudiera parecer que la participación de los partidos obreros –incluso reformistas- en gobiernos burgueses es una oportunidad para dar carácter progresista a esos gobiernos y ayudar a resolver los problemas inmediatos más urgentes de la clase obrera y el pueblo, lo que ocurre en esos casos es que el gobierno "progresista" expresa una alianza de clase que excluye a sectores importantes del pueblo y, por tanto, en lugar de unir a los trabajadores incrementa sus grados de división. Así ocurrió, por ejemplo, con los gobiernos del Frente Popular en Chile, cuando la alianza entre la burguesía industrial, las capas medias funcionarias y el proletariado de la minería y la industria excluyó al campesinado e impidió la sindicalización campesina.


Luego, en los años cincuenta, los partidos comunistas levantarán para América latina con exclusividad la táctica de la lucha electoral en la búsqueda de la alianza con sectores burgueses. De este modo, a la política de coexistencia pacífica entre bloques, propugnada en el plano internacional por la Unión Soviética, sumarán la vía pacífica al socialismo. Sin embargo, en otras latitudes, los movimientos de liberación nacional y las luchas revolucionarias habían logrado nuevos éxitos en la medida que habían desarrollado unos procesos de lucha en los que desde un comienzo (muchas veces presionados por la represión) habían combinado los procedimientos clásicos de la lucha de masas con las acciones armadas. Así en China, luego de las derrotas en las insurrecciones de Cantón y Shangai, el partido comunista debió replegar sus fuerzas y desarrollar una guerra prolongada en cuyo curso se fue formando una capacidad militar del pueblo de tal magnitud que fue decisiva para enfrentar la invasión japonesa y luego asumir el poder. Algo similar ocurre en Vietnam donde en los cincuenta es derrotado el colonialismo por una fuerza social cuya capacidad militar se había forjado en décadas de lucha.


En estos casos, como en los procesos de descolonización del Africa que se viven durante las dos décadas siguientes al término de la segunda guerra mundial, el triunfo de las revoluciones (de liberación o socialistas) no es el producto de un quiebre del ejército adversario y del fortalecimiento repentino de la capacidad de decisión militar de las fuerzas populares, sino que es el fruto de un largo proceso de construcción de la capacidad militar y la fuerza armada propia del pueblo. Como en estos casos se enfrenta una fuerza débil, pero que espera fortalecerse en el futuro, con un enemigo poderoso, el enfrentamiento asume durante la mayor parte de su desarrollo el carácter de una defensiva estratégica y, por ende, la forma fundamental (no exclusiva) de lucha armada es en un comienzo la de la guerra de guerrillas. En ese proceso, en la medida que se van liberando zonas sociales y geográficas en las que el enemigo no es capaz de penetrar, se conforma, como parte del surgimiento de un nuevo poder, una fuerza armada con crecientes características de ejército regular.





En la generalidad de los casos, el momento decisivo de la lucha por el poder se resuelve con un levantamiento generalizado del pueblo, pero ahora la insurrección se apoya no en una fracción desgajada del ejército burgués sino en sus propias fuerzas armadas revolucionarias. Esta forma de enfrentar el problema del poder tuvo en América latina un gran auge después del triunfo de la revolución cubana, aunque no es ese triunfo lo único que influye. En las discusiones y conceptualizaciones de los revolucionarios chilenos de los sesenta hay tres fenómenos que tienen una gran influencia: la revolución cubana como ejemplo de que era posible en nuestro continente llevar adelante una revolución proletaria, la revolución argelina como ejemplo de una lucha de liberación victoriosa contra un enemigo infinitamente más poderoso, la disputa chino-soviética que ponía de relieve el ejemplo de lucha de la revolución china como un proceso más complejo en el que aparecía más nítida la construcción de la fuerza militar de la revolución proletaria.



Es cierto que parte de la nueva izquierda revolucionaria chilena y latinoamericana no vio de todo esto mucho más que una caricatura guerrillerista y foquista de la revolución cubana. Los escritos de Regis Debray (impulsados por la debilidad teórica de los revolucionarios cubanos ya en franco proceso de derrota a manos del reformismo) ayudaron poderosamente a incentivar esta concepción foquista que, en lugar de discutir los objetivos programáticos y las concepciones políticas de la izquierda tradicional, consideraba suficiente impulsar un foco guerrillero, creyendo que en la medida que la guerrilla se consolidara, el reformismo se iba a transustanciar en un apoyo para la lucha revolucionaria. Así, en Perú, en Bolivia y en otros países del continente se formaron pequeñas organizaciones que emprendieron rápidamente la senda del monte si darse el trabajo previo de desarrollarse en el seno de las masas. En Chile, la discusión de Enríquez con las tentaciones foquistas fue constante. Incluso dentro del propio MIR no faltaban quienes consideraban que el defecto fundamental de la izquierda tradicional era tan sólo la falta de decisión en asumir la lucha armada y que, por tanto, subvaloraban las diferencias programáticas y estratégicas. Más de un grupo se fue del MIR en los sesenta porque consideraba que Enríquez y la dirección postergaban innecesariamente el inicio de la lucha armada.


En otros países, sin embargo, surgieron organizaciones que, ya sea como producto de una reflexión previa, ya sea gracias a una notable capacidad de asimilar las experiencias de los primeros golpes represivos, intentaron establecer formas de lucha armada en el seno de la propia lucha de masas, asumiendo principalmente, por tanto, el carácter de acciones urbanas o semiurbanas El conocimiento histórico y la experiencia contemporánea nutrió la concepción estratégica de Enríquez de manera tal que en 1965 presenta al Congreso Constituyente del MIR algo que era una absoluta novedad para un congreso de una organización política: una tesis político militar que explicitaba las concepciones estratégicas de la nueva organización y que se denominaba "La conquista del poder por la vía insurreccional". En síntesis, luego de discutir la tesis reformista de que Chile era un país tan excepcional en América latina que aquí, a diferencia del resto del continente, no se podía hacer lucha armada, Enríquez planteaba la necesidad de la violencia para la conquista del poder por el proletariado y mostraba los dos modelos históricos de esa lucha armada: el modelo insurreccional y el de la guerra prolongada. Sobre la base de ese análisis Enríquez caracterizaba la lucha revolucionaria en Chile como una guerra revolucionaria de carácter prolongado, que se desarrollaría como parte del proceso de construcción de una capacidad de lucha del proletariado y el pueblo en los diversos ámbitos de la lucha de clases, y que culminaría con una insurrección de todo el pueblo en la cual el ejército revolucionario tendría un papel central.


Esta concepción básica se sostiene y desarrolla durante los siguientes nueve años de acción política de Enríquez. En ese desarrollo fueron surgiendo conceptos más precisos, como el de fuerza social revolucionaria, para caracterizar el agente y producto de la lucha revolucionaria; se fueron precisando las características concretas de diversas formas de acción armada de masas; se fue valorando de manera más precisa la utilización revolucionaria de los momentos de expansión de las libertades democráticas para avanzar a pasos agigantados en la construcción de la fuerza social revolucionaria; se precisó, y desarrolló, el rol del trabajo político revolucionario en el seno de las fuerzas armadas burguesas; etc. Más allá de estos desarrollos, cuya explicación requeriría introducirse en una discusión detallada, es importante precisar que la experiencia de la agudización de la lucha de clases durante el gobierno de Allende, permitió a Enríquez y la dirección del MIR recuperar y aplicar herramientas de análisis político vitales para una correcta apreciación del momento estratégico y de las tareas de la táctica. En los análisis e informes que Enríquez y la dirección del MIR hacen en 1971 y 1972, en lugar de recurrir a las etiquetas y a las identificaciones políticas obvias de los protagonistas principales, se cobra conciencia de que esos protagonistas expresan fuerzas sociales cuya caracterización se va logrando en forma paulatina en la medida que se expresan en el terreno de la lucha de clases. Por ello se construye una metodología de análisis de esas expresiones de la lucha de clases que permita reconstruir sin distorsiones el proceso efectivo de las luchas sociales.


Dicho en términos sencillos. Una visión marxista simplista partiría por reconocer la existencia de diversas clases sociales y, sobre esa "base", de fuerzas políticas que representan a esas clases. A lo más se podría considerar que algunas de esas fuerzas políticas expresan un cierto abanico policlasista, pero siempre representan fundamentalmente una de esas clases o sectores de clase mientras que los otros sectores representados son aliados, generalmente en posición subordinada. La oleada estructuralista –esencialmente reaccionaria y antidialéctica- del marxismo europeo de los sesenta fortaleció esos análisis dándoles una apariencia cientificista. Pero cuando Enríquez y la dirección del MIR tratan de entender lo que está ocurriendo entre 1970 y 1973, advierten que en la lucha de clases real los enfrentamientos sociales y políticos tienen una complejidad que escapa a los estrechos límites de los análisis estructuralistas. Lo que hay en presencia son fuerzas sociales vivas que se expresan en los diversos campos de la lucha de clases (económico, político, ideológico) y que recubren, todas, a una diversidad de sectores de clase.


Dicho de otro modo, la sociedad no está de buenas a primeras fragmentada entre los de arriba y los de abajo. Por ejemplo, la candidatura de Alessandri en 1970 expresaba a algunos sectores populares del mismo modo que la candidatura de Allende expresaba a algunos sectores burgueses. Es tarea precisamente de los revolucionarios el conducir la lucha de clases del proletariado y el pueblo de modo que la polarización social adquiera el carácter de una polarización clasista, que las luchas sociales y políticas aparezcan como una lucha de clases plenamente desarrollada. En los periodos de desarrollo lento de la historia, en que las fuerzas sociales evolucionan pausadamente, es posible caracterizarlas a partir de sus expresiones políticas. Por ejemplo, todavía a fines de los sesenta era posible entender las luchas políticas a partir de los enfrentamientos entre tres bandos: la derecha, la democracia cristiana y la unidad popular. Pero cuando la lucha de clases se agudiza, clases y representaciones son atravesadas por transformaciones tales que las etiquetas establecidas ya dicen poco y surgen procesos sociales que parecen carecer de explicación.


Por ejemplo, si se supone que los enfrentamientos políticos entre la UP y sus adversarios expresan los enfrentamientos entre el pueblo y las clases dominantes, entonces hay poco espacio para comprender los enfrentamientos entre la UP y el movimiento campesino (reprimido ya desde febrero de 1971), o la conducta reaccionaria y pro golpista de los obreros del cobre (teóricamente favorecidos con la única medida transformadora de la UP que ha sobrevivido por más de 30 años: la nacionalización del cobre), u otros fenómenos del mismo tipo. De allí que los análisis políticos realizados por Enríquez y la dirección del MIR sean enormemente cuidadosos en la caracterización de las fuerzas sociales que se enfrentan, y que incluso busquen muy conscientemente denominarlas de la manera más ateórica posible (el jarpismo, el freísmo, el allendismo) de manera de no inducir con la designación a errores respecto a su real carácter. Ese mismo análisis, al caracterizar acertadamente las posiciones de las fuerzas sociales en presencia y al detectar el surgimiento del núcleo de una fuerza social revolucionaria, recupera la conceptualización leninista de la periodización histórica (los periodos de desarrollo rápido y los periodos de desarrollo lento de la lucha de clases) y al aplicarla a la evolución de la situación nacional la caracteriza como una situación prerrevolucionaria, deduciendo de ello las tareas tácticas apropiadas.


El hilo conductor de estas tareas en la situación prerrevolucionaria es, naturalmente, la estrategia. Se concibe el desenlace de la situación prerrevolucionaria como un enfrentamiento, promovido por la reacción, en el cual es prácticamente imposible que el pueblo pueda salir victorioso; por lo mismo el enfrentamiento debe ser conducido de manera tal de asegurar que pese a la derrota se puede continuar la lucha bajo la forma de una guerra revolucionaria prolongada. Se tenía esperanzas que los altos grados de conciencia y organización logrados por el pueblo chileno durante el gobierno de Allende iban a permitir una resistencia masiva al golpe de estado, con formas semiinsurrecionales de lucha (desde 1971 se desarrolla, por ejemplo, el concepto de "masa armada") y que ello podría hacer posible la subsistencia de áreas o localidades como zonas liberadas bajo el poder popular. Si el nivel alcanzado de desarrollo de la fuerza social revolucionaria hacía posible este desenlace, el enfrentamiento al golpe se continuaría de inmediato como guerra revolucionaria.


Sabemos que ello no fue así, que el golpe de Estado se produjo cuando ya se había iniciado el reflujo y la resistencia al mismo no tuvo el carácter previsto. Aunque esto ponía las cosas en plazos más largos Enríquez no cae en la tentación foquista o militarista, sino que sigue considerando que el inicio de la guerra revolucionaria sólo es posible cuando las luchas sociales han generado la emergencia de una, aunque sea incipiente, fuerza social revolucionaria que se expresa en los diversos terrenos de la lucha de clases y, como consecuencia de esa expresión, no como consecuencia de un mero ejercicio de la voluntad de los revolucionarios, también en el plano de la lucha militar.

Ello no excluye que la preservación de las condiciones de construcción de la fuerza social social revolucionaria (sea en condiciones de democracia o de dictadura) implique tanto la defensa armada de los cuadros revolucionarios cuanto la defensa armada de las acciones de propaganda y agitación, pero se trata en ello de acciones armadas que no tienen objetivos militares. Por eso, Enríquez sigue después del golpe sosteniendo que la estrategia del MIR está dirigida a construir una fuerza social revolucionaria capaz de iniciar una guerra revolucionaria y, a partir de esta guerra, construir el ejército revolucionario del pueblo capaz de derrocar a la dictadura militar, conquistar el poder para los trabajadores e instaurar un gobierno revolucionario de obreros y campesinos que complete las tareas de la revolución proletaria. Para el logro de ese objetivo la mantención y preservación en Chile de los cuadros revolucionarios era una herramienta esencial.
En el curso del año 1974, en la medida que el cerco dictatorial hacía más difícil la relación del MIR con las masas, Enríquez considera necesario preparar las condiciones para el desarrollo de la propaganda armada, pero poniendo énfasis en que ello ni implicaba el inicio de la guerra revolucionaria. De esta manera, incluso en los momentos de derrota, sigue sosteniendo la conceptualización estratégica de una guerra revolucionaria que no es el fruto de la acción de un partido sino una forma más de expresión de una fuerza social revolucionaria.

Los materiales con que fue hecho este homenaje al Cro. Miguel Enríquez, fue tomado del Centro de Estudios Miguel Enríquez, Revista Punto Final, Revista Chile Vive.