Saturday, June 30, 2007

ANIVERSARIO Y BALANCE


Escrito: Por José Carlos Mariátegui con motivo del 3er aniversario de la revista Amauta que él dirigía.

Primera edición: Amauta Año III, No 17. Lima, setiembre de 1928.

Preparado para el Internet: Por Jaime F. Quino G., julio de 2003.



Amauta llega con este número a su segundo cumpleaños. Estuvo a punto de naufragar al noveno número, antes del primer aniversario. La admonición de Unamuno -"revista que envejece, degenera"- habría sido el epitafio de una obra resonante pero efímera. Pero Amauta no había nacido para quedarse en episodio, sino para ser historia y para hacerla. Encarar con esperanza el porvenir. De hombres y de ideas, es nuestra fuerza.


La primera obligación de toda obra, del género de la que Amauta se ha impuesto, es esta: durar. La historia es duración. No vale el grito aislado, por muy largo que sea su eco; vale la prédica constante, continua, persistente. No vale la idea perfecta, absoluta, abstracta, indiferente a los hechos, a la realidad cambiante y móvil; vale la idea germinal, concreta, dialéctica, operante, rica en potencia y capaz de movimiento. Amauta no es una diversión ni un juego de intelectuales puros: profesa una idea histórica, confiesa una fe activa y multitudinaria, obedece a un movimiento social contemporáneo. En la lucha entre dos sistemas, entre dos ideas, no se nos ocurre sentirnos espectadores ni inventar un tercer término. La originalidad a ultranza, es una preocupación literaria y anárquica. En nuestra bandera inscribimos esta sola, sencilla y grande palabra: Socialismo. (Con este lema afirmamos nuestra absoluta independencia frente a la idea de un Partido nacionalista, pequeño burgués y demagógico.)


Hemos querido que Amauta tuviese un desarrollo orgánico, autónomo, individual nacional. Por esto, empezamos por buscar su título en la tradición peruana. Amauta no debía ser un plagio, ni una traducción. Tomábamos una palabra incaica, para crearla de nuevo. Para que el Perú indio, la América indígena, sintieran que esta revista era suya. Ypresentamos a Amauta como la voz de un movimiento y de una generación. Amauta ha sido, en estos dos años, una revista de definición ideológica, que ha recogido en sus páginas las proposiciones de cuantos con títulos de sinceridad y competencia, han querido hablar a nombre de esta generación y de este movimiento.


El trabajo de definición ideológica nos parece cumplido. En todo caso, hemos oído ya las opiniones categóricas y solícitas en expresarse. Todo debate se abre para los que opinan, no para los que callan. La primera jornada de Amauta ha concluido. En la segunda jornada, no necesita ya llamarse revista de la "nueva generación", de la "vanguardia", de las "izquierdas". Para ser fiel a la revolución, le basta ser una revista socialista.


"Nuestra generación", "nuestro espíritu", "nuestra sensibilidad", todos estos términos han envejecido. Lo mismo hay que decir de estos otros rótulos: "vanguardia", "izquierda", "renovación", Fueron nuevos y buenos en su hora. Nos hemos servido de ellos para establecer demarcaciones provisionales, por razones contingentes de topografía y orientación. Hoy resultan ya demasiado genéricos y anfibológicos. Bajo estos rótulos, empiezan a pasar gruesos contrabandos. La nueva generación no será efectivamente nueva sino en la medida en que sepa ser, en fin, adulta, creadora.


La misma palabra revolución, en esta América de las pequeñas revoluciones, se presta bastante al equívoco. Tenemos que reivindicarla rigurosa e intransigentemente. Tenemos que restituirle su sentido estricto y cabal. La revolución latinoamericana será nada más y nada menos que una etapa, una fase de la revolución mundial. Será simple y puramente la revolución socialista. A esta palabra agregad, según los casos, todos los adjetivos que queráis: "antiimperialista", "agrarista", "nacionalista-revolucionaria". El socialismo los supone, los antecede, los abarca a todos.


A Norteamérica capitalista, plutocrática, imperialista, sólo es posible oponer eficazmente una América latina o íbera, socialista. La época de la libre concurrencia en la economía capitalista ha terminado en todos los campos y todos los aspectos. Estamos en la época de los monopolios, vale decir de los imperios. Los países latinoamericanos llegan con retardo a la competencia capitalista. Los primeros puestos están ya definitivamente asignados. El destino de estos países, dentro del orden capitalista, es de simples colonias. La oposición de idiomas, de razas, de espíritus no tiene ningún sentido decisivo. Es ridículo hablar todavía del contraste entre una América sajona materialista y una América latina idealista, entre una Roma Rubia y una Grecia pálida. Todos estos son tópicos irremisiblemente desacreditados. El mito de Rodó no obra ya -no ha obrado nunca- útil y fecundamente sobre las almas. Descartemos, inexorablemente, todas estas caricaturas y simulacros de ideologías y hagamos las cuentas, seria y francamente, con la realidad.


El socialismo no es, ciertamente, una doctrina indoamericana. Pero ninguna doctrina, ningún sistema contemporáneo lo es ni puede serlo. Y el socialismo, aunque haya nacido en Europa, como el capitalismo, no es tampoco específico ni particularmente europeo. Es un movimiento mundial, al cual no sustrae ninguno de los países que se mueven dentro de la órbita de la civilización occidental. Esta civilización conduce, con una fuerza y unos medios de que ninguna civilización dispuso, a la universalidad. Indoamérica en este orden mundial, puede y debe tener individualidad y estilo; pero no una cultura ni un sino particulares. Hace cien, años debimos nuestra independencia como naciones al ritmo de la historia de Occidente, que desde la colonización nos impuso ineluctablemente su compás. Libertad, Democracia, Parlamento, Soberanía del Pueblo, todas las grandes palabras que pronunciaron nuestros hombres de entonces procedían del repertorio europeo. La historia, sin embargo, no mide la grandeza de esos hombres por la originalidad de estas ideas, sino por la eficacia y genio con que las sirvieron. Y los pueblos que más adelante marxhan en el continente son aquellos donde arraigaron mejor y más pronto. La interdependencia, la solidaridad de los pueblos y de los continentes, eran sin embargo, en aquel tiempo, mucho menores que en éste. El socialismo, en fin, está en la tradición americana. La más avanzada organización comunista, primitiva, que registra la historia, es la incaica.


No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heróica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva.
En Europa, la degeneración parlamentaria y reformista del socialismo ha impuesto, después de la guerra, designaciones específicas. En los pueblos donde ese fenómeno no se ha producido, porque el socialismo aparece recién en su proceso histórico, la vieja y grande palabra conserva intacta su grandeza. Lo guardará también en la historia, mañana, cuando las necesidades contingentes y convencionales de demarcación que hoy distinguen prácticas y métodos, hayan desaparecido.


Capitalismo o socialismo. Éste es el problema de nuestra época. No nos antisipamos a la síntesis, a las transacciones, que sólo pueden operarse en la historia. Pensamos y sentimos como Gobetti que la historia es un reformismo mas a condición de que los revolucionarios operen como tales. Marx, Sorel, Lenin, he ahí los hombres que hacen la historia.


Es posible que muchos artistas e intelectuales apunten que acatamos absolutamente la autoridad de maestros irremisiblemente comprendidos en el proceso por la trahison des clercs. Confesamos sin escrúpulo, que nos sentimos en los dominios de lo temporal, de lo histórico, y que no tenemos ninguna intención de abandonarlos. Dejemos con sus cuitas estériles y sus lacrimosas metafísicas a los espíritus incapaces de aceptar y comprender la época. El materialismo socialista encierra todas las posibilidades de ascención espiritual, ética y filosófica. Y nunca nos sentimos más rabiosa y eficaz y religiosamente idealistas que al asentar bien la idea y los pies en la materia.

Thursday, May 17, 2007

EL ODIO A MAYO DEL 68


Alain Krivine y Daniel Bensaid - Vientosur


"En estas elecciones, se trata de saber si la herencia de Mayo del 68 debe ser perpetuada o si debe ser liquidada de una vez por todas. Quiero pasar la página de mayo del 68".


Ha sido necesario esperar a la última semana de campaña para conocer, en boca de Sarkozy, el verdadero meollo de estas elecciones. Acabar con el espíritu y la herencia de Mayo del 68, ese pelagatos, ese sarnoso, de donde nos vienen todos los males, responsable de todas las decadencias francesas. Aquí está, por fin, la "ruptura", aunque menos tranquila de lo anunciado.


Si se trata de acabar con la esperanza de Mayo, hace mucho tiempo que, de conmemoraciones a oraciones fúnebres, de Mitterrand a Cohn-Bendit, otros se han ocupado ya de hacerlo. Con la ayuda del narcisismo generacional, las ceremonias del 20 aniversario, en 1988, fueron ya una especie de entierro espectacular que prefiguraba las festividades fúnebres del Bicentenario [de la revolución francesa de 1789. ndt]. Del 68, no quedaba ya más, en la memoria de algunos actores, que una gran movida estudiantil, un gigantesco libertinaje y una entrada tardía en la modernidad hedonista. Por más que todo esto se ha producido en nuestras sociedades de mercado occidentales, sin que hubiera necesidad para ello de la huelga general más masiva y más larga de la historia.


La herencia no es un bien que se posee y que se guarda. Si no algo que los herederos se disputan y lo que hacen de ella. Hay su Mayo y el nuestro. El de la leyenda dorada de los "felices, ricos y célebres" o "amor, gloria y belleza". Y el de las fábricas y de las facultades ocupadas, el de "si lo paramos todo", para que todo se haga posible.


Sin embargo, es este Mayo del 68 de la huelga general, del que el candidato Sarkozy promete pasar la página, comenzando por atacar al derecho de huelga, al código del trabajo, y a todas las conquistas arrancadas con un alto precio por las luchas pasadas. "Quiero ser el portavoz de todos los infelices golpeados por la vida, desgastados por la vida. Todos esos de abajo, todos esos seres anónimos, todas esas personas corrientes: por ellos quiero hablar", dice Sarkozy. Pero ellos no le piden tanto. Preferirían hablar por sí mismos, antes que entregar el monopolio de su palabra a la voz de sus amos, Bouygues, Lagardère, Dassault y demás compinches [cabezas de transnacionales francesas, que controlan los más importantes grupos de comunicación y apoyan a Sarkozy. ndt].


"Quiero volver a dar al trabajador el primer lugar en la sociedad", añade Sarkozy. Al trabajo no al trabajador, que se deberá ganar este primer puesto, trabajando más para ganar menos, y que recibirá a cambio no ya algo que se le debe, sino una generosa "recompensa" (¡sic!), consentida por un buen amo...


¿Culpable Mayo del 68? ¿Y porqué no también Rousseau y la Revolución francesa, que sembraron el desorden, destruyeron jerarquías, derrocaron autoridades? ¿Y culpable de qué?


¿De haber impuesto "el relativismo intelectual y moral" para el que todo vale y equivale? Como si no fuera el espíritu del capitalismo el que inculca que todo se compra y todo se vende. Como si fuera Mayo 68, y no la bulimia de la ganancia, el responsable del escándalo de la quiebra del Crédit Lyonnais, de las stock options, de las comisiones por la venta de las fragatas a Taiwan, de los festines en la alcaldía de París, de los delitos de cuello blanco, de los fraudes inmobiliarios y de los tráficos bursátiles.


¿Culpable de haber "liquidado la escuela de Jules Ferry [promotor a finales del siglo XIX del sistema escolar republicano francés.ndt]" y forjado "detestar la laicidad"?. ¡Como si la liquidación de la escuela para todos no fuera debida en primer lugar a discriminaciones sociales y segregaciones territoriales! ¡Como si la laicidad no estuviera más amenazada por la descentralización y la privatización rampante de la educación pública y la transferencia a la empresa, exigida por la patronal Medef, de la misión educativa que en otros tiempos correspondía al profesor!


¿Culpable de haber "introducido el cinismo en la sociedad y en la política" y favorecido "el culto al dinero rey, al proyecto a corto plazo, las derivas del capitalismo financiero"?. Como si el cinismo no existiera entre los patronos del CAC 40 [índice principal de la Bolsa francesa. ndt], que se embolsan subvenciones y reducciones de impuestos, y deslocalizan para ganar más, exigiendo recuperar el 15% de la inversión con un crecimiento del 2%. Y como si la obra maestra del cinismo no estuviera en ese discurso de Sarkozy en Bercy, que invoca a Juana de Arco y la miseria que había entonces en el reino de Francia, para llamar a un nuevo impulso moral, sin decir una palabra sobre las políticas que han producido esta miseria social y sobre el papel del propio orador. Cinismo es necesario, y a grandes dosis, para proclamarse "el candidato del pueblo y no de los medios, de los aparatos, de tal o cual interés particular", cuando se dispone del apoyo de todos los grandes medios privados, del mayor aparato político y de los principales intereses industriales y financieros.


En realidad, la eclosión de un individualismo sin individualidad, de un hedonismo sin placer, del curso egoísta de cada cual para sí, no son en absoluto el resultado del Mayo del 68, sino de su fracaso y de su reflujo. Mayo del 68 fue, por el contrario, un gran momento de solidaridad. Justamente para borrar su recuerdo, los ganadores de la bonoloto liberal no han querido retener de él más que las reformas de las costumbres, asfixiando su revuelta social. Cada párrafo del discurso de Bercy deja una profunda indignación. Es un discurso de revancha y de venganza. Un discurso versallés [los "versalleses" fueron los verdugos de la Comuna de París de 1871], que hace estremecerse de gusto al ramillete de ministros y ministrables, André Glücksmann como pope alucinado, la comisaria Julie Madrange, el evasor de impuestos de Optic 2000, Doc Gyneco y Arthur, Steevy y Enrico Macias, Thierry Roland y Philippe Bouvard, el siniestro Fillon et Alliot-Marie que cambia más de ideas que de camisa. Y todo ese pequeño mundo en unión rugiendo de placer a cada golpe lanzado contra el fantasma del 68.


¿Por qué tanto odio? Sin duda es proporcional a un gran miedo. Al gran miedo de ayer, el viejo miedo recocido de los poseedores, momias reunidas cogidas del brazo para expulsar sus pesadillas, un cierto 30 de abril ante el Arco del triunfo. Pues el partido del orden sigue siendo, de algún modo, el reverso y el forro de un partido del miedo. Miedo del mañana, también: ¿se trata verdaderamente, de pasar la página, o de conjurar el espectro de un nuevo mes de Mayo? ¡Que se callen los pobres! Hay que defender a"la familia, la sociedad, el estado, la nación, la república". Y al Trabajo. Contra la canalla, la morralla, la chusma: la cantinela no es nueva. La divisa del Estado francés todavía puede seguir sirviendo.


Hay algo de Thiers [jefe del gobierno francés, responsable de la masacre de la Comuna. ndt] en este hombre. Se anuncia un fin de régimen tumultuoso. Marx decía de Luis Bonaparte: "Vista la falta total de personalidades de envergadura, el partido del orden se cree naturalmente obligado a inventarse un individuo único, atribuyéndole la fuerza de la que carecía toda su clase, para elevarle así a la dimensión de un monstruo". Este monstruo miniatura dispone ya hoy de su sociedad del 10 de Diciembre [el partido de Luis Bonaparte. ndt], de su claque, de sus especuladores. Como sus precursores, se presenta "en defensa de la sociedad" y se digna como "charlatán arrogante" a "llevar el peso del mundo a sus espaldas". Su fuerza depende de la debilidad de sus oponentes, ocupados por disputarle el "orden justo" y la "restauración nacional" [lemas electorales de Ségolène Royal. ndt].


Hace justamente treinta años, en vísperas de las elecciones legislativas de 1977, Gilles Deleuze había leído bien en el juego de los, entonces, "nuevos filósofos". "Las condiciones particulares de las elecciones hacen hoy que suba el nivel de tontería". El nivel no se contenta con subir. Se está desbordando. "En ese marco, añadía Deleuze, los nuevos filósofos se han inscrito desde el principio. Poco importa que algunos de ellos hayan estado inmediatamente contra la Unión de la Izquierda, mientras que otros habrían deseado proporcionar un poco más de confianza a Mitterrand. Una homogeneización de las dos tendencias se ha producido, más bien contra la izquierda, pero sobre todo a partir de un tema que estaba presente ya en sus primeros libros: el odio al 68. El asunto estaba en quién escupiría mejor sobre Mayo del 68. Es en función de este odio que han construido su sujeto de enunciación: `Nosotros,que hicimos Mayo del 68, podemos deciros que fue una tontería y que no lo volveremos a hacer nunca más´. Rencor al 68, eso es lo único que tienen para vender". De este odio al 68, el candidato Sarkozy ha hecho, con la ayuda de Glücksmann y de Luc Ferry, su filosofía electoral.


Verdaderamente, sólo tienen eso que vender. Ya no hay izquierda ni derecha, ni burgueses ni proletarios: todos tras el salvador supremo, todos tras el ungido del Señor, en un confuso barullo de los valores y los sentimientos. ¿Acaso Sarkozy no se siente tocado por la gracia, transfigurado por su primer mitin de campaña, cuando reveló a sus fieles: "¡He cambiado!". ¿Acaso no deja de asombrarse por esta "comunión", esta "gravedad casi religiosa", esta "especie de rezo silencioso que cien mil personas le dirigieron" (el ¡14 de enero en la Puerta de Versalles! [acto de proclamación de Sarkozy como candidato presidencial de la derecha.ndt]). Él responde con la promesa de "entregarse por entero" incluso "arriesgándose a sufrir". A sufrir por nosotros, por vosotros, pobres pecadores. Es la pasión de San Nicolás [nombre de Sarkozy.ndt].

El domingo, iremos pues a votar tatareando una vieja canción roja: "Tout ça n'empêche pas, Nicolas, qu'la Commune n'est pas morte… Tout ça n'empêche pas, Nicolas…" (A pesar de todo, Nicolás, la Comuna no está muerta. A pesar de todo, Nicolas...).
1 de mayo de 2007


* Traducción: Alberto Nadal

Sunday, March 04, 2007

Memoria de la Guerra Civil española

Eric Hobsbawm
Sin Permiso



”La Guerra Civil española llegó a ser recordada y sigue siendo recordada por quienes fueron jóvenes en la época como la indeleble memoria robacorazones de un primer amor grande y perdido. No es éste el caso en España, en donde todos experimentaron el trágico, mortífero y complejo impacto de la Guerra Civil, obscurecido y asordinado por la mitología y la manipulación del régimen impuesto por los vencedores. Sin embargo, al crear la memoria mundial de la Guerra Civil española, la pluma, el pincel y la cámara empuñados en favor de los vencidos probaron ser más poderosos que la espada y el poder de los vencedores”



La Guerra Civil española unió a una generación de jóvenes escritores, poetas y artistas en el fervor político. Que venciera el lado equivocado, no quiere decir que el triunfo más perdurable no se lo llevaran la pluma, el pincel y la cámara que crearon la memoria mundial del conflicto. El pasado 17 de febrero se cumplieron 70 años del primer bombardeo de los rebeldes franquistas sobre la ciudad de Barcelona –el primero sobre una población civil en el mundo no colonial—. Es el día que eligió el historiador Eric Hobsbawm, testimonio de excepción de la Guerra Civil, para reflexionar sobre su significado en la historia política del siglo XX y su superlativo impacto en el mundo de las artes y las letras.



La película Casablanca (1942) se ha convertido en icono permanente de cierta cultura educada, al menos entre las generaciones viejas. El reparto todavía resultará familiar, espero: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Peter Lorre, Sydney Greenstreet, Marcel Dalio, Conrad Veidt, Claude Rains. Sus locuciones se han hecho parte de nuestro discurso, como las siempre mal citadas: “Tócala otra vez, Sam” o “Detenga a los sospechosos habituales”. Si dejamos de lado el asunto amoroso de base, se trata de una película sobre las relaciones entre la Guerra Civil española y la política general de ese extraño pero decisivo período en la historia del siglo XX, la era de Adolf Hitler. Rick, el héroe, había luchado con los republicanos en la Guerra Civil española. Sale de ella derrotado y cínico en su café marroquí, y la película termina con su regreso a la lucha en la II Guerra Mundial. En suma: Casablanca versa sobre la movilización del antifascismo en los años 30. Y quienes se movilizaron contra el fascismo antes que muchos otros, y de modo superlativamente apasionado, fueron intelectuales occidentales.



Hoy puede verse la Guerra Civil, la contribución de España a la historia trágica de ése, el más brutal de los siglos, en su contexto histórico. No fue, como pretendiera el neoliberal François Furet, una guerra entre la ultraderecha y el Komintern –un punto de vista compartido, desde un ángulo trotskista sectario, por la importante película Tierra y Libertad de Ken Loach (1995)—. La única elección era entre dos lados, y la opinión liberal-democrática eligió abrumadoramente el antifascismo. De ahí que, preguntados en 1939 de quién estaban a favor en una guerra entre Rusia y Alemania, el 83% de los norteamericanos manifestaran desear la victoria rusa. La de España fue una guerra contra Franco, es decir, contra las fuerzas del fascismo con las que Franco estaba alineado, y el 87% de los norteamericanos estaba a favor de la República. El caso es que, a diferencia de lo acontecido en la II Guerra Mundial, aquí ganó el lado equivocado. Pero si esta vez la historia no la escribieron los vencedores, ello se debe en gran medida a los intelectuales, los artistas y los escritores que se movilizaron masivamente a favor de la República.



La Guerra Civil española estuvo a la vez en el centro y en la periferia de la era del antifascismo. Fue central, porque enseguida se vio como una guerra europea entre el fascismo y el antifascismo, casi como la primera batalla de la guerra mundial venidera, anticipando algunos de los aspectos característicos de ésta, como las incursiones aéreas contra la población civil. Pero España no tomó parte en la II Guerra Mundial. La victoria de Franco no guardó relación con el colapso de Francia en 1940, y la experiencia de las fuerzas armadas republicanas no fue relevante en los posteriores movimientos de resistencia en tiempo de guerra, aun a pesar de que éstos se nutrieran en buena parte en Francia de republicanos españoles refugiados y de que antiguos brigadistas internacionales jugaran un papel decisivo en los movimientos de resistencia en otros países.



Para situar la Guerra Civil española en el contexto general de la era antifascista, hay que tener presente tanto el fracaso a la hora de resistir al fascismo, como el desapoderado éxito de la movilización antifascista entre los intelectuales europeos. Me refiero no sólo al éxito del expansionismo fascista y al fracaso de las fuerzas avaladoras de la paz en su intento de detener la venida aparentemente ineluctable de otra guerra mundial. Recuerdo también el fracaso de sus oponentes en punto a cambiar el estado de la opinión pública. Las únicas regiones que experimentaron un genuino giro político a la izquierda tras la Gran Depresión fueron Escandinavia y la América del Norte. El grueso de la Europa central y meridional estaba ya bajo gobiernos autoritarios o a punto de caer en sus manos, pero hasta donde podemos juzgar por datos electorales fragmentarios, la tendencia en Hungría y en Rusia, por no hablar de la diáspora alemana, era a la derecha. Por otro lado, la victoria del Frente Popular en Francia fue un desplazamiento dentro de la izquierda francesa, no un desplazamiento de la opinión pública hacia la izquierda. Las elecciones de 1936 dieron a la amalgama de radicales, socialistas y comunistas un escaso 1% más de votos que las de 1932.



Y sin embargo, si reconstruyo bien a partir de mi memoria personal las percepciones de esa generación, mi generación de la izquierda, fuéramos o no intelectuales, no nos veíamos a nosotros mismos como a una minoría en retroceso. No pensábamos que el fascismo continuaría ineluctablemente su avance. Estábamos seguros de estar a las puertas de un mundo nuevo. Dada la lógica de la unidad antifascista, sólo el fracaso de los gobiernos y de los partidos progresistas para unirse contra el fascismo contaba a la hora de explicar nuestro rimero de derrotas.
Eso ayuda a entender la desapodera deriva hacia el comunismo entre quienes se hallaban ya en la izquierda. Pero ayuda también a entender nuestra confianza como jóvenes intelectuales, pues ese grupo social se movilizó de modo superlativamente fácil, y aun desproporcionado, contra el fascismo. La razón es obvia. El fascismo –incluso el fascismo italiano— se oponía por principio a las causas que definían y movilizaban a los intelectuales como tales, es decir: a los valores de la Ilustración y a las Revoluciones Americana y Francesa. Salvo en Alemania, con sus robustas escuelas de teorías críticas contra el liberalismo, no había un cuerpo significativo de intelectuales laicos que no pertenecieran a esa tradición. La Iglesia Romana Católica contaba con muy pocos intelectuales eminentes conocidos y respetados fuera de sus propias filas. Yo no niego que en algunos campos, sobre todo en literatura, algunas de las figuras más distinguidas se hallaran claramente en la derecha –TS Eliot, Knut Hamsun, Ezra Pound, WB Yeats, Paul Claudel, Céline, Evelyn Waugh—, pero incluso en la legión literaria, la derecha políticamente consciente constituía un modesto regimiento en los años 30, excepto tal vez en Francia. Una vez más, eso se hizo patente en 1936. Los escritores norteamericanos, aceptaran o no la neutralidad de EEUU, se oponían en masa a Franco, y Hollywood más aún. De los escritores británicos encuestados, cinco (Waugh, Eleanor Smith y Edmund Blunden entre ellos) se declararon favorables a los nacionalistas, 16 eran neutrales (incluidos Eliot, Charles Morgan, Pound, Alec Waugh, Sean O'Faolain, HG Wells y Vita Sackville-West) y 106 estaban a favor de la República, muchos de ellos de manera apasionada. En lo que hace a España, no ofrece duda con quién estaban los poetas de lengua castellana –los que ahora se siguen recordando—: García Lorca, los hermanos Machado, Alberti, Miguel Hernández, Neruda, Vallejo, Guillén.



El sesgo operó ya contra el fascismo italiano, aun a pesar de que éste carecía de dos características que contribuían a la impopularidad entre los intelectuales: el racismo (hasta 1938) y el odio al modernismo en las artes. El fascismo italiano no perdió el apoyo de los intelectuales, salvo el de quienes estuvieran ya en posiciones de izquierda en 1922, hasta la Guerra Civil española. Parece que, con raras excepciones, los escritores italianos –en marcado contraste con lo que ocurrió en Alemania— no emigraron durante el fascismo. Pero 1936 es un punto de inflexión en la historia cultural y política italiana. Tal vez sea esa la razón de que la Guerra Civil española haya dejado pocas huellas en las bellas letras italianas, a no ser retrospectivamente. Quienes escribieron sobre ella fueron activistas emigrados: los Rossellis, Pacciardi, Nenni, Longo, Togliatti. En cambio, el antifascismo intelectual se activó contra Alemania desde el momento mismo en que Hitler tomó el poder, hizo autos de fe con los libros que figuraban en el índice de la ideología nazi y desencadenó una oleada de emigrantes ideológicos y raciales.



Las reacciones a la Guerra Civil española tanto de los intelectuales como de la izquierda movilizada fueron espontáneas y masivas. Aquí, al menos, el avance del fascismo era resistido con las armas. Decisivo, ciertamente, fue el llamamiento a la resistencia armada, el ser capaces de combatir, no meramente de debatir. WH Auden, solicitado que fue para ir a España por el valor propagandístico de su nombre, escribió a un amigo: “Seré con toda probabilidad un soldado condenadamente malo. ¿Pero cómo escribir para ellos sin serlo?”. Creo que se puede decir sin yerro que el grueso de los estudiantes británicos más conscientes políticamente de mi edad sentían que debían luchar en España y tenían mala consciencia si no lo hacían. La extraordinaria oleada de voluntarios que fueron a luchar por la República es, creo, única en el siglo XX. La cifra más fiable del volumen del cuerpo de voluntarios extranjeros que fueron a luchar por la República está en torno de los 35.000.



Formaban un haz variopinto por su procedencia social, cultural y personal. Y sin embargo, como dijera uno de ellos, el poeta inglés Laurie Lee: “Yo creo que compartíamos algo más, algo única y exclusivamente nuestro en aquel tiempo: la oportunidad, que nunca más volvería a presentarse, de hacer un gesto grande y expedito de sacrificio personal y de fe... pocos sabíamos que íbamos a una guerra de obsoletos fusiles y atascados cañones dirigida por amateurs tan valientes como aturdidos. Mas por el momento no había medias verdades ni vacilaciones; habíamos encontrado una nueva libertad, casi una nueva moralidad, y habíamos descubierto un nuevo satanofascismo.”



Yo no digo que las brigadas estuvieran compuestas de intelectuales, aun cuando alistarse voluntario para España, a diferencia de apuntarse a la Legión Extranjera francesa, entrañaba un grado de consciencia política y, desde luego, un conocimiento del mundo que el grueso de los trabajadores no politizados no poseía. Para la mayoría de ellos, salvo para los procedentes de la vecina Francia, España era terra incognita, a lo sumo un perfil en un atlas escolar. Sabemos que el cuerpo más grande de brigadistas internacionales, el francés (un poco menos de 9.000) procedía abrumadoramente de la clase obrera –92%— e incluía no más de un 1% de estudiantes y miembros de profesiones liberales, prácticamente todos comunistas. Dadas sus calificaciones técnicas, el grueso de ellos se empleó de hecho detrás de las líneas de frente. No obstante, dentro o fuera de las Brigadas, el compromiso, a veces el compromiso práctico, de los intelectuales está fuera de duda. Los escritores no sólo apoyaban a España con dinero, discursos y firmas, sino que escribieron sobre lo que allí ocurría, como Hemingway, Malraux, Bernanos y prácticamente toda la generación de jóvenes poetas británicos (Auden, Spender, Day Lewis, MacNeice). España fue la experiencia central de sus vidas entre 1936 y 1939, aun si después la perdieran de vista.



Tal fue manifiestamente el caso en mis días de estudiante en Cambridge entre 1936 y 1939. No es sólo que la Guerra de España convirtiera a jóvenes de ambos sexos en gentes de izquierda, sino que nos inspiraba el ejemplo de quienes fueron a España a combatir. Cualquiera que entrara en la habitación de estudiantes socialistas o comunistas en el Cambridge de aquellos días podía estar seguro de encontrarse allí con la fotografía de John Cornford, intelectual, poeta y dirigente de la organización estudiantil del Partido Comunista, que había caído en combate en España el día en que cumplía 21 años, en diciembre de 1936. Lo mismo que la familiar foto del Che Guevara, era una imagen potente, icónica: pero nos era más cercana, y, colgada de nuestras paredes, recordaba diariamente por qué estábamos luchando. El caso es que pocos estudiantes fueron a luchar a España luego de que el Partido Comunista de Gran Bretaña decidiera desaconsejar a los universitarios sin especial preparación militar el alistamiento voluntario. Muchos de los que combatieron se sumaron a las fuerzas republicanas antes de que el partido fijara esa política. Sin embargo, los brigadistas internacionales británicos incorporaron a un número significativos de intelectuales de talento, bastantes de los cuales cayeron en combate. Hasta donde soy consciente, ninguno de los supervivientes ha expresado jamás arrepentimiento por su decisión de ir a combatir.



Las polémicas entre los perdedores de la Guerra Civil, a veces malignas, no han cesado desde 1939. No fue así mientras la Guerra estuvo viva, a pesar de que incidentes como la prohibición del disidente POUM y el asesinato de su dirigente Andrés Nin provocaron protestas internacionales. Es obvio que un buen número de voluntarios extranjeros llegados a España, intelectuales o no, quedaron impresionados por lo que allí se veía, por el sufrimiento y la atrocidad, por el carácter implacable de la conducción de la guerra, por la brutalidad y la burocracia en el propio lado, o –en la medida en que se percataran de ello— por las intrigas y los enfeudamientos dentro de la República, por el comportamiento de los rusos y por tantas otras cosas. También aquí la polémica entre los comunistas y sus adversarios siguió ininterrumpida. Y sin embargo, durante la guerra, quienes dudaban permanecieron silenciosos luego de abandonar España. No querían prestar ayuda a los enemigos de la gran causa. Tras su regreso, Simone Weil, aun si manifiestamente decepcionada, no dijo palabra. Auden no escribió nada, aunque modificó su gran poema de 1937, “Spain”, en 1939, y rechazó su republicación en 1950. Confrontado con el terror estaliniano, Louis Fischer, un periodista estrechamente vinculado a Moscú, denunció sus lealtades pasadas, pero se cuidó muy mucho hacerlo mientras su gesto pudiera dañar a la República española. La excepción confirma la regla: el Homenaje a Cataluña de George Orwell. Se lo rechazó su editor habitual, Victor Gollancz, "en la creencia, compartida por tantas gentes de izquierda, de que todo debe sacrificarse en aras a preservar un frente común contra el ascenso del fascismo”. La misma razón le dio Kingsley Martin, editor del influyente semanario New Statesman & Nation, para rechazar una reseña crítica del libro. Representaban los puntos de vista abrumadoramente predominantes en la izquierda. Orwell mismo admitió tras su regreso de España que “mucha gente me ha dicho con distintos grados de franqueza que no se debe contar la verdad de lo que está sucediendo en España y del papel desempeñado allí por el Partido Comunista, porque hacerlo predispondría a la opinión pública contra el gobierno español, y así, ayudaría a Franco". En realidad, el mismo Orwell reconoció en carta a un reseñista amigo que “lo que dices respecto a no dejar que los fascistas dispongan de las disensiones entre nosotros es muy cierto”. Más aún: el público no mostró el menor interés en el libro. Se publicó en 1938, con una tirada de 1.500 ejemplares, y se vendió tan poco, que cuando, 13 años después, fue reeditado la primera edición aún no estaba agotada. Sólo en la era de la Guerra Fría dejó Orwell de ser una figura embarazosa y marginal.



Huelga decir que las polémicas póstumas sobre la Guerra Civil española son legítimas, y a decir verdad, esenciales. Pero sólo si logramos separar el debate sobre cuestiones reales del parti pris políticamente sectario, de la propaganda de la Guerra Fría y de la pura ignorancia de un pasado olvidado. La cuestión principal que planteó la Guerra Civil española fue, y sigue siendo, cómo se relacionaban la revolución social y la guerra en el lado republicano. La Guerra Civil española fue, o empezó siendo, ambas cosas. Nació de la resistencia de un gobierno legítimo, con ayuda de la movilización popular, contra un golpe militar parcialmente exitoso; y, en zonas importantes de España, de la transformación espontánea de la movilización en revolución social. Una guerra seria dirigida por un gobierno precisa de estructura, disciplina y un grado de centralización. Lo que caracteriza a las revoluciones sociales como la de 1936 es la iniciativa local, la espontaneidad y la independencia o aun la resistencia frente a la autoridad superior. Y eso fue especialmente así, dada la muy particular fortaleza del anarquismo en España.



En suma, lo que se planteó y sigue planteándose en esos debates es lo que dividía a Marx y a Bakunin. Las polémicas sobre el partido marxista disidente POUM son aquí irrelevantes, y dados su reducido tamaño y su papel marginal en la Guerra Civil, apenas significativas. Pertenecen a la historia de las disputas ideológicas dentro del movimiento comunista internacional o, si se prefiere, de la guerra implacable de Stalin contra el trotskysmo con el que sus agentes identificaban (erróneamente) al POUM. El conflicto entre el entusiasmo libertario y la organización disciplinada, entre la revolución social y el triunfo en la guerra, es un conflicto real en la Guerra Civil española, aun suponiendo que la URSS y el Partido Comunista desearan que la guerra terminara en revolución y que las partes de la economía socializadas por los anarquistas (es decir, puestas bajo control obrero local) funcionaran suficientemente bien. Las guerras, por flexibles que sean las cadenas de mando, no pueden ser libradas –ni las economías de guerra funcionar— de manera libertaria. La Guerra Civil española no habría podido echar a andar –por no hablar de ganarla— con prescripciones de tipo orwelliano.



Sin embargo, en un sentido más general, el conflicto entre revolución como aspiración a la libertad y el triunfo en la guerra no es puramente española. Apareció con todo su vigor tras la victoria de revoluciones en guerras de liberación: en Argelia, probablemente en Vietnam, ciertamente en Yugoslavia . Puesto que la izquierda perdió la Guerra Civil española, en este caso el debate es póstumo y cada vez más alejado de las realidades de la época, como ocurre con la película de Ken Loach, por otra parte tan inspirada y conmovedora. La repulsión moral provocada por el estalinismo y por la conducta de sus agentes en España está justificada. Es correcto criticar la convicción comunista de que la única revolución que contaba era la que otorgaba al partido un monopolio del poder. Con todo, esas consideraciones no son centrales para el problema de la Guerra Civil. Marx tendría que haberse confrontado con Bakunin aun cuando todos los que estaban del lado republicano hubieran sido ángeles. Pero hay que decir que, entre quienes se batieron como soldados por la República, la mayoría encontraba a Marx más relevante que a Bakunin, a despecho de que algunos supervivientes puedan recordar la espontánea pero insuficiente euforia de la fase anarquista de liberación con tanta ternura como exasperación.



Luego de su breve momento en el centro de la historia mundial, España regresó a su posición marginal. Fuera de España, la Guerra Civil pervivió, como sigue perviviendo entre un buen número de sus coetáneos no españoles, en rápida disminución. Llegó a ser recordada y sigue siendo recordada por quienes fueron jóvenes en la época como la indeleble memoria robacorazones de un primer amor grande y perdido. No es éste el caso en España, en donde todos experimentaron el trágico, mortífero y complejo impacto de la Guerra Civil, obscurecido y asordinado por la mitología y la manipulación del régimen impuesto por los vencedores. Sin embargo, al crear la memoria mundial de la Guerra Civil española, la pluma, el pincel y la cámara empuñados en favor de los vencidos probaron ser más poderosos que la espada y el poder de los vencedores.



Eric Hobsbawm es el decano de la historiografía marxista británica. Su último libro es un volumen de memorias autobiográficas: Años interesantes , Barcelona, Critica, 2003. Traducción para www.sinpermiso.info: Antoni Domènech

Monday, February 19, 2007

Razones del auge económico mundial

Theotonio dos Santos


El inicio de 2007 está lleno de manifestaciones de optimismo sobre el comportamiento de la economía mundial, a pesar de las varias alertas sobre los factores negativos que amenazan la continuidad del auge mantenido durante casi toda la década de90 del siglo pasado (particularmente desde 1994), con una corta interrupción entre 2000 y 2001.
El informe anual de la UNCTAD recientemente publicado, siempre de muy buena calidad, habla de una pequeña caída de la alta tasa de crecimiento alcanzada en 2006. Previsiones similares se esperan del Informe Anual del Presidente de Estados Unidos en febrero, preparado por el consejo económico del mismo.
EL FMI, el Banco Mundial y el excelente informe de Naciones Unidas deben confirmar las previsiones positivas respecto al crecimiento económico anunciadas en los estudios de coyuntura del pasado año.
Se trata de un consenso determinado por la fuerza de los números, pues los “cánones” de la teoría económica no saben muy bien explicar este comportamiento de la economía mundial. Para aquellos que trabajan con los ciclos largos de Kondratiev, este comportamiento de la economía mundial era plenamente previsible, como el lector podrá certificar si lee mis artículos y libros escritos desde la década de 70.
Según este universo teórico, desconocido para los economistas neoliberales y muchos heterodoxos, era previsible que las fuerzas que iniciaban una reestructuración de la economía mundial desde 1966 deberían preparar un nuevo auge económico que los ciclos largos de Kondratiev indicaban se iniciarían en 1994 aproximadamente.
No se trata de ninguna magia sino de una buena teoría economica apoyada en el estudio de la historia económica y no en el establecimiento de hipótesis llenas de ideología y empíricamente irresponsables, formalizaciones más estéticas que efectivas y deducciones puramente formales, todo eso al servicio del mantenimiento del orden económico vigente.
De hecho, la revolución científico-técnica entraba en una etapa nueva en 1966. La expansión de la economía mundial de la post II Guerra Mundial encontraba límites serios para la expansión del mercado mundial. La post guerra estuvo marcada por un movimiento mundial a favor de la reforma agraria (que se expande en China, tanto la continental como en Formosa, en Japón, en Corea, en Indochina, en India y en otros casos menos importantes) que integraron al mercado mundial millones de campesinos. De la misma forma, gobiernos progresistas (los llamados populismos!) habían aumentado la participación de los trabajadores en la vida económica de gran parte del llamado Tercer Mundo.
Esta extensión de los mercados del Tercer Mundo se sumaba a la expansión de los mercados en las economías centrales alcanzadas con la consolidación del Estado del Bienestar, la fijación del dólar como moneda mundial y la expansión de las inversiones americanas por todo el mundo. Esta expansión, realizada por empresas multinacionales y apoyadas en las políticas estatales desarrollistas, incorporaban las innovaciones revolucionarias en las fuerzas productivas acumuladas por la revolución científico-técnica que irrumpe en la década de 1940. Estas innovaciones se hacen posibles económicamente por la voluntad de los pueblos y gobiernos, expresada durante la guerra y en la post guerra, después de haber sido reprimidas por la larga crisis de la economía mundial entre las dos guerras mundiales.
El crecimiento de esas inversiones permitió crear una base industrial en las antiguas zonas agrarias del mundo. Pero estas industrias estaban orientadas hacia los mercados internos que se expandían con las reformas sociales ya citadas. Pero en 30 años de expansión fueron alcanzando áreas del mundo donde las reformas sociales ya no eran bienvenidas para el sistema mundial. Los cambios sociales ganaban dimensiones mucho más profundos que las aceptables por el sistema socioeconómico dominante –el capitalismo se sentía conminado por el contenido antiimperialista y socializante del movimiento reformista mundial. Con esto, la expansión de los mercados mundiales se hacía muy cara y peligrosa.
Era más seguro reestructurar el conjunto del sistema mundial en otra dirección. Se trataba de ofrecer el mercado de los países centrales a las industrias emergentes en las economías más dinámicas del Tercer Mundo (los llamados new industrial countries – los NICs) proveyendo una nueva división internacional del trabajo. Lo que no fue posible medir muy claramente fue el hecho de que la creación de núcleos industriales en esas regiones daría origen también a un nuevo poder de generación de tecnologías propias que permitiría a algunos de esos países iniciar una competencia seria con el centro del poder mundial.
Esto es lo que acontece durante los años recesivos de 1966 a 1994 (fase B de ciclos de Kondratiev) cuando Japón, sobre todo, y en parte los tigres asiáticos inauguran la nueva fase de las fuerzas productivas mundiales caracterizadas por la incorporación de los robots al sistema productivo. La recuperación de China e India las transforma en la actualidad en potencias industriales exportadoras. La expansión de los centros industriales y la nueva división internacional del trabajo que se va armando ya no puede detenerse.
Pocos pudieron apreciar el impacto antiinflacionario de esa mutación. Con la robotización y los nuevos materiales, los precios de los productos industriales bajan drásticamente, los gastos mayores están en las áreas de investigación y desarrollo, marketing, gestión. Esta situación abre camino a la copia de productos a precios ínfimos. Los monopolios se ven frente a frente con una rebaja drástica de las barreras de entrada. Las nuevas potencias empiezan a amenazar los monopolios centrales de la economía mundial y los excedentes financieros conseguidos con los superávits comerciales substituyen a los poderes económicos que se pensaban totalmente estables. Están aseguradas las condiciones para un boom económico de mediano plazo. Este es el periodo actual. Crecimiento económico con tendencias deflacionarias y caída de costes de inversión a nivel mundial. Desvalorizació n de la enorme masa de capital financiero acumulado en el periodo recesivo. Lucha creciente por el control de la economía mundial. Los que creen que un largo auge económico significa tranquilidad al contado están muy engañados. (Traducción ALAI)


Theotonio de los Santos, economista brasileño, es autor de la trilogía sobre la economía contemporánea: Teoría de la Dependencia: balance y perspectivas, Plaza y Janés, México, Sudamericana, Buenos Aires; Economía Mundial e Integración Latinoamericana, Plaza y Janés, México; Del Terror Esperanza: Auge y Declinación del Neoliberalismo, Monte Ávila, Caracas.

Friday, December 08, 2006

DECLARACION POLÍTICA DE LA APPO

Diciembre 8th, 2006

Escrito por Prensa en Noticias

QUE NADIE LO DUDE…¡LA APPO ESTA VIVA!ESTA LUCHA NO HA TERMINADO ¡EL PUEBLO UNIDO Y ORGANIZADO VENCERA!
(Declaración política acerca de la Jornada de Lucha por la Paz con Justicia y Dignidad sin URO)

La lucha del heroico pueblo oaxaqueño contra el tirano:
El 22 de Mayo de 2006 dio inicio la jornada unitaria de lucha del magisterio democrático de la Sección XXII SNTE-CNTE junto con la Promotora por la Unidad Nacional Contra el Neoliberalismo (PUNCN) y el Frente de Sindicatos y Organizaciones Democráticas de Oaxaca (FSODO) por una serie de demandas económicas y de carácter social que venían siendo relegadas al olvido por parte del gobierno del estado y su entonces titular, Ulises Ruiz Ortiz. No obstante esta lucha adquirió nuevas proporciones dando un viraje de 360º tras la represión y el fallido desalojo del plantón masivo estatal del 14 de Junio cuando, el gobierno del estado desata su ofensiva armada a cargo de las corporaciones policíacas estatales (UPOE, municipal, estatal, ministerial) con la intención evidente de acallar toda protesta popular a fin de garantizar la “paz y tranquilidad” a los grandes empresarios, terratenientes y explotadores que lo llevaron fraudulentamente al poder.
Esta situación devino en la mas amplia unidad y lucha del pueblo oaxaqueño que de manera contundente rechazo y condeno la actitud fascista y antipopular de URO y su camarilla en el poder; materializando el esfuerzo de cientos de organizaciones y luchadores sociales que durante varios años buscábamos un lenguaje común que nos permitiera encontrarnos en la lucha por la conquista de mejores condiciones de vida, de trabajo y en general, que nos permitiera dotarnos de un instrumento político-organizativo propio, surgido desde abajo y en manos de los trabajadores de la ciudad y el campo válido para desarrollar nuestra fuerza contra los enemigos del pueblo.
Es así como surge la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, en medio de un poderoso torrente de combate proveniente de los mas variados rincones de nuestro estado y sectores populares que en el confluyen bajo una misma lucha. El magisterio democrático, los sindicatos de obreros y trabajadores, las organizaciones sociales, las autoridades comunales y democráticas, los colonos, las amas de casa, en fin, todo el pueblo de Oaxaca, nos identificamos de inmediato con este esfuerzo y decidimos entonces dejar atrás todas nuestras demandas particulares privilegiando un solo objetivo de eminente carácter político: la salida del fascista Ulises Ruiz Ortiz como gobernador del estado a quien hemos desconocido como tal desde ese entonces.
De ese tiempo para acá nuestro movimiento ha pasado por toda una serie de etapas que nos han aleccionado en el duro quehacer de la lucha popular, a la par que nos ha permitido templar el acero con que esta hecho nuestro pueblo e identificar correctamente quienes son nuestros amigos y quienes nuestros enemigos, por mas ocultos que estos parezcan. Hemos podido salir airosos en diversos momentos y etapas de la lucha, incluso preservar nuestra unidad con todo y el regreso a las aulas por parte del magisterio y sobre todo, a pesar de la llegada de las fuerzas militares de ocupación (PFP) al territorio oaxaqueño y de los duros golpes que también hemos recibido como es el caso de la batalla del 25 de Noviembre, hemos tenido la capacidad de reagruparnos y reestructurar nuestras filas a fin de estar preparados para el momento que hoy nos llama, a saber, la nueva ofensiva del pueblo oaxaqueño en contra del aparato federal y estatal por la caída del tirano.

La batalla del 25 y la situación actual:
Como ya hemos señalado, la batalla del 25 de Noviembre que dejo un saldo lamentable para nuestro movimiento con la detención arbitraria de mas de 150 compañeros, el allanamiento de moradas, el secuestro, la violencia sexual contra las mujeres del pueblo y en general, la imposición de un estado de excepción y la cancelación de las garantías constitucionales en la capital del estado, fue un acto de provocación orquestado por el propio aparato militar federal en consonancia con el poder estatal, a fin de dar el “último espaldarazo del Foxismo” a la figura decadente del tirano en su intención de aplastar nuestra lucha. De esto, como de cada pagina del movimiento hemos aprendido las lecciones necesarias quedando claro que el “estado de derecho” con que tanto se llenan la boca los politicastros burgueses no es mas que el “derecho a ejercer el poder contra los pobres” por parte suya.
Hoy el clima político que se vive en Oaxaca esta cubierto de terror con color grisáceo militar, continúan las detenciones, los cateos y allanamientos ilegales, el secuestro, la intimidación y persecución contra los dirigentes y militantes de la APPO y el magisterio con acciones militares dentro de las propias escuelas en la capital; y por si esto no fuera poco, la detención política de Flavio Sosa Villavicencio (integrante de la Comisión Única de Diálogo y del Consejo Estatal de la APPO) y los compañeros que le acompañaban dan una lectura clara respecto al modo con que será gobernado el país bajo la mano dura, fascista e ilegitima de Felipe Calderón y de cómo este pretende “resolver” el conflicto de Oaxaca, desde luego, mirando siempre a favor de los poderosos.
No obstante esto es tan solo una parte, la parte de arriba, de cómo se trata de escribir la situación política de nuestra entidad, sin embargo, abajo, del lado del pueblo, esta situación también encuentra lógica respuesta rebasando el miedo, la desmoralización y la derrota que quería infringirnos el enemigo.
Nuestra lucha es justa, legitima y necesaria, por eso cuenta con el respaldo de las amplias masas populares en Oaxaca, México y todo el mundo con acciones de protesta y solidaridad y por la salida del tirano y las tropas de ocupación. Ya hemos demostrado con la movilización que no hay estado de excepción ni bota fascista que logre acallar al pueblo, mucho menos desarticularlo cuando este ha encontrado la punta de lanza para su victoria definitiva contra el régimen de la explotación. El pasado 1º de Diciembre cientos de miles de obreros, indígenas, campesinos pobres, maestros, colonos, amas de casa, estudiantes, etc. salimos a las calles sin temor alguno en repudio a la militarización de Oaxaca y por la salida del tirano a lo largo y ancho del estado; y esta situación se profundizara a medida que corran los días y sigamos encontrando la misma cerrazón política del gobierno federal a dar respuesta favorable a nuestro problema.

La nueva etapa de lucha y nuestras tareas:
Todo esto nos lleva a reflexionar sobre la etapa actual por la que atraviesa la lucha de la APPO para poder identificar los nuevos derroteros por los que esta tendrá que caminar si queremos conseguir la victoria que nos hemos planteado como pueblo. Sin duda alguna esta es la recta final de la lucha; la respuesta terrorista de FECAL en contra del movimiento así lo viene confirmando y no dudamos en que el quiera presentarse como el falso “mesías nacional” quitando de pronto a URO sin mayor problema para dar salida “por ambas partes”. Sin embargo es preciso aclarar que:

  1. Independientemente de la detención política de nuestros compañeros integrantes del Consejo Estatal de la APPO, nuestra lucha sigue vigente y palpita en el corazón de nuestro pueblo pues es este y nadie más su timonel y motor fundamental y por lo tanto seguiremos firmes hasta conseguir la caída del tirano.

  2. La salida dura que busca FECAL al golpear nuestro movimiento no corresponde a las garantías que el busca ante la opinión pública nacional que lo rechaza como presidente ilegitimo, producto de un fraudulento proceso electoral amañado y arrebatado al pueblo por los grandes empresarios e intereses internacionales. Por lo que esto solo le dificulta más su gestión política al frente de ejecutivo federal.

  3. En todo caso, la salida del tirano Ulises Ruiz Ortiz y toda su camarilla del gobierno de Oaxaca será única y exclusivamente en función de la lucha que en estos momentos estamos desarrollando y no a un “gesto gracioso” del gobierno federal ni mucho menos una concesión suya. Igual puntualización merece el caso del retiro de las fuerzas militares de ocupación y el cese a la represión en Oaxaca, ya que es el pueblo, su unidad, su lucha, su organización y su fortaleza lo único que puede echar fuera a los mercenarios uniformados y devolver la paz a nuestro territorio con justicia, dignidad y democracia.

  4. En ese sentido la etapa actual de nuestro movimiento nos llama a reforzar las filas de la Asamblea Popular, a extenderla a más y más lugares por todo el estado, a avanzar hacia la construcción de la Asamblea Popular de los Pueblos de México y sobre todo a desarrollar una gran JORNADA DE LUCHA POR LA PAZ, CON JUSTICIA Y DIGNIDAD SIN URO.


Es así, como hacemos un llamamiento a las amplias masas del pueblo trabajador oaxaqueño a que juntos, hombro a hombro impulsemos de manera coordinada y unitaria la movilización general en todo el estado y reforzando la marcha-masiva del día 10 de Diciembre en la ciudad de Oaxaca que partirá del crucero Viguera en punto de las 10:00am y las acciones regionales que estaremos realizando sin dar tregua o descanso alguno al tirano y a quienes quieren sostenerlo en el poder.

El momento actual nos llama a reorganizar nuestras fuerzas y a aprovechar al máximo todo el potencial de nuestro pueblo que siente clara indignación y odio de clase hacia nuestros enemigos y su aparato estado; es preciso avanzar en la construcción de mas APPO´s sectoriales, municipales, fortaleciendo las regionales y la estatal; es preciso no olvidar que esta lucha nació en la cuna popular y no merece ser desechada al pantano de la derrota o la desmovilización. ¡Recuperaremos las calles, las plazas públicas, los espacios y todo lo que nos han arrebatado, seremos nosotros ahora quienes marquemos el paso de nuestra vida y tengamos la capacidad de decidir sobre nuestro propio futuro!

Por ello nuestras banderas de lucha política por la salida del tirano, el retiro de la PFP, la libertad inmediata e incondicional de los presos y presentación con vida de los desaparecidos políticos; así como la necesidad de convocar a una Asamblea Estatal Constituyente, que redacte y apruebe una Nueva Constitución y donde estén representados los legítimos intereses del pueblo, marcando clara diferencia de esto ante las tentativas demagógicas del tirano con su “reforma del estado” cuya simple promoción resulta ridícula y con tintes derechistas y antidemocráticos. De igual manera, trabajar junto con la APPM rumbo a la Asamblea Nacional Constituyente Democrática y Popular, la Nueva Constitución de la República y la formación de un Gobierno Democrático Popular, como garantes de las legítimas aspiraciones materiales y espirituales del pueblo en el poder, adquieren un carácter determinante en los días que vienen.

Camaradas:

No olvidemos que justo cuando la noche parece mas oscura, justo cuando la neblina es mas densa, el alba y con ella la primavera están mas cerca que nunca. El futuro para el pueblo de Oaxaca sigue siendo luminoso, este con su lucha irradia a los explotados y oprimidos de toda la patria llamándolos a la lucha general contra la burguesía. ¡En Oaxaca nos corresponde poner el ejemplo tal como hasta ahora lo hemos venido haciendo y desde luego que sabremos cumplir con el!

Desde este rincón del territorio oaxaqueño, desde este lugar donde los grandes ricos tienen bien clavadas sus colmillos y pesuñas con la aplicación de sus planes de saqueo como el Plan Puebla Panamá, nuestro heroico pueblo, nuestra querida Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca levantamos nuestras banderas y esperanzas al horizonte, seguimos avanzando la senda de la unidad y la lucha popular y sentenciamos a los enemigos del pueblo, con todo el peso del juicio histórico que nos corresponde, diciéndoles que esta victoria va a ser proletaria y popular, que esta victoria va a ser la punta de lanza para las luchas de los explotados por todo el país y que a ellos, a los burgueses y sus gobiernos, el lugar que les toca ocupar, es y sin duda será, el basurero de la historia.

¡VIVA LA ASAMBLEA POPULAR DE LOS PUEBLOS DE OAXACA!

¡VIVA LA ASAMBLEA POPULAR DE LOS PUEBLOS DE MÉXICO!

¡TODO EL PODER PARA EL PUEBLO!

APPO-Región Istmo de Tehuantepec
Istmo de Tehuantepec, Oaxaca a 7 de noviembre de 2006.

Sunday, August 20, 2006

CUANDO DE LOS CIELOS LLUEVE MUERTE. La cultura del avión de guerra es la cultura de la aniquilación


Azmi Bishara, Al Ahram Weekly, 3-9 de agosto de 2006

http://weekly.ahram.org.eg/2006/806/op2.htm

El avión de combate es la quintaesencia de la civilización moderna, la diosa moderna. Es producto de la aportación colectiva de todas las ciencias y la neutralización de toda moral y de todo valor. En él convergen el láser, la micro-óptica, la microelectrónica y la aerodinámica de alta tecnología, que permiten vuelos y rutas aéreas de precisión, [alcanzar] objetivos mortales y destrucción quirúrgica. Es higiénico y ultrapreciso, y sus fábricas, hangares y plantas de ensamblaje son altos y espaciosos como catedrales. Estos aviones sólo se manufacturan en los Estados más desarrollados, que se juntan en amplias corporaciones cuyos empleados viven en sociedades que se quieren igualitarias y reciben altos salarios. Sólo pueden ser pilotados por individuos altamente cualificados. Son a la vez producto del absoluto individualismo y del trabajo colectivo institucionalizado. Los trabajadores que contribuyen a su manufacturación encarnan sociedades que han alcanzado grandes logros; son la élite, un punto y aparte respecto al resto, los elegidos, la nueva raza aria.
Como toda diosa de la sociedad de consumo tiene una obsolescencia programada; cada dos o tres años se debe construir un nuevo avión para satisfacer la demanda, e incorporar los últimos desarrollos tecnológicos y descubrimientos científicos para preservar su superioridad sobre los dioses de otros pueblos.
El avión de combate convierte lo inmoral en moral. Está por encima del bien y del mal, es una diosa celestial con una insaciable sed de tributos de sacrificios. El piloto no ve la sangre; no ve la bayoneta o la bala perforando el cuerpo de la víctima. No se ensucia porque no tiene que arrastrarse. Ni tiene que ver los ojos de las víctimas. No viola el mandamiento de no matarás. Lo único que hace es apretar un botón desde muy lejos.
Todas las víctimas oyen el estruendo del misil que se acerca. Entonces el mundo se tambalea a su alrededor y ellos caen sin titubear excesivamente. Quizá sientan dolores de crucifixión antes de sumirse en la nada. Todo el mundo está indefenso ante los aviones de combate; ningún padre o madre puede proteger a sus hijos. Los niños son despedazados o enterrados bajos los escombros de los edificios que se desmoronan con un estrépito que se mezcla con el sonido de los miembros destrozados. Piedras, planchas de madera, fragmentos de metal se incrustan en los huesos humanos y pulverizan los cráneos -todo ello en el lapso de un parpadeo.
Mientras tanto, todo lo que se ve desde el asiento del piloto es una columna de humo y una nube de polvo. "Misión cumplida," informa por radio el piloto a la base mientras ejecuta un limpio giro en el cielo por encima del mar de lo moral. Entonces aterriza, salta del aparato y se encamina a las barracas con el casco bajo el brazo como un motorista. Va a tomar un café a la cafetería, intercambia bromas con sus compañeros pilotos, con el personal femenino de la base y con los mecánicos que mantendrán su avión a punto para otra mortal misión de combate. Luego se dirige a casa. Por el camino escucha música, hace el payaso ante algunos críos y entabla, quizá, una discusión política. Puede estar serio, o indiferente, o indignado. Puede ser de derecha o de izquierda, apoyar los derechos de los gays o estar en contra de ellos, puede felicitarse por ser una paloma o un halcón furibundo. Pero no son estos los criterios que lo cualifican para apretar el botón. En la religión del bombardero todos estos pensamientos o criterios se desvanecen en la nada.
Los pueblos del mundo se dividen entre los que tienen y los que no tienen aviones F-15 y F-16. Los que los tienen se dividen en países que poseen esos aviones y en los que son poseídos por ellos. Los árabes no se dividen sólo en los que no los tienen, sino también en aquellos que no los tienen y han convertido a los aviones en becerros de oro.
Estos aviones de combate son omnipresentes. Pueden ser visibles o invisibles. Pero no se puede escapar a su veneno, no hay donde esconderse de sus misiles. Los aviones permanecen en el aire, pero sus misiles caerán en picado sobre los pasajeros de un coche que huyen, de un autobús, de una ambulancia, y atravesarán el techo de los búnkeres y refugios hasta alcanzar los tiernos cuerpos que están en su interior. La carne humana no tiene ninguna oportunidad contra un misil que se dirige hacia ella desde un avión de combate. El cuerpo permanece desnudo ante la diosa que deambula por los cielos mientras los edificios de piedra y de cemento armado se desmoronan ante ella.
Los aviones provocan una destrucción masiva, pero no pueden resolver la batalla contra aquellos que tiene el derecho de su parte. Para ello los seguidores de la diosa tienen que librar una batalla terrestre. Pero una vez que los habitantes de esta civilización empiezan a luchar en tierra comienzan a morir y empiezan a llorar. Este fenómeno ha dado lugar a una curiosa creencia y es que sus soldados tiene el derecho de matar, mientras que otros no tienen el derecho de matar a sus soldados, ni siquiera en la guerra. Esta es la razón por la que cuando uno de sus soldados es golpeado se apodera de ellos una conmoción y la razón por la que cuando sus ejércitos sufren una derrota a manos de las fuerzas de los débiles y oprimidos, lo toman como una afrenta al prestigio de su ejército y a su superioridad militar. En esta situación, Israel retira a hurtadillas a sus fuerzas terrestres y deja sueltos los F-16 para que bombardeen las localizaciones "terroristas", ya sean hogares o pueblos. Es un comportamiento cobarde y vengativo, apto para quienes poseen una fuerza aérea que les permite convertirse en arrogantes tiranos aerotransportados. Sobre el terreno son seres humanos como cualquier otro: frágiles y precarios. Pero por aire, con la protección de su diosa, pueden volar en todas las direcciones, invisibles a simple vista pero seguros de que su fragor se oye cuando pasan por encima de las cabezas aprovechándose al máximo de la fragilidad de quienes han quedado abandonados en tierra sin aviones e incluso de aquellos que se han refugiado en los agujeros de la tierra. Se vengan no sólo porque tienen voluntad de hacerlo -no tiene el monopolio sobre la voluntad-, sino también porque su diosa hace que sea posible hacerlo.
Y el Señor dijo a Josué: "Mira, te he entregado Jericó, así como a su rey y a sus varones de guerra.
Y rodearéis la ciudad, todos los hombres de guerra, yendo alrededor de la ciudad una vez; y esto haréis durante seis días.
Y siete sacerdotes llevarán siete trompetas de cuerno de carnero delante del arca.
Y al séptimo día daréis siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán las trompetas".
"[Y] cuando esto ocurra, cuando la gente escuche el sonido de las trompetas, el pueblo gritará, y el muro [de la ciudad] se desplomará de forma que el pueblo subirá a la ciudad; cada hombre sin titubear tras él [sonido de la trompeta] y tomarán la ciudad. Y además destruyeron todo lo que había en la ciudad, tanto hombres como mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, y las ovejas, y los asnos con el filo de su espada...
Y arrasaron con fuego la ciudad, y todo lo que en ella había; solo guardaron en el tesoro de la casa de Jehová la plata y el oro, y las vasijas de bronce y de hierro.
Y Josué salvó la vida de Rahab la ramera, y la casa de su padre, y todo lo que ella tenía; y habitó en Israel hasta el día de hoy, porque escondió a los mensajeros que Josué había enviado a espiar en los alrededores de Jericó". (Josué 6)
Su poder destructivo es lo que les llena de orgullo...del tipo del que precede a la caída. La muerte de un niño, de dos niños, tres; la muerte de una mujer o dos; la destrucción de una ambulancia...¿cuándo se hace inaceptable la fuerza bruta contra inocentes? ¿Treinta niños? ¿Cincuenta? ¿Ante las cámaras ? ¿Cuántos cuando no hay cámaras a mano? ¿Hasta donde llega la escala? Por cierto, las cámaras no transmiten el olor putrefacto de los cuerpos aplastados bajo los escombros.
Es difícil indicar cuándo exactamente a un responsable árabe u occidental se le cae de las manos el vaso al mirar la pantalla de la televisión. ¿Qué imagen de un niño agonizante le llega ? ¿Se queda boquiabierto mientras el vaso se estrella contra el suelo?¿ Se le atraganta la comida? ¿Piensa que debería haber escuchado a sus ayudantes y haber hecho antes un llamamiento a un alto el fuego inmediato? ¿Se queja ante el horror de los crímenes cometidos por Israel o cae en la desesperación ante la locura israelí al perder otra oportunidad?
Israel se construyó atacando a los civiles. En 1948 los atacó para desplazarlos y usurparles sus tierras. Atacó pueblos enteros que [Israel] afirmaba eran bases de fedayines (combatientes de la resistencia). La "estrategia" se basaba en dos principios: la necesidad de disuadir a los civiles de apoyar a la resistencia, lo que quiere decir reprimir la expresión de cualquier postura política o social, y la necesidad de alimentar y saciar la sed israelí de venganza. Este credo militar basado en dos principio se personificó en la Unidad 101, dirigida por Ariel Sharon a principios de los cincuenta. Asaltó pueblos, voló casas y asesinó a sus residentes. Entre los frutos más célebres de su filosofía se encuentran las masacres de Qubya, Nahalin y Al-Bureij en los cincuenta, y las masacres de Jabalya, Beit Hanoun, Al-Shajaiya, Qasba y Nablus y Jenin en tiempos más recientes. Para llevar a cabo estas acciones Israel necesitaba carniceros, aunque los llamaba "guerreros legendarios". Era un enfoque manual. No implicaba F-16. Lo único que se necesitaba era jovencitos mimados pertenecientes a la afiliación religiosa adecuada y con sus corazones del lado del consumista estilo de vida estadounidense.
Aprovechándose de un momento propicio, Israel está atacando deliberadamente a civiles en Líbano. Su objetivo es castigar a cualquiera que pueda haber apoyado a la resistencia, desplazar a los civiles hacia el norte para agravar las tensiones sectarias en el país y saciar su brutal sed de venganza. El actual ataque, en toda su ferocidad y con todas sus víctimas inocentes, fue planeado mucho antes con una malicia difícil de imaginar. Israel es un estado terrorista. La diabólica lógica de este Estado es apoyada activamente por otro Estado terrorista dirigido por George Bush, un hombre muy peligroso, patológicamente violento y sádico, rodeado de una banda de fríos y calculadores Maquivelos y apologistas del terrorismo de Estado. Estos creen firmemente que los civiles que no posee aviones de combate están tan abajo en la escala de aptitud para sobrevivir que si mueren es por su propia culpa, a consecuencia de su falta de realismo.
Esta lógica tiene un defecto que la hace imperdonable, una maldición que perseguirá a esta civilización, una permanente crítica de su control de los cielos: ¿cómo se puede esperar que los niños sean "realistas"? ¿Cómo puede nadie culparlos de su propia muerte? Es erróneo cantar las alabanzas de los niños muertos como si fueran héroes, una vergüenza exponer sus cuerpos. Estos niños no eran guerreros. No estaban en la resistencia. No murieron para lograr una victoria para otros que no han muerto y que no expusieron sus vidas en primera línea. Estos niños murieron porque no pudieron escapar a tiempo o no consiguieron esconderse de los aviones. Son las víctimas de la criminalmente bárbara civilización de los aviones de combate. Sus asesinos tienen que rendir cuentas y la resistencia contra la agresión tiene que ser apoyada.
Traducido del inglés por Paloma Valverde y Beatriz Morales Bastos

Monday, July 03, 2006

EL CAPITALISMO SENIL

Existe una especie de consenso amplio –gracias también al derrumbe de las primera experiencia de construcción de una alternativa socialista– sobre la idea de que el capitalismo representaría un horizonte insuperable. Esta interpretación olvida una serie de características nuevas, a través de las cuales se expresa lo que suelo definir como la “senilidad” del sistema capitalista.
Samir Amin
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La tesis que sostendremos en nuestro ensayo pretende criticar los estereotipos y prejuicios actuales. En efecto, existe una especie de consenso amplio –gracias también al derrumbe de las primera experiencia de construcción de una alternativa socialista– sobre la idea de que el capitalismo representaría un horizonte insuperable y que, en consecuencia, el futuro se inscribiría en el cuadro de los principios de base que rigen su reproducción. Según esta teoría, el sistema capitalista tendría una flexibilidad sin par, que le permitiría adaptarse a todas las transformaciones, absorbiéndolas y sometiéndolas a las exigencias de la lógica fundamental que lo define.
Es indudable que la historia del capitalismo está constituida por sucesivas fases de expansión y de profundización, atravesadas por momentos de transición más o menos caóticos (crisis estructurales). La interpretación más tradicional de esta historia se fundamenta en la formulación de la teoría de los ciclos largos, elaborada por Kondratiev, cuyo carácter demasiado determinista y, en ocasiones, pasivo, nunca nos ha convencido por completo.
Cada una de las fases sucesivas de expansión (fase A, en el lenguaje de Kondratiev) es anunciada por importantes transformaciones de diferente naturaleza, entre las cuales está una concentración de innovaciones tecnológicas, que provocan profundos cambios en las formas de organización de la producción y del trabajo. A su vez, la crisis de transición se expresa a través del cambio en las relaciones de fuerza sociales y políticas, que habían gobernado la fase precedente. En la actualidad nos encontramos en una transición de esta naturaleza (fase B, según el lenguaje de Kondratiev).
Este consenso intelectual se traduce, pues, en la adhesión a la idea según la cual la presente fase de crisis estructural –con todos los desequilibrios y el desorden característicos– debe ser superada sin tener que renunciar a las reglas fundamentales que rigen la vida económica y social del capitalismo. En otras palabras, se anuncia y será aceptada una nueva fase A de acumulación y de expansión mundial, porque la misma implicará un “progreso” ampliamente compartido, aunque eventualmente se revele desigual.
Tal consenso une hoy a los doctrinarios liberales, los reformistas “moderados” y aquellos también reformistas que poco a poco fueron abandonando su radicalismo original. Estos intelectuales, como ellos repiten con frecuencia, “tienen confianza en los mecanismos del mercado”, que garantizarían –si la locura de los Estados no los condujera a tratar de obstaculizar su pleno desarrollo– una nueva fase de “prosperidad”, capaz, a su vez, de fundar una nueva era de paz internacional y de extender la democracia a un gran número de naciones. Para ello, es necesario un “director de orquesta”, que permite superar la tempestad pasajera. De esta forma se justifica el hegemonismo de los Estados Unidos, definido benign neglect por los liberales norteamericanos. Muchos posmodernistas –y el mismo Toni Negri (al cual nos referiremos más adelante)– han ido adoptando gradualmente este punto de vista, mientras que para otros muchos reformistas radicales y revolucionarios, la nueva fase de expansión no excluye las luchas sociales, es más, las estimula, creando las condiciones para su posible desarrollo. Sin embargo, no basta decirlo.
En efecto, esta interpretación olvida una serie de características nuevas, a través de las cuales se expresa lo que suelo definir como la “senilidad” del sistema capitalista. Pero esta senilidad no significa el inicio de un final ya seguro, que podríamos esperar con la tranquilidad que nos ofrece la certeza. Por el contrario, se concretiza en una renovada violencia, con la cual el sistema trata, de todos modos, de resistir en el tiempo, aun al costo de imponerle a la humanidad una barbarie atroz. Así, pues, la senilidad les impone a los reformistas radicales y a los revolucionarios una prueba de radicalidad aún mayor, junto con la exigencia de no ceder a las tentaciones del discurso tranquilizador sobre el espíritu del tiempo y sobre el posmodernismo. En este caso, el radicalismo no es sinónimo de apego dogmático a las tesis radicales y revolucionarias de la anterior fase de la historia (me refiero, grosso modo, al siglo xx), sino de una renovación radical, que tiene en cuenta el alcance de las transformaciones en curso en el mundo contemporáneo.

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La primera de las transformaciones importantes a considerar es la actual “revolución científica y tecnológica”.
Una revolución tecnológica –cualquiera que sea (y ha habido varias en la historia, en particular en la del capitalismo) – cambia de manera radical los modos de organización de la producción y del trabajo. Descompone las formas consolidadas para reconstruir, a partir de la ruptura con los modelos anteriores, nuevos sistemas organizativos. El proceso no es inmediato y esta fase puede revelarse bastante caótica. Al debilitar a las clases trabajadoras, el proceso de descomposición vuelve improductivas las formas de organización y las luchas que estas clases habían utilizado en el período precedente y que fueron eficaces en el pasado, pues se adaptaban a las condiciones de la época. En estos momentos de transición, las relaciones sociales de fuerza mutan en favor del capital. Y es esto lo que encontramos en la fase actual.
Pero es necesario ir más allá y preguntarse acerca de la especificidad de la revolución tecnológica en curso, compararla con las anteriores y relacionarla con la dinámica de la acumulación del capital, de la cual renueva algunos aspectos, aunque manteniendo la lógica general dominante. Pero no es posible hacer eso sin haber precisado antes el concepto de capitalismo.
El capitalismo no es sinónimo de “economía de mercado”, como propone la vulgata liberal. El concepto extendido de economía de mercado, o de “mercados generalizados”, no se corresponde en absoluto con la realidad, es solo el axioma básico de la teoría de un mundo imaginario, en el que viven los “economistas puros”. El capitalismo se define a través de una relación social, que asegura el dominio del capital sobre el trabajo. El mercado aparece en un segundo momento.
El dominio del capital sobre el trabajo se realiza, en concreto, a través de la apropiación exclusiva del capital (que define la clase beneficiada, es decir, la burguesía), y con la exclusión de los trabajadores de su posesión. Ahora bien, desde esta perspectiva, ¿cómo se presentan los efectos de la revolución tecnológica en marcha? Esta es la verdadera pregunta que debemos plantearnos acerca de la revolución tecnológica.
En la historia del capitalismo, las revoluciones tecnológicas anteriores (el telar industrial y la máquina de vapor, el acero y los ferrocarriles, el complejo electricidad-petróleo-automóvil-avión) necesitaban de inversiones masivas para la cadena productiva. Se trataba de innovaciones que economizaban el trabajo directo, a costa de invertir una mayor cantidad de trabajo indirecto en las instalaciones. La innovación economizaba la cantidad total de trabajo necesario para suministrar un volumen determinado de producto, pero, sobre todo, trasladaba el trabajo de la producción directa a la producción de las instalaciones industriales. De esta forma, las anteriores revoluciones tecnológicas fortalecían el poder de los propietarios del capital (en este caso, de las instalaciones), afectando a quienes las operaban (los trabajadores).
Por el contrario, la nueva revolución tecnológica –en sus dos vertientes principales, la informática y la genética– parece permitir, al mismo tiempo, un ahorro del trabajo directo y de las instalaciones (por lo menos en lo referente al volumen total de las inversiones). Pero exige otra división del trabajo total empleado, más favorable al trabajo calificado.
¿Qué significa este elemento específico, y nuevo, de la actual revolución tecnológica? ¿Cuáles son sus consecuencias potenciales (con independencia de las relaciones sociales específicas del capitalismo) y reales (es decir, en el marco de estas relaciones)?
En este caso, el aspecto potencial y el real entran en conflicto. La revolución tecnológica significa que se puede producir mayor riqueza con menos trabajo, sin atribuirle al capital el poder que ejercía antes sobre el trabajo. Las condiciones para permitir la sustitución del capitalismo por otro modo de producción ya están presentes. Sin embargo, el capitalismo, aunque se representa objetivamente como un fenómeno transitorio, continúa existiendo y afirma como nunca la pretensión del capital de dominar el trabajo. En el mundo del capitalismo real, el trabajo no puede ser utilizado por sí solo, sino por el capital que lo domina, pues le suministra ganancias, en la medida en que la “inversión” resulta rentable. Pero este proceder, al excluir del trabajo una cantidad creciente de trabajadores potenciales (y privándolos, en consecuencia, de cualquier ganancia), condena al sistema productivo a contraerse en términos absolutos y, de todos modos, a desarrollarse a un ritmo de crecimiento muy inferior al que permitiría la revolución tecnológica. Más adelante examinaremos, a propósito de las leyes agrarias, el ejemplo más escandaloso de esta perspectiva de marginación masiva que demanda la actual expansión del capitalismo.
Los discursos dominantes eluden el debate sobre los límites del capitalismo, que se relacionan con la nueva organización del trabajo (la llamada “sociedad en red”) y las referidas a las transformaciones de la propiedad del capital (el “capitalismo popular” y el “modo de acumulación patrimonial”), e, incluso, con la ciencia convertida en “factor fundamental de producción”.
Analicemos en primer lugar el “fin del trabajo”, la “sociedad en red” (que elimina las jerarquías verticales y los sustituye por interrelaciones horizontales), la afirmación del “individuo” (sin tener en cuenta su status social –propietario capitalista o trabajador–) como “sujeto de la historia”. Todas las modalidades de este discurso, hoy de moda (de Rifkin a Castells y a Negri), fingen que el capitalismo ya no existe o que, en todo caso, las exigencias objetivas de la nueva tecnología transformarían su realidad hasta disolver el carácter fundamental, basado en la jerarquía vertical, que asegura el dominio del capital sobre el trabajo. En realidad, esta teoría es la expresión de una “ilusión tecnicista”. Una ilusión que se repite constantemente a lo largo de la historia, porque la ideología del sistema siempre ha tenido necesidad de ella para evadir la verdadera cuestión: ¿quién controla el uso de la tecnología?
Veamos ahora el segundo discurso, que se refiere a la pretendida difusión de la propiedad del capital, abierto ya a la “gente normal” a través de las inversiones en la bolsa y los fondos de pensión. Se trata en realidad del viejo discurso del “capitalismo popular”, definido de forma más pretenciosa como “modo de acumulación patrimonial” (Aglietta). Un discurso que no presenta nada nuevo y no tiene relación alguna con la realidad.
El tercer discurso se refiere a la idea según la cual la ciencia ya se habría convertido en “el factor de producción determinante”. Una afirmación a primera vista interesante y seductora, considerando los grandes conocimientos científicos y los medios técnicos utilizados en la producción moderna. Pero esta teoría se basa en una confusión de fondo, pues las relaciones sociales (capital y trabajo), por una parte, y los conocimientos y el saber, por otra, no tienen el mismo status en la organización de la producción. En efecto, desde tiempos inmemoriales esta última ha necesitado del saber y de los conocimientos: la eficiencia del cazador no depende solo de las flechas, sino también del conocimiento de los animales; ningún campesino habría podido cultivar el trigo sin poseer conocimientos acumulados sobre la naturaleza.
Ciencia y saber siempre han estado presentes, pero como telón de fondo, detrás de las relaciones sociales (¿quién es el propietario de la flecha, del terreno, de la fábrica?). La verdadera cuestión, que este discurso elude (al igual que la econometría que se propone “medir” los aportes específicos a la “productividad general” del capital, del trabajo y de la ciencia), es saber quién controla los conocimientos necesarios para la producción. Aún ayer, la cultura del clérigo, muy superior a la del campesino, justificaba la administración del poder (poco importa si en la actualidad consideramos esos conocimientos por completo imaginarios).
En realidad, el capitalismo se ha construido a sí mismo privando a los productores de la propiedad sobre sus medios de producción y de sus conocimientos. El avance de las fuerzas productivas ha sido regido por esta privatización. El obrero semiartesano de las fábricas del siglo xix fue sustituido, en la era fordista, por el obrero-masa descalificado, mientras que los conocimientos técnicos fueron asumidos por las “direcciones técnicas”, que, a su vez, estaban sometidos a la autoridad suprema de las direcciones comerciales y financieras. Al respecto, la ofensiva del agrobusiness actual es significativa: las empresas transnacionales se han arrogado el derecho –que la OMC pretende “proteger”– de apoderarse de los conocimientos colectivos del mundo rural, en particular del tercer mundo, para reproducirlos bajo la forma de semillas industriales, cuya exclusiva pretenden tener, a través de la “reventa” (forzosa) a los campesinos, que han sido privados del libre uso de sus conocimientos. Tal es el caso, en verdad paradójico, del arroz basmati, ¡revendido por una empresa norteamericana a los campesinos indios! Más allá del peligro de empobrecimiento del patrimonio genético de las especies terrestres, que trae consigo esta política de las empresas transnacionales del agrobusiness, cómo definir tales procedimientos si no con el término de piratería. ¿Se trata del tan manido espíritu empresarial o, por el contrario, de una especie de racket?1
En la actualidad, muchos sostienen que estamos asistiendo a una inversión de tendencia en la organización de las producciones ultramodernas. Es una afirmación bastante simplista, según la cual las nuevas técnicas, además de requerir menos trabajo, demandan una mayor calificación. Una afirmación, sin embargo, que debe ser revisada y corregida. En efecto, el capital conserva el control absoluto sobre el conjunto de estos procesos productivos. Se puede comprobar en el campo de la informática, regulado por los gigantescos oligopolios que dirigen y controlan la producción, la difusión y el uso de los programas e, incluso, a los mismos usuarios, a través de la fabricación de “virus” y de la venta forzosa de los medios para protegerse de estos. Se evidencia también en el campo de la genética, donde los gigantescos oligopolios organizan la “investigación” sobre la base de las perspectivas comerciales y mediante el racket organizado de los conocimientos de los campesinos, al cual aludía anteriormente.
Sin duda, existen factores nuevos: la fuerte reducción del trabajo total, posible gracias a la utilización de las nuevas tecnologías o, para decirlo de otra forma, a su elevada productividad. Pero en el funcionamiento real del sistema esta economía del factor trabajo se acompaña, a través de la exclusión, de una brutal reducción de la masa de trabajadores utilizada por el capital. La tesis de los partidarios del capitalismo es que los excluidos de hoy podrán trabajar mañana, gracias a la expansión de los mercados. Como ayer en el fordismo, los puestos de trabajo suprimidos por el aumento de la productividad serán compensados por los nuevos puestos de trabajo y por la expansión general.
La mencionada tesis todavía podría ser creíble únicamente si previera la intervención del Estado regulador. De lo contrario, el “mercado” es una fuente de exclusión, pues al marginado sin rédito lo ignora el mercado, que solo reconoce la demanda solvente. El “mercado” pone en funcionamiento un sistema regresivo que excluye cada vez más y concentra la producción sobre una reducción de la demanda solvente. Este sería el caso del fordismo de ayer (y en efecto lo fue en la crisis de los años 30) si, a partir de 1945, el Estado no hubiera intervenido para contrarrestar los efectos de la espiral regresiva, haciendo uso del “contrato social”, que permitía una nueva relación fuerza de trabajo/capital. Un contrato que permitió, además, la expansión de los mercados: el Estado ya no era solo el instrumento unilateral del capital, sino también el instrumento del compromiso social. Es por esta razón que en el capitalismo el Estado democrático solo puede ser un Estado regulador social del mercado.
Pero ¿por qué no puede suceder lo mismo en el futuro, mediante el despliegue de las potencialidades de las nuevas tecnologías? ¿El rechazo a las posiciones doctrinales de los liberales no constituye un elogio al reformismo, a la intervención del Estado regulador?
La respuesta es afirmativa, pero a condición de que se entienda que el alcance de las reformas necesarias para buscar una solución al problema –integrar y no excluir– debe diferir de lo propuesto por los pocos reformistas que sobrevivieron a las ideas liberales. O sea, se trata de proponer reformas radicales en el verdadero sentido de la palabra, que ataquen el principio de la propiedad, mediante el cual se realiza el control de la utilización de las nuevas tecnologías para beneficio exclusivo del capital oligopólico.
En este análisis, una tal exigencia de radicalismo constituye solo una cara de la moneda. La otra está representada, precisamente, por la propia senilidad del capitalismo, por la imposibilidad del sistema de producir otra cosa que no sea una creciente exclusión. Se debe entonces concluir que la construcción de otra forma de organización de la sociedad ha devenido una necesidad, que el capitalismo ya cumplió su tiempo, que la formulación de una racionalidad diferente a la manifestada por la productividad del capital, se ha convertido en la condición ineludible del progreso de la humanidad. Las reformas radicales –casi revolucionarias– son la condición fundamental para la aplicación concreta del potencial de la revolución tecnológica. Creer que esta última pueda por sí sola producir un potencial tan enorme me parece, por lo menos, bastante ingenuo.

3

El capitalismo no solo es un modo de producción, sino también un sistema mundial fundado sobre el dominio general de este modelo. Esta vocación de conquista del capitalismo se ha manifestado, de forma constante, desde sus inicios. Sin embargo, en su expansión mundial, el capitalismo ha construido, reproducido y profundizado sin cesar una asimetría entre sus centros de conquista y las periferias dominadas. Por esta razón hemos definido el capitalismo como un sistema imperialista natural, o, como hemos escrito, el imperialismo representa la “fase permanente” del capitalismo.
En el contraste expresado a través de esta asimetría creciente, es interesante notar la contradicción principal del capitalismo, entendido como sistema mundial. Tal contradicción se manifiesta también en términos ideológicos y políticos, a través del contraste entre el discurso universalista del capital y la realidad de lo que produce su expansión, es decir, la creciente desigualdad entre los pueblos de la Tierra.
El carácter imperialista del capitalismo se ha concretado en las formas sucesivas de la relación asimétrica y desigual centros/periferias, en la cual cada una de las etapas adopta un carácter específico, pues las leyes que rigen su reproducción se relacionan estrechamente con las especificidades de la acumulación del capital. Así, pues, en la historia de los últimos cinco siglos ha habido momentos –que representan pasajes de separación entre las fases imperialistas– caracterizados por la afirmación de nuevas especificidades.
Sin volver a la presentación y al análisis concerniente a su historia, recordaremos algunas conclusiones que se refieren, de manera directa, a la entrada del capitalismo en la fase de senilidad.
En el curso de todas las fases anteriores de la expansión capitalista, el imperialismo había tenido un carácter de conquista, es decir, “integraba” con una fuerza cada vez mayor regiones y poblaciones que hasta aquel momento estaban fuera de su radio de acción. Además, el imperialismo tenía un carácter plural, era el producto de diferentes centros imperialistas en fuerte competencia por el control de la expansión mundial. Hoy, estas dos características del imperialismo están cediendo el paso a dos nuevos elementos, contrarios por completo a los precedentes. En primer lugar, el imperialismo ya “no integra”. En su nueva expansión mundial, el nuevo capitalismo excluye, en vez de integrar, en proporción mucho mayor que en el pasado. En segundo lugar, el imperialismo ha asumido un carácter singular, se ha convertido en un imperialismo colectivo del conjunto de centros, o sea, de la tríada Estados Unidos-Europa-Japón. De manera objetiva, estas dos nuevas características tienen vínculos muy estrechos entre sí.
El viejo imperialismo era “exportador de capitales”, tomaba la iniciativa de invadir las sociedades periféricas y de establecer en ellas nuevas estructuras de producción (de naturaleza capitalista). De esta forma, construía el nuevo sistema y destruía el viejo. Esta segunda dimensión –destructiva–, que retomaremos más adelante, no debe ser ignorada, aunque prevalezca el aspecto destructivo. Sin embargo, la construcción capital-imperialista, en su totalidad, no ha sido portadora de una gradual “homogeneización” de las sociedades del mundo capitalista. Por el contrario, se ha construido una relación asimétrica centros/periferias.
El capital exportado nunca fue puesto a disposición de la sociedad que lo recibía. Se hacía retribuir siempre de diversas formas (ganancias directas obtenidas por los nuevos sistemas, y excedentes sustraídos a los modos de producción sometidos). Esta transferencia de valores de las periferias a los centros, en las modalidades específicas de las diferentes fases del desarrollo imperialista (las que hemos definido como formas sucesivas de la ley del valor globalizado), es uno de los elementos decisivos de la construcción asimétrica.
Ahora bien, con independencia de la entidad de tal extracción, el capital imperialista continuaba su camino, exportando otros capitales para conquistar otros espacios sometidos a su expansión. Desde este punto de vista, el capital continuaba su vocación “constructiva”: su capacidad de “integrar” era superior a la de “excluir”. En cuanto tal, la expansión capitalista podía alimentar, en las periferias, la ilusión de la posibilidad de “alcanzar” a los demás, permaneciendo dentro del sistema global. Esta ilusión –que definiríamos como el proyecto de la “burguesía nacional”– estaba muy presente en el escenario político. Los aduladores del imperialismo en los centros (como Bill Warren y otros por el estilo) se basaban en la dimensión “constructiva” de la expansión capitalista, para decantar su pretendido carácter “progresista”. El capital británico “construía” puertos y ferrocarriles en Argentina, en la India y en otras partes del mundo. Observamos, además, que el imperialismo no puede, en ningún caso, ser reducido a la única dimensión política (la colonización) que lo acompaña, como lo ha hecho Negri. Países sin colonias, como Suiza y Suecia, formaban parte del mismo sistema imperialista, al igual que Gran Bretaña y Francia. El imperialismo no es un “fenómeno político” situado fuera de la esfera de la vida económica, es el producto de las lógicas que rigen la acumulación del capital.
Todo parece indicar que el capítulo de esta expansión constructiva se ha cerrado de manera definitiva. El actual flujo de ganancias y de transferencias de capital de Sur a Norte supera con amplitud, y no solo en términos cuantitativos, el reducido flujo de nuevas exportaciones de capital desde el Norte hacia el Sur. Este desequilibrio podría ser solo coyuntural, como lo afirma el discurso liberal del pasado, pero en realidad no es así. El desequilibrio se traduce en un vuelco en las relaciones entre la dimensión constructiva y la destructiva, ambas inherentes al capitalismo. Hoy, una ulterior expansión –incluso marginal– del capital en las periferias implica destrucciones de alcance inimaginable. He aquí un ejemplo concreto: en la actualidad, la apertura de la agricultura a la expansión del capital, marginal en términos de oportunidades potenciales para la inversión (y en términos de creación de puestos de trabajo modernos, de alta productividad), vuelve a poner en discusión la supervivencia del género humano.
En línea general, en la lógica del capitalismo, las nuevas posiciones monopólicas de las cuales son beneficiarios los centros –el control de las tecnologías, del acceso a los recursos naturales, de las comunicaciones– se unen y se unirán cada vez más a un flujo creciente de transferencias de valor producido en el Sur, en beneficio del segmento que domina el capital globalizado (el capital “transnacional”), proveniente de las nuevas periferias “competitivas”, más avanzadas en el proceso de industrialización moderna.
También, desde otro punto de vista, el imperialismo ha evolucionado, pasando de los estadios anteriores, caracterizados por la violenta competencia de los imperialismos nacionales, al de la gestión colectiva del nuevo sistema mundial dominado por la “tríada”. Existen diversas razones que explican esta evolución sobre las cuales volveremos más adelante. Pero entre ellas está, sin duda, la exigencia política de una gestión colectiva, impuesta por el alcance creciente de las destrucciones provocadas por la continuidad que la expansión capitalista comporta. Las principales víctimas de tales destrucciones son los pueblos del Sur, pues el nuevo imperialismo implica, e implicará cada vez más, “la guerra permanente” (del capitalismo transnacional, que domina y se manifiesta a través del control de los Estados de la tríada) contra los pueblos del Sur. Esta guerra no es coyuntural, ni tampoco es el fruto de la arrogancia del establishment republicano de los Estados Unidos, representado en la persona del siniestro Bush junior, sino que se inserta en las exigencias de la estructura del imperialismo en su nueva fase de desarrollo.
En otras palabras, el imperialismo de las anteriores fases históricas de la expansión capitalista mundial se basaba en el papel “activo” de los centros, que “exportaban” capitales hacia las periferias, para impulsar un desarrollo asimétrico, que podemos definir dependiente o desigual. Sin embargo, el imperialismo colectivo de la tríada y, en particular, el del “centro de centros” (los Estados Unidos), ya no funciona de esta manera. Los Estados Unidos absorben una fracción considerable del excedente, generado por la comunidad internacional, y la tríada deja de ser una exportadora importante de capitales hacia las periferias. El excedente sustraído por la tríada bajo diferentes formas (entre las que se encuentran la deuda de los países en vías de desarrollo y de los países del Este), ya no constituye la contrapartida de nuevas inversiones productivas. El mismo carácter parasitario de este modo de funcionamiento del sistema imperialista es un signo de senilidad, que evidencia la creciente contradicción centros/periferias (llamada Norte-Sur).
Esta clausura en sí mismos de los centros, que abandonan a su “triste destino” a las periferias, es considerada por los sostenedores de los actuales discursos ideológicos-mediáticos como la prueba de que el imperialismo desaparecerá, porque el Norte no puede prescindir del Sur. Una afirmación que no solo es desmentida cotidianamente por los hechos (¿cómo explicar entonces la OMC, el FMI y las intervenciones de la OTAN?), sino que niega la esencia misma de la ideología burguesa, la cual ha sabido consolidar su vocación universal. Pero ¿el abandono de tal vocación, a favor del nuevo discurso sobre el llamado “culturalismo posmodernista”, no es acaso el símbolo de la senilidad del sistema, que no tiene nada más que proponer al 80% de la población mundial?
La hegemonía de los Estados Unidos se articula sobre esta exigencia objetiva del nuevo imperialismo colectivo, el cual tiene que controlar la creciente contradicción centros/periferias, recurriendo, cada vez más frecuentemente, a la violencia. Los Estados Unidos, con su “supremacía militar”, parecen ser la punta de diamante de este sistema, y su proyecto de “control militar del mundo” es el medio para asegurar su eficacia.
La “supremacía militar” norteamericana no es solo de naturaleza técnica, sino también de carácter político. Los países europeos tienen también la capacidad técnica para bombardear Irak, Somalia u otros países, pero a ellos les resultaría más difícil porque su opinión pública (todavía y por ahora) está influenciada por valores “universalistas”, “humanitarios” y “democráticos”, que podrían obligar a reconsiderar las eventuales decisiones militaristas. La clase dirigente de los Estados Unidos no conoce dificultades análogas, pues es capaz de manipular con facilidad una opinión pública bastante ingenua, pero puede también aprovecharse de los valores “supremos” a los que se refiere la cultura norteamericana, a “la misión confiada por Dios al pueblo norteamericano” o, en términos más brutales, a la misión atribuida al sheriff protector del Bien contra el Mal, como escribe James Woolsey, ex director de la CIA, en un artículo de Le Monde (5 de marzo de 2002), en el cual la pobreza intelectual compite con la arrogancia.
Esta “supremacía”, los Estados Unidos se la cobran a sus socios de la tríada imponiéndoles, como al resto del mundo, el financiamiento del gigantesco déficit norteamericano.
La clase dirigente de los Estados Unidos sabe que la economía de su país es vulnerable, que el nivel de los consumos globales supera sus posibilidades, y que la única forma para obligar al resto del mundo a financiar su déficit es imponérselo con el despliegue de su poderío militar. Pero no tiene opción, la administración norteamericana ha tomado ya el camino de la afirmación de esta forma de hegemonía, moviliza a su pueblo –en primer lugar a la clase media–, proclamando su intención de “defender a cualquier precio el American way of life”. El precio a pagar puede ser la destrucción de sectores enteros de la humanidad. Pero no importa. La clase dirigente estadounidense cree poder arrastrar en su aventura sanguinaria a sus socios europeos, a Japón e, incluso, a cambio del servicio que le ofrece a esta “comunidad de clases acomodadas”, obtener su consentimiento para el financiamiento del déficit norteamericano. Pero, ¿hasta cuándo?
De inmediato viene a la mente una comparación. Hasta hace poco tiempo, las potencias democráticas (no obstante su carácter imperialista) se mantenían alejadas de las fascistas, que habían optado por imponer su proyecto de “nuevo orden” (término utilizado también por Bush padre para calificar el nuevo proyecto de globalización), con la violencia militar. Nos podemos preguntar si la opinión pública europea, fiel a los valores humanistas y democráticos, obligará a sus Estados a alejarse del plan norteamericano de control militar del mundo.
¿Hasta cuándo los europeos estarán dispuestos a aceptar la preparación explícita de la agresión nuclear norteamericana? ¿Terminarán por reaccionar ante la creación por parte de la CIA de una “oficina de la mentira”, encargada de confundir a la opinión pública con la fabricación de noticias infundadas (un concierto de la democracia y de la libertad de prensa que con seguridad no le habría disgustado a Goebbels)?
A esto se suma que el precio pagado por Europa (y por Japón), para que se desarrolle la hegemonía norteamericana, es considerable y continuará creciendo. La sociedad norteamericana –cuya supervivencia, en las formas en que se ha manifestado y que quisiera mantener a cualquier precio, depende del aporte de los otros al financiamiento de su derroche– ¡se comporta como si fuera capaz de regir el mundo! La actual coyuntura de la economía mundial depende del mantenimiento del derroche norteamericano. Bastaría una recesión, que afectara a los Estados Unidos, para poner de rodillas a las exportaciones de Europa y Asia –cuya naturaleza es, en parte, la de un tributo unilateral pagado a la nueva Roma–. Al optar por hacer que su desarrollo económico dependa de estas exportaciones absurdas, en vez de consolidar sus sistemas específicos de producción y consumo (lo que equivaldría a un desarrollo autocentrado), los europeos y asiáticos han caído en la trampa, pues un solo país –los Estados Unidos– tiene el derecho de ser soberano y de aplicar los principios de un desarrollo autocentrado, proyectado, de forma agresiva, hacia la conquista del mundo exterior. Todos los demás están invitados a mantenerse en el ámbito de un desarrollo dirigido al exterior, o sea, a convertirse en economías accesorias de los Estados Unidos. Es la visión del “siglo xxi norteamericano”. Aunque no pienso que esta absurda situación se pueda mantener por mucho más tiempo.
El carácter parasitario, cada vez más marcado, del imperialismo colectivo de la tríada, sin nada que ofrecer al mundo (representado por la mayoría), y de los Estados Unidos, punta de diamante de este imperialismo, representa un signo de senilidad del sistema, que se suma a los analizados con anterioridad a propósito de la diferencia creciente entre las potencialidades de la nueva tecnología (su capacidad para “resolver todos los problemas materiales de la humanidad”) y su aporte efectivo en el marco de las relaciones social-capitalistas (caracterizadas por una desigualdad y una marginación de masas crecientes).
Pero, como habíamos visto, la senilidad se une a un nuevo desarrollo de la violencia, concebida como último recurso para perpetuar el sistema.

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Analicemos ahora el ejemplo de las gigantescas devastaciones que el capitalismo contemporáneo causa en la agricultura de los países de la periferia.
Todas las sociedades anteriores al capitalismo eran sociedades campesinas y su agricultura estaba regida por diferentes lógicas, todas ajenas a la definida por el capitalismo (la máxima productividad del capital). De hecho, el capitalismo histórico ha iniciado una gran ofensiva contra la agricultura campesina. En la actualidad, el mundo rural y campesino representa aún la mitad de la humanidad, aunque su producción está dividida en dos sectores, cuyos aspectos económicos y sociales son perfectamente distintos.
La agricultura capitalista, regida por el principio de la productividad del capital, ubicada casi exclusivamente en la América del Norte, en Europa, en la parte meridional de la América Latina y en Australia, da trabajo a pocas decenas de miles de agricultores, que no pueden ya ser considerados verdaderos “campesinos”. Sin embargo, su productividad, en dependencia directa de la mecanización (cuya exclusiva a nivel mundial poseen en la práctica) y de la superficie de la cual disponen, oscila entre los diez mil y los veinte mil quintales anuales de “cereales-equivalente” por trabajador.
En cambio, los agricultores campesinos representan casi la mitad de la humanidad, es decir, tres mil millones de seres humanos. Estos agricultores se dividen, a su vez, entre los que se benefician de la revolución verde (fertilizantes, pesticidas y semillas selectas), cuya producción oscila entre cien mil y quinientos mil quintales por trabajador, y aquellos que no han conocido aún tal revolución, cuya producción varía en torno a los diez mil quintales.
La diferencia entre la productividad de la agricultura mecanizada más avanzada y la rural más pobre, que era de 10 a 1 en 1940, ha alcanzado hoy la proporción de 2 000 a 1. En otras palabras, los ritmos de desarrollo de la productividad en la agricultura han superado con amplitud los de otras actividades, provocando una reducción de precios reales en proporción de 5 a 1.
El capitalismo siempre ha combinado su dimensión constructiva (la acumulación del capital y el desarrollo de las fuerzas productivas) con la destructiva, reduciendo al ser humano a un simple suministrador de fuerza de trabajo, tratado como una simple mercancía, destruyendo a largo plazo algunas bases naturales de la reproducción y de la vida, y borrando fragmentos anteriores de sociedades y, en ocasiones, pueblos enteros –como es el caso de los indios de la América del Norte. El capitalismo siempre ha desarrollado acciones simultáneas de “integración” (integrando a los trabajadores que sometía a las diferentes formas de explotación del capital en expansión, a través de la “ocupación”, en términos inmediatos) y de “exclusión” (excluyendo a aquellos que perdieron las posiciones que ocupaban en el sistema anterior, y no se habían integrado al nuevo). Aunque en su fase ascendente –históricamente progresista– ha desarrollado una labor, sobre todo, de integración.
En la actualidad ya no es así, como se puede comprobar dramáticamente en el caso de la cuestión agraria. Sucede que si se tuviera que “integrar” la agricultura al conjunto de reglas generales de la “competencia” (como lo impone la OMC tras la conferencia de Doha, en noviembre del 2001), equiparando los productos agrícolas y alimentarios a las “otras mercancías”, las consecuencias serían dramáticas, teniendo en cuenta las enormes desigualdades entre el agro-business y la producción campesina.
En efecto, bastaría una veintena de millones de factorías modernas –si se les concediera el acceso a las grandes superficies de tierra necesarias (sustrayéndolas a las economías campesinas y escogiendo los terrenos mejores), y a los mercados necesarios para sus infraestructuras–, para producir lo esencial de lo que los consumidores solventes compran a los campesinos. Pero ¿qué sucedería a los miles de millones de productores campesinos no competitivos? Serían eliminados inexorablemente, en el breve plazo de algunas décadas. ¿Cuál será entonces el destino de estos miles de millones de hombres, pobres entre los pobres, que para subsistir dependen de esa pequeña producción agrícola (recordemos que tres cuartos de las personas subalimentadas provienen del mundo rural)? En un período de cincuenta años ningún desarrollo industrial, más o menos competitivo, incluso en la hipótesis muy optimista de un crecimiento constante del 7% anual para los tres cuartos de la población humana, podría satisfacer más de un tercio de esta necesidad. En otras palabras, el capitalismo, por su naturaleza, se revela incapaz de resolver la cuestión agraria y las únicas perspectivas que ofrece son las de un mundo de favelas y de cinco mil millones de hombres de más, sobrantes.
Hemos llegado al punto en que, para abrir un nuevo sector a la expansión del capital (“la modernización de la producción agrícola”), se debe destruir, en términos de personas, sociedades completas: de una parte, veinte millones de nuevos productores eficientes (cincuenta millones de personas, incluyendo a sus familias), tres mil millones de marginados de la otra. La dimensión creadora de la operación representa solo una gota en el mar de la destrucción que genera. Se puede concluir que el capitalismo entró ya en su fase senil descendente, pues la lógica que rige este sistema ya no es capaz de asegurar la más elemental supervivencia de la mitad de la humanidad. El capitalismo se convierte en barbarie, invita directamente al genocidio. Por esta razón, es más necesario que nunca sustituirlo por otras lógicas de desarrollo, con una racionalidad superior.
El argumento que esgrimen los defensores del capitalismo se basa en el hecho de que Europa ha encontrado su solución en el éxodo rural. ¿Por qué razón, entonces, los países del Sur no podrían reproducir, con dos siglos de atraso, un modelo de transformación análogo? Se olvida, sin embargo, que las industrias y los servicios urbanos del siglo xix europeo exigían una mano de obra abundante y que su excedente pudo emigrar en masa hacia América. El tercer mundo actual no tiene esta posibilidad y, si quiere ser competitivo como se le impone, debe recurrir a las tecnologías modernas que requieren de poca mano de obra. La radicalización producida por la expansión mundial del capital, le impide al Sur la reproducción retardada del modelo del Norte.
Este argumento, o sea, un desarrollo del capitalismo capaz de resolver la cuestión agraria en los centros del sistema, ha ejercido siempre una fuerte atracción, incluso en el marxismo histórico. Lo demuestra el célebre libro de Kautsky (La cuestión agraria), anterior a la Primera Guerra Mundial y libro sagrado de la socialdemocracia en este sector. Un punto de vista similar fue heredado del leninismo y aplicado –con los dudosos resultados que todos conocemos– en las políticas de “modernización de la agricultura” colectivizada de la época estalinista. Los hechos demuestran que el capitalismo, precisamente porque no puede separarse del imperialismo, ha “resuelto” (a su modo) el problema agrario en los centros del sistema, creando, sin embargo, uno nuevo en las periferias, el cual es incapaz de resolver (si no es con el genocidio de la mitad de la humanidad). En el campo del marxismo histórico solo el maoísmo captó el alcance de este problema. Por este motivo, quien critica al maoísmo –apreciando en este modelo una “desviación campesina” del marxismo– demuestra con tal afirmación que carece de los instrumentos necesarios para entender qué es, en realidad, el capitalismo contemporáneo (que sigue siendo y será siempre imperialista) y se limita a suplir su incapacidad para comprender, con un discurso abstracto sobre el modelo de producción capitalista.
Entonces, ¿qué hacer?
Para nosotros, la única solución posible es favorecer el mantenimiento de una agricultura campesina durante una gran parte del siglo xxi. No por un regreso nostálgico al pasado, sino simplemente porque la solución del problema pasa a través de la superación de la lógica del capitalismo y se inserta en la transición secular hacia el socialismo mundial. Por tanto, se deben elaborar políticas de regulación de las relaciones entre el “mercado” y la agricultura campesina. A nivel nacional y regional, estas regulaciones, específicas y adaptadas a las condiciones locales, deben proteger la producción nacional, garantizando así la indispensable seguridad alimentaria de las naciones y neutralizando el arma alimentaria del imperialismo, o sea, la disociación entre los precios internos y los del llamado mercado mundial. Al mismo tiempo, estas regulaciones –a través de un aumento de la productividad de la agricultura campesina, sin dudas lento, pero constante– deben permitir el control sobre el traslado de la población de los campos a las ciudades. A nivel del llamado mercado mundial, la regulación más deseable podría realizarse, con probabilidad, a través de los acuerdos interregio-nales, por ejemplo, entre Europa, de una parte, y África, el Medio Oriente, China y la India, de la otra, respondiendo a las exigencias de un desarrollo que integre en vez de excluir.

5

La senilidad del capitalismo no se manifiesta solo en el campo de la reproducción económica y social. En esta infraestructura fundamental se insertan diferentes manifestaciones, signos, al mismo tiempo, del atraso del pensamiento universalista burgués (que los nuevos discursos ideológicos han sustituido por el posmodernismo) y de la regresión en las prácticas de gestión política (volviendo a cuestionar la tradición democrática burguesa).
A pesar de que el carácter financiero del sistema de gestión económica es, en nuestra opinión, transitorio, típico de un momento de crisis como el actual, ese fenómeno implica teorías ideológicas particulares. Algunas –como el anuncio del pretendido paso a un “capitalismo popular” (en la versión simplista de los discursos electorales o en la pretenciosa versión del “modo de acumulación patrimonial”)– no son otra cosa que testimonios de ingenuidad (para quienes se las creen) o de condicionamiento. Otras teorías demuestran una alienación aún mayor. La convicción de que “el dinero produce frutos”, olvidando cualquier referencia a la base productiva, que permite a su propietario beneficiarse, constituye una evidente regresión del pensamiento económico, que ha llegado a la cumbre de la alienación y, en consecuencia, a la decadencia de la razón.
El discurso ideológico del posmodernismo se alimenta de regresiones similares. Al recuperar todos los lugares comunes producidos por la desorientación, característicos de momentos como el actual, lanza llamados incoherentes a la desconfianza con respecto a conceptos de progreso y de universalismo. Pero, en vez de profundizar en la materia, con una crítica seria a las limitaciones de estas expresiones de la cultura del Iluminismo y de la historia burguesa, y de analizar sus contradicciones efectivas, cuyas consecuencias son agravadas por la senilidad del sistema, este discurso se limita a sustituirlas por afirmaciones de la ideología liberal norteamericana: “vivir con su tiempo”, “adaptarse”, “administrar la cotidianidad”, o sea, no reflexionar acerca de la naturaleza del sistema y evitar el cuestionamiento de sus actuales decisiones.
En vez del esfuerzo necesario para superar los límites del universalismo burgués, el elogio a las diferencias heredadas funciona en perfecto acuerdo con las exigencias del proyecto de globalización del imperialismo contemporáneo. Este proyecto puede producir solo un sistema organizado de apartheid a escala mundial, alimentado por las ideologías “comunitaristas” reaccionarias de la tradición norteamericana. De este modo, la que hemos definido como “regresión culturalista”, hoy de moda, es aplicada y manipulada por los dueños del sistema, o reutilizada por los pueblos dominados y desorientados (bajo la forma, por ejemplo, del Islam o del hinduismo político).
El conjunto de estas manifestaciones de desorientación y regresión, con respecto a lo que fue el pensamiento burgués, se une a un deterioro de la práctica política. El mismo principio de la democracia se basa en la posibilidad de optar por alternativas. Cuando la ideología logra que se acepte la idea, de que “no existen alternativas”, porque la adhesión a un principio de racionalidad superior meta-social, permitiría eliminar la necesidad y la posibilidad de escoger, significa que ya no hay democracia. De hecho, el llamado principio de la “racionalidad de los mercados” desarrolla, exactamente, esta función en la ideología del capitalismo senil. La práctica democrática, por tanto, se vacía de cualquier contenido y se abre el camino a lo que habíamos definido como “una democracia de baja intensidad”, en la que las payasadas electorales o los desfiles de moda ocupan el lugar de los programas políticos, en la “sociedad del espectáculo”. La política, deslegitimada por estas prácticas, se degrada, queda a la deriva y pierde su función potencial de darles un sentido y una coherencia a los proyectos sociales alternativos.
Por otra parte, ¿no estamos quizá observando un “cambio de look” de la misma burguesía, como clase dominante organizada? Durante toda la fase ascendente de su historia, la burguesía se constituyó como elemento principal de la “sociedad civil”. Ello no implicaba tanto una relativa estabilidad de los hombres (las mujeres eran pocas entonces) o de las dinastías familiares de empresarios capitalistas (la competencia implica siempre una cierta movilidad en cuanto a la pertenencia a esta clase, donde se alternan quiebras y éxitos empresariales) como la fuerte estructuración de la clase alrededor de sistemas de valores y de conducta. Así, la clase dominante podía confiar en la honorabilidad de sus miembros para sostener la legitimidad de sus privilegios.
La situación actual, en cambio, es muy diferente. Un modelo muy parecido al mafioso se está afirmando, tanto en el mundo de los negocios como en el de la política. La separación entre estos dos mundos –que sin ser absoluta caracterizaba, en cualquier caso, a los sistemas precedentes del capitalismo histórico– está desapareciendo. Por lo demás, este modelo no se refiere solo a los países del tercer mundo y a los países ex socialistas del Este, sino que se está convirtiendo en la regla, en el corazón mismo del capitalismo central. ¿Cómo definir, de otro modo, a personajes como Berlusconi, Bush (involucrado en el escándalo Enron) y tantos otros? Muchos países del tercer mundo han inventado términos muy apropiados para definir a la nueva clase política. En México los llaman los señores del poder, en Egipto baltagui (la traducción literal es fanfarrones, un término que no habría sido utilizado nunca para calificar a la aristocracia de una época o a la tecnocracia de Nasser). En ambos casos, los términos incluyen a los millonarios (hombres de negocios) y a los políticos. Sin embargo, falta aún una investigación sistemática acerca de las transformaciones en curso de la burguesía en el capitalismo senil.

6

Pero un sistema senil no es un sistema que dejará pasar con tranquilidad sus últimos días. Por el contrario, la senilidad genera un clima de renovada violencia.
El sistema mundial no ha entrado en una nueva fase “no imperialista”, que podríamos eventualmente definir como “postimperialista”. La naturaleza de un sistema imperialista exasperado (pues siente que está perdiendo sin recibir) es exactamente, lo contrario. El análisis que Negri y Hardt realizan acerca de un “imperio” (sin imperialismo), de hecho limitado solo a la tríada, sin tener en cuenta al resto del mundo, se inserta, por desgracia, en la tradición del occidentalismo y en el actual discurso dominante. Las diferencias entre el nuevo imperialismo y el anterior se deben buscar en otra parte. Mientras que el imperialismo del pasado se conjugaba en plural (los “imperialismos” en conflicto), el reciente es colectivo (una tríada, aunque con una presencia hegemónica de los Estados Unidos). En consecuencia, los conflictos entre los socios de la tríada tienen un carácter menor, mientras que asumen mayor importancia los conflictos entre la tríada y el resto del mundo. La disolución del proyecto europeo ante la hegemonía norteamericana se explica por el hecho de que, mientras la acumulación, en la fase imperialista, se basaba en el binomio centros industriales/periferias no industrializadas, en las condiciones actuales el contraste se desarrolla entre los beneficiarios de los nuevos monopolios de los centros (tecnologías, acceso a los recursos naturales, comunicaciones, armas de destrucción masiva) y las periferias industrializadas, aunque subordinadas a estos monopolios. Negri y Hardt, para fundamentar su teoría, tuvieron que elaborar una definición estrictamente política del fenómeno imperialista (“la proyección del poder nacional más allá de sus fronteras), sin relación alguna con las exigencias de la acumulación y la reproducción del capital. Esta definición simplista, típica de las actuales ciencias políticas académicas (en particular de la norteamericana), elude los problemas reales. Los discursos utilizados hacen referencia a una categoría de imperio ahistórica, y confunden, de forma festinada, imperio romano, otomano, austro-húngaro, ruso, colonialismo británico y francés, sin preocuparse por considerar las especificidades de estas construcciones históricas, irreductibles unas a las otras.
El nuevo imperio, en cambio, es definido como una “red de poderes”, cuyo centro está en todas partes y en ninguna, reduciendo así la importancia de la instancia representada por el Estado nacional. Por lo demás, esta transformación se atribuye al desarrollo de las fuerzas productivas (la revolución tecnológica). Sin embargo, se trata de un análisis ingenuo, que aísla el poder de la tecnología del marco de las relaciones sociales en las que actúa. Una vez más se encuentran referencias al discurso dominante, vulgarizado por los diferentes Rawls, Castells, Touraine, Reich y otros, de la tradición del pensamiento político liberal norteamericano.
Los problemas reales planteados por la articulación entre la instancia política (Estado) y la realidad de la globalización, que deberían ser el centro del análisis de las verdaderas “novedades” en la evolución del sistema capitalista, se eluden con la afirmación gratuita según la cual el Estado casi ha dejado de existir. En realidad, incluso en las fases precedentes del capitalismo globalizado, el Estado no había sido nunca “omnipotente”. Su poder había estado siempre limitado por la lógica que regía las globalizaciones de la época. En este sentido, Wallerstein llegó a atribuir a las determinaciones globales un carácter decisivo sobre el destino de los Estados. Hoy, la situación no ha cambiado, la diferencia entre la globalización (el imperialismo) actual y el de ayer hay que buscarla en otras condiciones.
El nuevo imperialismo tiene un centro –la tríada– y un centro de centros, que aspira a ejercer su hegemonía, los Estados Unidos. Ejerce su dominio colectivo sobre el conjunto de las periferias de la Tierra (tres cuartos de la humanidad), a través de instituciones creadas al efecto. Algunas tienen la tarea de la gestión económica del sistema imperialista mundial. En primera fila está la OMC, cuya función real no es, como lo afirma, garantizar la “libertad de los mercados”, sino proteger a los monopolios (de los centros) y modelar los sistemas de producción de las periferias en función de las exigencias de los centros; el FMI, en cambio, no se ocupa de las relaciones entre las tres monedas principales a nivel mundial (el dólar, el euro y el yen), sino que realiza las funciones de autoridad monetaria colonial colectiva; el Banco Mundial es una especie de Ministerio de Propaganda del G7. Otras instituciones tienen la responsabilidad de la gestión política del sistema, y entre estas debemos recordar a la OTAN, ¡que se ha erigido en sustituto de la ONU para hablar en nombre de la colectividad mundial! La aplicación sistemática del control militar del mundo por parte de los Estados Unidos expresa, de forma en extremo brutal, la realidad imperialista.
El libro de Negri y Hardt no habla de los problemas relativos a las funciones de estas instituciones, ni hace referencia a la multiplicidad de elementos que podrían perturbar la tesis simplista del “poder en red”: las bases militares, las intervenciones violentas, el papel de la CIA y otros.
Del mismo modo, no se abordan las verdaderas cuestiones planteadas por la revolución tecnológica acerca de la estructura de clases del sistema, y se prefiere recurrir a la categoría indeterminada de multitud, que es el equivalente del término gente (people, en inglés) de la sociología vulgar. Son otros los verdaderos problemas: la revolución tecnológica en marcha (cuya realidad no puede ser discutida), como todas las revoluciones tecnológicas, descompone con violencia las formas anteriores de organización del trabajo y de las clases, mientras que las nuevas formas de recomposición no han obtenido aún resultados evidentes.
Para dar una apariencia de legitimidad a las prácticas imperialistas de las tríadas y del hegemonismo norteamericano, el sistema ha producido un discurso ideológico adaptado a las nuevas tareas agresivas. Este discurso sobre “el enfrentamiento de las civilizaciones” pretende cimentar el racismo occidental y lograr que la opinión pública acepte la aplicación de un apartheid a escala mundial. En nuestra opinión, este discurso es mucho más importante que las diferentes teorías sobre la llamada sociedad en red.
El crédito de que goza la tesis del “imperio” en una parte de la izquierda occidental y entre los jóvenes, se debe, sobre todo, a las severas críticas que hace al Estado y a la nación. El Estado (burgués) y el nacionalismo (chovinista) han sido siempre objeto de rechazo por parte de la izquierda radical, y con justicia. Afirmar que el nuevo capitalismo determina su desaparición, solo puede causar placer. Pero lamentablemente, tal afirmación no tiene ningún fundamento. Con el capitalismo tardío se vuelve actual la necesidad objetiva y la posibilidad real del deterioro de la ley del valor, la revolución tecnológica hace posible el desarrollo de una sociedad de redes, mientras que la profundización de la globalización representa un desafío para las naciones. Pero el capitalismo senil, a través de la violencia del imperialismo que lo acompaña, anula todas estas potencialidades de emancipación. La idea de que el capitalismo pueda adaptarse a transformaciones liberadoras –o sea, producir, incluso involuntariamente, el socialismo– está en el centro de la ideología liberal norteamericana. Su función sirve solo para desviar la atención de los problemas verdaderos y de las luchas necesarias para solucionarlos. La estrategia “antiestatal”, que el libro de Negri y Hardt sugiere, se vincula a la del capital, que trata de “limitar las intervenciones públicas” (“desregular”) para su exclusivo beneficio, reduciendo el papel del Estado a las funciones de policía (sin suprimirlo del todo, eliminando solo su función política, lo que le permite desarrollar otras funciones). Este discurso “antinación” trata de que se acepte a los Estados Unidos como gran potencia militar y policial del mundo. Aunque lo que necesitamos es otra cosa. Tenemos que desarrollar la praxis política, darle un sentido verdadero, lograr que avance la democracia social y civil, darles a los pueblos y a las naciones un margen de acción más amplio en la globalización.
Es cierto que las fórmulas aplicadas en el pasado han perdido su eficacia por causa de las nuevas condiciones. Es también cierto que algunos adversarios de la realidad neoliberal e imperialista no se han dado cuenta de ello y continúan sintiendo nostalgia del pasado. Sin embargo, el problema aún está presente en toda su evidencia.

7

La senilidad se manifiesta a través de la sustitución del modelo anterior de “destrucción creadora” por un modo de “destrucción no creadora”. Retomemos el análisis de J. Beinstein: hay “destrucción creadora” (término utilizado por Schumpeter) cuando en la fase inicial hay un aumento de la demanda, mientras que –si al inicio teníamos una disminución de la demanda–, la destrucción producida por cualquier innovación tecnológica deja de ser creadora.
O se puede analizar esta transformación cualitativa del capitalismo en los términos propuestos por Hoogdvelt: se asiste al tránsito de un “capitalismo en expansión (expanding capitalism) a un capitalismo en contracción (shrinking capitalism)”.
La acumulación del capital ha comportado siempre dos dimensiones simultáneas, una constructiva y una destructiva. Como cualquier sistema viviente, el capitalismo se funda en esta contradicción interna característica. Como cualquier sistema viviente, el capitalismo no está destinado a ser eterno. Como cualquier sistema viviente, llegará un momento en que las fuerzas destructivas asociadas a su reproducción prevalezcan sobre las que aseguran su legitimidad, a través de su dimensión positiva y constructiva. Hoy nos encontramos exactamente en esa fase: la continuación de la acumulación –en el marco de las relaciones sociales características del capitalismo y del imperialismo, vinculado a este de forma indisoluble, y sobre la base de las nuevas tecnologías– implica un verdadero genocidio. Más de la mitad de la humanidad es ya “inútil”. Estas personas no se pueden “integrar” (ni siquiera como simples suministradores de fuerza de trabajo explotada) y están destinadas a ser “excluidas”. En la actualidad, el capitalismo excluye más de lo que integra, a niveles altos y en proporciones gigantescas. El capitalismo ha llegado a su tiempo. En vez de permitir la aplicación de los potenciales avances de la ciencia y la tecnología (aquella “sociedad en red” que no es o que existe solo en sus aspectos deformes, impuestos por la dominación del capital) o la aceleración del desarrollo en las periferias, el capitalismo imperialista anula estas potencialidades de emancipación.
La alternativa objetivamente necesaria y posible implica el derribo de las relaciones sociales que aseguran el dominio del capital y el de los centros sobre las periferias. ¿Cómo definir esta alternativa, si no con la expresión del socialismo a escala mundial? Un sistema en el que la integración de los hombres no sería hecha por el “mercado” (que, en las condiciones del capitalismo contemporáneo, excluye en vez de integrar), sino por la democracia, en el significado más pleno del término).
Esta alternativa es posible, pero no puede ser considerada “automática”, porque la imponen por las “leyes de la historia”. Cualquier sistema que envejece está destinado a descomponerse, pero los elementos que de él se derivan pueden recomponerse de forma diferente. Ya en 1917 Rosa Luxemburgo hablaba de “socialismo o barbarie”, y hace treinta años yo mismo había resumido los términos de la alternativa en la fórmula “revolución o decadencia”. Estamos convencidos de la posibilidad de hacer un análisis teórico de las razones de esta “incertidumbre”, fundamental en el desarrollo humano, mediante la tesis de una “subdeterminación” (en lugar de la “sobredeterminación”) de la articulación de las diferentes instancias que constituyen la estructura de los sistemas sociales.
1 Organización delictiva que ejerce el chantaje y la extorsión con medios intimidatorios y violentos, bastante difundida en varios sectores de la actividad empresarial. (N. de la T.)

Tomado de La Rivista del Manifesto, Roma, No. 31, septiembre de 2002. Traducción del italiano por Giselle Sarracino.